CURRENT POETRY – POESÍA ACTUAL – SIGLOS XX-XXI: Orión de Panthoseas ®

Un viaje prodigioso

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Lee a continuación un extracto de este relato:

… animados por la grandiosidad de esta gran empresa, navegaron sin descanso bajo soles y lunas, forzando las máquinas más modernas con que salieron para alejarse cuanto antes de la civilización que los había asediado a base de lavadoras y televisores, de autos y teléfonos, la que había convertido todo en número y razonamiento, en carreteras increíblemente largas y estrechos marinos, salvados por puentes y ferrocarriles que permitían ir y venir a cualquier hora y a todas partes. No. Sus orígenes  – decían  – eran otra cosa, y señalaban el sosiego y reposo de la vida campestre, los susurros quedos de una canción nostálgica y el humo plácido y lento en las colinas al atardecer. Y lloraban, pues, tocando semejante reino tan sólo los umbrales del sentimiento, era como si les surgiera un rayo incontenible que les incendiara los hondos abismos de la imaginación y el mundo.
En su navegación incesante, la primera vez que se acercaron a la orilla izquierda del río se sobresaltaron, pues descubrieron la ribera abarrotada de gentes famélicas y harapientas que corrían de acá para allá levantando los brazos con armas en la mano y profiriendo gritos de “abajo los zares”, “ abajo la tiranía” y “ viva la revolución”. Uno de los desarrapados, que los vio y se detuvo de repente porque le pareció que aquellos visitantes podrían ayudarles, les preguntó:
.- ¿ De dónde venís… ?
.- Del futuro  – le contestaron ellos, señalando simultáneamente con varios índices la dirección y como advirtiéndoles que de poco les iba a valer hacer la guerra y aniquilar a los zares. Pero no les dijeron más, pues temieron que los mataran.
.- ¿ Del futuro decís…? Si nosotros sólo queremos comer hoy  – les contestó el bolchevique, echando a correr de nuevo en dirección al Palacio Real enarbolando el fusil.
.- ¡ Ay, pobres, pobres, si supieran, si supieran bien… ¡ – quedaron diciendo y lamentándose los nautas de la Escuadra Santa. Y todos a una se pusieron a rezar por si los hombres de la infrahistoria decidían no matar al Zar y a su familia y con ello lograban salvar sus almas.
A medida que la escuadra avanzaba y se introducía por los vastos territorios del Embrión y subía por los siglos arriba, empezaron a observar que los aviones desaparecían del cielo, y que asimismo los coches, al igual que percibieron que las máquinas con motores, que hasta entonces andaban haciendo choc-choc por la tierra, empezaban a escasear hasta terminar por desaparecer también. Habían perdido ya la televisión, el teléfono funcionaba mal, y a punto estaba de quedar inservible el artificio infame del telégrafo. ¡ Mejor ! – decían resabiados y despectivos. Y aspiraban voluptuosos y abundantemente para satisfacer el gozo que les provocaba alejarse de los inventos y sofisticaciones que, sin duda  – durante siglos, miles y miles de años  – los habían ido llevando de forma subrepticia hasta la misma postmodernidad, para una vez allí, esclavos e indefensos, indiferenciarlos y perderlos sin remedio y para siempre, tal y como ingente desgracia, había estado a punto de suceder.
Obsesionados por tanto por este afán de antigüedad iban desmontando antenas, instalaciones luminosas y de sonido estéreo y tridimensional, utillajes no acordes con la parte del río por la que cruzaban, por lo que intentaban acomodar a toda prisa el hábitat al tiempo y a este tiempo la emoción que día a día y noche a noche los iba embargando sin cesar.
Sin embargo, los primeros escarmientos habían tenido lugar nada más encontrarse con los rusos revolucionarios, puesto que a algunos les surgieron sentimientos solidarios frente a los desastres ingentes de la injusticia, por lo que quisieron bajar a tierra y empuñar un fusil porque dijeron que no les importaba morir con ellos. Pero, habiendo sido pocos, los jefes decidieron solucionarlo calladamente. Fue cuando, por primera, entre sí mismos hicieron presos y ubicaron cárceles en los barcos a pesar de haber hecho creer a todos los pasajeros que nunca les serían necesarias.
De todos modos, al dejar de ver correr trenes a lo lejos, la melancolía les sobrecogió el corazón, pues sintieron como si una distancia y soledad se les hubiesen instalado por dentro. Pero habiendo previsto sus dirigentes tales acontecimientos en el devenir del río…

[… animados por la grandiosidad de esta gran empresa, navegaron sin descanso bajo soles y lunas, forzando las máquinas más modernas con que salieron para alejarse cuanto antes de la civilización que los había asediado a base de lavadoras y televisores, de autos y teléfonos, la que había convertido todo en número y razonamiento, en carreteras increíblemente largas y estrechos marinos, salvados por puentes y ferrocarriles que permitían ir y venir a cualquier hora y a todas partes. No. Sus orígenes  – decían  – eran otra cosa, y señalaban el sosiego y reposo de la vida campestre, los susurros quedos de una canción nostálgica y el humo plácido y lento en las colinas al atardecer. Y lloraban, pues, tocando semejante reino tan sólo los umbrales del sentimiento, era como si les surgiera un rayo incontenible que les incendiara los hondos abismos de la imaginación y el mundo.

En su navegación incesante, la primera vez que se acercaron a la orilla izquierda del río se sobresaltaron, pues descubrieron la ribera abarrotada de gentes famélicas y harapientas que corrían de acá para allá levantando los brazos con armas en la mano y profiriendo gritos de “abajo los zares”, “ abajo la tiranía” y “ viva la revolución”. Uno de los desarrapados, que los vio y se detuvo de repente porque le pareció que aquellos visitantes podrían ayudarles, les preguntó:

.- ¿ De dónde venís… ?

.- Del futuro  – le contestaron ellos, señalando simultáneamente con varios índices la dirección y como advirtiéndoles que de poco les iba a valer hacer la guerra y aniquilar a los zares. Pero no les dijeron más, pues temieron que los mataran.

.- ¿ Del futuro decís…? Si nosotros sólo queremos comer hoy  – les contestó el bolchevique, echando a correr de nuevo en dirección al Palacio Real enarbolando el fusil.

.- ¡ Ay, pobres, pobres, si supieran, si supieran bien… ¡ – quedaron diciendo y lamentándose los nautas de la Escuadra Santa. Y todos a una se pusieron a rezar por si los hombres de la infrahistoria decidían no matar al Zar y a su familia y con ello lograran tal vez salvar sus almas.

A medida que la escuadra avanzaba y se introducía por los vastos territorios del Embrión y subía por los siglos arriba, empezaron a observar que los aviones desaparecían del cielo, y que asimismo los coches, al igual que percibieron que las máquinas con motores, que hasta entonces andaban haciendo choc-choc por la tierra, empezaban a escasear hasta terminar por desaparecer también. Habían perdido ya la televisión, el teléfono funcionaba mal, y a punto estaba de quedar inservible el artificio infame del telégrafo. ¡ Mejor ! – decían resabiados y despectivos. Y aspiraban voluptuosos y abundantemente para satisfacer el gozo que les provocaba alejarse de los inventos y sofisticaciones que, sin duda  – durante siglos, miles y miles de años  – los habían ido llevando de forma subrepticia hasta la misma postmodernidad, para una vez allí, esclavos e indefensos, indiferenciarlos y perderlos sin remedio y para siempre, tal y como ingente desgracia, había estado a punto de suceder.

Obsesionados por tanto por este afán de antigüedad iban desmontando antenas, instalaciones luminosas y de sonido estéreo y tridimensional, utillajes no acordes con la parte del río por la que cruzaban, por lo que intentaban acomodar a toda prisa el hábitat al tiempo y a este tiempo la emoción que día a día y noche a noche los iba embargando sin cesar.

Sin embargo, los primeros escarmientos habían tenido lugar nada más encontrarse con los rusos revolucionarios, puesto que a algunos les surgieron sentimientos solidarios frente a los desastres ingentes de la injusticia, por lo que quisieron bajar a tierra y empuñar un fusil porque dijeron que no les importaba morir con ellos. Pero, habiendo sido pocos, los jefes decidieron solucionarlo calladamente. Fue cuando, por primera, entre sí mismos hicieron presos y ubicaron cárceles en los barcos a pesar de haber hecho creer a todos los pasajeros que nunca, jamás, les serían necesarias.

De todos modos, al dejar de ver correr trenes a lo lejos, la melancolía les sobrecogió el corazón, pues sintieron como si una distancia y soledad se les hubiesen instalado por dentro. Pero habiendo previsto sus dirigentes tales acontecimientos en el devenir del río…]

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