SIGLO XXI-POESÍA: Orión de Panthoseas ®

30/04/10

Tratados de hombre

Filed under: Poesía — oriondepanthoseas @ 9:29 am

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De la infinita guerra

… hazte autosuficiente, libérate y no seas carga para nadie,

ser mío, reconstrúyete;

eres fuego purísimo,

vive en ti,

vive;

¿ recuerdas cuando preso entre los mundos te cercó la oscuridad como una muerte

y tuviste que luchar contra esa  muerte, o cuando por primera vez te viste caído y sin poder

y quisiste conquistar y ejercer ese poder, recuerdas…?

… y tú, alma mía, compañera, flor, esposa, novia,

¿ me oyes en este instante en que enarbolo el deseo de luz y eternidad

con que intento labrar la espada de los héroes ?

… y tú, cuerpo mío, ágata y metal, rocío,

¿ una y otra vez estás dispuesto a la muerte de hombre,

a las esperas y resurrecciones que aguardan ?

… porque si es así, y es la hora,

sin más tardanza dispondremos del signo de rigor y emblema del combate.

Destierros íntimos

Filed under: Poesía — oriondepanthoseas @ 9:26 am

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Memorial de ángel

 

… ya ladran los perros,

ya reúnen la noche y a la puerta de un ángel la desgarran;

rechinan las volutas desmembradas del aire, se  agitan los vigías,

y las lenguas de humo van lamiendo ceniza por los pozos de sombra

con rescoldos de lumbres;

… se oye un llanto

y un corazón que corre sin pecho ni refugios, sin ley ni espada,

pájaro en las rutas de la piel que no sabe lo que es llorar

un ángel;

… tanto, tanto cuesta a la edad del miedo y oro

ocultar estrellas por lagares de fuego;

 mariposas y muertos merodean las llagas de una  lágrima viva,

y la lágrima expande su poder y los toca

con decoro en la noche;

… hay un ángel con los hombros rotos rodando por la tierra

y muriendo, temiendo el alarido de los perros.

 

Primeras crónicas

Filed under: Poesía — oriondepanthoseas @ 9:22 am

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Ha sido esta tarde

… rosas frías,

hoy, clavada, ha muerto la tarde en un cielo cobarde;

y todo se lo ha llevado, todo:

la dicha, el amor, el hombre;

… hoy queda la muerte tras la bruma

y no puedo arrancarla de sus carnes de nácar,

no, no puedo tocarla, no puedo;

… sangre llevo en las palmas de las manos

a roces de mi súplica;

y oigo gemir: “… lo siento, lo siento”;

lo dicen los latidos de mi cuerpo cual maderos rotos,

cual poder salvaje, cual sal echada al viento;

y lo he vivido solo,

navegando a la deriva tras los muertos, queriendo asirla

más allá y acá del pensamiento;

… hoy lo he aprendido al quebrarse la antorcha

de mis días en un rumor de huesos,

en una marcha lenta,

en un beso seco;

… rosas frías,

qué duro y triste, qué ingente es el invierno.

07/03/10

El Grial de Ebor

Filed under: Poesía — oriondepanthoseas @ 10:47 am

El Grial de Ebor

… más allá de los mares últimos, de las tierras y luces últimas,
estabas tú;
… entré en mi corazón como en un fuego
y rosas vivas salieron a mi encuentro cuando dije que Elaí era tu nombre,
mi fe y razón, mi excelsa, mi auténtica gloria;
llevaba por divisa mis fuerzas y triunfos, mis lábaros y lanzas, mis tambores,
el óleo terrenal,
el ser y el mando,
la estirpe;
… y nada fue;
… en  atrios de silencio, bajo luz purísima, del otro lado de la sangre vive Amor;
aquí, aquí está mi Camelot, mi Excalibur, y también mi patria y reina,
mi sueño,
mi Elaí;
… por tanto y extramuros aún, peregrino en el pecho,
caído y pobre, solo estoy;
¡ ah, rosas vivas…! a la que es mi alma,
¿ podréis decirle que Ebor ha muerto y Ebor está llamando, podréis ?

Del florecimiento

Filed under: Poesía — oriondepanthoseas @ 10:43 am
Del florecimiento

… en la luz todo florece:
las piedras,
el dolor,
la grava de silencio
y la fe,
la soledad;
… crea y fulge en ellos el honor íntimo, y en las noches más hondas,
por las interioridades del pecho, puede oírsele pasar cantando;
¡ y ay sus notas y ay su voz… !
… en la casa de luz no hay balanzas;
el río de vida
todo enciende, quema
y es;
y en las estanterías de sus lumbres vivas, con sangre están escritos
los libros excelsos de los hombres.

20/11/09

Libro del espíritu

Filed under: Poesía — oriondepanthoseas @ 10:54 pm

13/08/09

Libertad: cantos menores

Filed under: Poesía — oriondepanthoseas @ 3:50 pm

07/07/09

Una fisura en el pecho

Filed under: Poesía — oriondepanthoseas @ 11:09 am

El amor, la oscuridad y la furia

Filed under: Poesía — oriondepanthoseas @ 10:31 am

19/02/09

Perropezcuín

Filed under: relatos — oriondepanthoseas @ 10:09 am
… una vara de avellano me dejó en herencia doña  Petra la Maga.
Cuando la conocí, iba yo de acá para allá con una familia de titiriteros y malabaristas que recorrían  el mundo, y, cuando llegamos al pueblo de Igeria y actuamos bajo unos toldos enormes y rotos que levantamos entre todos en medio de la plaza, al dar volteretas y saltos me caí y me rompí la pierna izquierda, pero, entonces, la gente que asistía al espectáculo, en un abrir y cerrar de ojos me cogió y me llevó en volandas a casa de la Maga. Arreglaba la Maga retorcimientos, roturas, retortijones y desvencijamientos, amén de toda clase de desmayos, dolores de estómago y malestares de tripas, al tiempo que  mal de ojo y óbices indescifrables de amor. Recuerdo que cuando la vi con un palo alto y bifurcado en la mano, creí que me daría con él por haberme caído de la silla malabar y exigiría su dinero. Pero no, y tras hacerme un daño enorme mientras me hacía morder una piedra blanca que casi no me cabía en la boca, fue entablillándome la pierna y atándomela con trapos y vendas que parecían no tener fin.
Dada la circunstancia de mi evidente inutilidad para el trabajo, los saltimbanquis dijeron que adónde iban a llevarme así, y enseguida achacaron la caída a los seis dedos con que había nacido en mi pie izquierdo, pues decían que no guardaba bien el equilibrio en el aire para coger con los dientes un puntal y una pelota y luego darle vueltas y vueltas sin parar mientras sonara el tambor y la gente me aplaudiera. Además añadieron que era una niña delgada y birria. “Es mocosa, delgada y birria” añadieron además.
Fue entonces cuando como un puchero roto me quedé con la Maga. Al preguntarles ella quien era yo, le dijeron que nadie, que me habían encontrado de noche por un camino y que no se acordaban de dónde ni cuándo. Al salir se volvieron para decirle “ah, se llama Perropezcuín, así le pusimos”. Y abriendo de un tirón la puerta hasta atrás se marcharon.
Pero, eso sí, la curación de mi pierna sin embargo fue un milagro, por lo que a los pocos días introducía yo los dedos en la boca y lanzaba mi silbido preferido, largo y delgado, que oían los perros y venían volando por todas las calles, las veredas y los atajos, o bien bajaba al río y me entretenía hablando con los peces, y mientras ellos me seguían por la orilla mirándome y saltando, yo les preguntaba acerca de los misterios del agua y de los tesoros escondidos en las profundidades. Me hice fuerte y decidida. Un día, que iba yo echándoles migas de pan y me quedé dormida a la orilla, al despertar hallé collares de conchas y muchos caramelos dentro de mi cesto. Me gustó mucho el regalo de caramelos, podía llevarlos a la escuela y regalarlos y tirarlos a la rebatina en el recreo. Sería muy, pero muy divertido y estupendo. Yo creo que por eso, a partir de aquel día siempre me dejaban un puñadito dulcísimo en el cesto.
Doña Petra la Maga era muy mayor y, más que hablar, miraba, pero desde el primer día ella y yo congeniamos bien. Cuando le dije que hablaba con los peces y también con los perros no lo dudó ni se rió de mí, ni tampoco me recriminó. Recuerdo bien que, después de mirarme con detenimiento y quedarse pensativa, me animó a investigar los secretos de las cosas y que me proporcionó libros que hablaban de la ciencia del ser y de los misterios de la tierra y el cielo. No tengo en la memoria cuándo aprendí a leer, pero sí que por esos días me entretenía entusiasmada en buscar artificios y laberintos escondidos en las letras, u bien orificios secretos por donde poder colarme y penetrar en nichos de verdad.
Dieciocho meses estuve con doña Petra la Maga y fue un tiempo hermoso.  Ahora sé que fue allí donde se fraguaron hechos preciosos de mi vida junto a este leve dolor que tengo porque tal vez no supe hacerla más feliz. Tendría doña Petra en ese tiempo cerca de ochenta años y, aparte de 6 gallinas y 3 gatos, en la casa no había otra cosa que libros viejos como los citados y otros que enseñaban cómo sacar y ajustar resbalones y quebrantos del cuerpo y el alma de cualquier bicho viviente. Cuando trataba los desequilibrios siempre tenía la vara en la mano, y, si la dejaba, volvía a cogerla y la tanteaba repetidamente como gran maga, y siempre muy callada y sin dar explicaciones. La primera lección que me dio fue que, además de encontrar agua, la vara le ayudaba a sostenerse y concentrarse, pero todos se preguntaban cómo una vara semejante podría obrar prodigios si no fuera por los alcances propios de su dueña.
Recuerdo que un día me la dejó tocar y, viendo mi entusiasmo, con tres o cuatro gestos me animó a que practicara con ella cuanto quisiera. Y yo, loca de contenta, empecé a practicar. Y cogía la vara como si cogiera el mundo, y con el peso del mundo las manos me temblaban. Con esta ilusión salí al campo una mañana y convoqué no a los perros ni a los peces, cosa por demás fácil para mí, sino a los milanos que divisé volando muy altos, dando vueltas en el cielo. ¿ Podéis imaginaros cuál sería mi sorpresa cuando los vi bajar, y bajar y bajar hasta posarse en el suelo y haciendo gric-gric-gric a mi alrededor como si me conocieran y esperaran mis órdenes ? No quería volver a casa. Quería quedarme allí y probar y seguir probando con aquella rama de avellano.  Y descubrí que si lo tomaba a distintas alturas y lo orientaba con distintos ángulos y ejercía con los dedos presiones diferentes, así era el poder que yo obtenía de él y así eran los prodigios conseguidos.
Mi alma estaba loca y atónita, así es que, un día, tras cavilar y meditarlo mucho, decidí investigar todo su poder y me dirigí a las demás aves y pájaros. No se me olvidarán dos águilas reales bajando de la montaña a posarse a mis pies, o cuando logré enviar de un lado a otro bandadas de gorriones que abarrotaban el aire, y la gente, asombrada, no podía explicarse cómo habría tantos ni de dónde podrían salir tan de repente. Yo me moría de gozo y de risa.

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