CURRENT POETRY – POESÍA ACTUAL – SIGLOS XX-XXI: Orión de Panthoseas ®

Turno de oficio inesperado

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Lee a continuación un extracto de este relato:

… asumiendo este hecho con un peso todavía increíble en el estómago, y a la par que se me abría lentamente la memoria, le pedí al ujier que comunicara en sala mi inminente salida y empecé a ponerme la toga. A los pocos minutos, en una mano la cartera y en otra los autos, accedí a mi lugar en estrados, lugar que configuraba exactamente uno de los focos de una inmensa plataforma elipsoidal.
.- ¡ Abogado, por una causa u otra llevamos ciento veinticinco años de retraso en este juicio, discúlpese públicamente ante este Tribunal !  – clamó una voz.. Me puse rígido, giré hacia la derecha y, mirando fijamente hacia donde parecía brotar un inmenso campo de luz, situado en la parte frontal del recinto, respondí:
.- No pediré disculpas, señoría. Y dispense mi alegato, pero me atrevo a rogarle que desista de ello, dado que, en cuanto que defensor terrestre, he actuado recta y diligentemente en tiempo y forma. Por ello no me disculparé.
Un silencio sepulcral cayó sobre los estrados oficiales y las gradas públicas, repletas de ciudadanos venidos de todas las circunscripciones de las proximidades cósmicas. Tras unos instantes, atenazados los presentes por la espera y una emoción contenida, volvió la voz:
.- Se acepta la alegación. Se abre por tanto vista oral contra la Humanidad por los hechos acontecidos durante los últimos diez mil años. El fallo será dado a conocer in voce por esta presidencia una vez emitido veredicto por el Jurado a la conclusión del acto. En consecuencia, pase y tome sitio, Abogado, y si no existiera cuestión previa alguna ¿ la hay ? (y se rehizo el silencio ) responda y confronte la prueba propuesta a la del Gran Acusador. En su virtud, y en consecuencia, procedan, pues, las partes por su orden.
Había una mesa y una silla exclusivamente y me acerqué. Dejé sobre la mesa la cartera y los autos y me coloqué de pie, delante de ella, para, acto seguido, y de repente, oírse una voz lenta y profunda con tonos desabridos:
.- Una vez más en esta sala y ante esta audiencia y con la venia de su señoría, vengo en sostener, aumentada si cabe, una ya vieja y larga acusación.
Levanté la cabeza con avidez. Frente a mí, en el otro foco de la elipse, no había silla ni mesa ni estrado alguno, sólo infinitas líneas de fuerza rojizas y negras que se manifestaban arrollándose sobre sí mismas de manera incesante, creando a su alrededor un formidable campo vibratorio que provocaba inquietud e inestabilidad. De aquel conjunto amorfo brotaba la voz. Era la del Gran Acusador, expresándose a través de su máxima expresión inteligente. Sí, ahora la recordaba. ¿ Y desde cuándo ? Pero no, no logré recordarlo.
.- Esta Humanidad, señores del Gran Jurado – comenzó informando y solicitado – no tiene salvación posible. No debió haberla tenido nunca y no la tendrá a partir hoy. Ha sido una especie convulsa y dominada constantemente por el egoísmo, por el miedo vil y la venganza. Ah ¿ cómo no habría de saberlo si soy su mismo resultado… ? ¿ y cómo, cómo detenerme ya, cómo ? En su consecuencia invoco y traigo para ser juzgados, por tanto, los siguientes sucesos que impregnaron la primera y desdichada época, aquélla que con tan rara elocuencia llegara a inmortalizar más tarde Wagner con El Anillo del Nibelungo, anillo – recordarán – robado por Alberico, hijo de la niebla y perjuro del amor, quien con sus actos tantas penalidades consiguió causar tanto a los hombres como a los mismos dioses. Invoco a Manú, primer hombre védico, que al transformarse en diversos y sucesivos animales usó su poder para poseer carnalmente a Ida, motivo por el cual rebajó a los hombres de hijos de dioses a lo que hoy son, es decir  – ja, ja, ja, rió de forma inicua y despectivamente – a un mero y destartalado engendro de inteligencia desierta y vacua. Traigo a Sala a la despiadada y sanguinaria guerra de Troya, pues ¿ qué fue el rapto de Helena sino el egoísmo de Paris, ebrio de pasión y obcecación sin límites ? ¿Y no consintió acaso Agamenón el sacrificio de Ifigenia, de su propia hija, a cambio de honores terrenales y recompensas ? ¡ Ah, señorías, tras semejantes atrocidades, no, no podemos llevarnos a engaño en este juicio de fin de edad ¡ Tres, tres diluvios hubo de ver esta Humanidad terrible para procurar su conversión, innumerables erupciones volcánicas, devastaciones sin cuento, migraciones eternas, llanto y desolación, y no aprendió ! Antes bien creció cual hidra infame, pletórica de desenfrenados deseos de poder sin que le importaran implacables guerras, aflicción y muerte. ¡Y qué decir – moduló el tono ahora con aire pomposo, grave y sarcástico  – de un Noé, cultivador esmerado de un espíritu espurio como el de la vid, qué decir, pues es un clamor ante el universo la degradación causada entre estas criaturas, ya de por sí irresponsables y crueles hasta la saciedad. Tratamiento similar merecen sin duda, señorías, incontables y aterradoras invasiones con que esta Humanidad erigió imperios, entre los que “exempli gratia” citaré al Hitita, al griego y al romano, igualmente arrasados y destruidos a su vez por extrema codicia, envidia y gusto desmedido por la sangre. Vuestra memoria, oh Gran Jurado, es amplia y vuestra visión clara y minuciosa. Recorred, pues, atentamente esta legión de siglos hacinados sobre lodazales de ruina y holocaustos, y contemplen vuestras señorías un interminable estercolero de campos, ciudades y religiones con sus propios enviados y profetas difamados, encarcelados, muertos. Inmisericorde esta Humanidad, amante del fango y la  codicia ha sido. Con ella ni siquiera, ni siquiera han podido vivir seguras las serpientes. En consecuencia, vengo en afirmar que esta Humanidad es la explicación despiadada, sí, pero precisa, señores juzgadores, de su propio destino. Es hora por tanto de exigir su exterminio, ha llegado la hora de llevar a cabo su merecida y completa aniquilación.
Y con un rápido movimiento la forma se distendió, se aplacaron las líneas de fuerza hasta adquirir una expresión amorfa, la cual prosiguió evolucionando sobre sí misma y retorciéndose con lentitud. Pero debido al contenido demoledor del informe presentado, y antes de que apareciera el terrible silencio que a continuación se hizo, ahora, emitiendo una respiración áspera y descarnada, con voz ronca y apenas discernible, el Gran Acusador dijo:

[… asumiendo este hecho con un peso todavía increíble en el estómago, y a la par que se me abría lentamente la memoria, le pedí al ujier que comunicara en sala mi inminente salida y empecé a ponerme la toga. A los pocos minutos, en una mano la cartera y en otra los autos, accedí a mi lugar en estrados, lugar que configuraba exactamente uno de los focos de una inmensa plataforma elipsoidal.

.- ¡ Abogado, por una causa u otra llevamos ciento veinticinco años de retraso en este juicio, discúlpese públicamente ante este Tribunal !  – clamó una voz.. Me puse rígido, giré hacia la derecha y, mirando fijamente hacia donde parecía brotar un inmenso campo de luz, situado en la parte frontal del recinto, respondí:

.- No pediré disculpas, señoría. Y dispense mi alegato, pero me atrevo a rogarle que desista de ello, dado que, en cuanto que defensor terrestre, he actuado recta y diligentemente en tiempo y forma. Por ello no me disculparé.

Un silencio sepulcral cayó sobre los estrados oficiales y las gradas públicas, repletas de ciudadanos venidos de todas las circunscripciones de las proximidades cósmicas. Tras unos instantes, atenazados los presentes por la espera y una emoción contenida, volvió la voz:

.- Se acepta la alegación. Se abre por tanto vista oral contra la Humanidad por los hechos acontecidos durante los últimos diez mil años. El fallo será dado a conocer in voce por esta presidencia una vez emitido veredicto por el Jurado a la conclusión del acto. En consecuencia, pase y tome sitio, Abogado, y si no existiera cuestión previa alguna ¿ la hay ? (y se rehizo el silencio ) responda y confronte la prueba propuesta a la del Gran Acusador. En su virtud, y en consecuencia, procedan, pues, las partes por su orden.

Había una mesa y una silla exclusivamente y me acerqué. Dejé sobre la mesa la cartera y los autos y me coloqué de pie, delante de ella, para, acto seguido, y de repente, oírse una voz lenta y profunda con tonos desabridos:

.- Una vez más en esta sala y ante esta audiencia y con la venia de su señoría, vengo en sostener, aumentada si cabe, una ya vieja y larga acusación.

Levanté la cabeza con avidez. Frente a mí, en el otro foco de la elipse, no había silla ni mesa ni estrado alguno, sólo infinitas líneas de fuerza rojizas y negras que se manifestaban arrollándose sobre sí mismas de manera incesante, creando a su alrededor un formidable campo vibratorio que provocaba inquietud e inestabilidad. De aquel conjunto amorfo brotaba la voz. Era la del Gran Acusador, expresándose a través de su máxima expresión inteligente. Sí, ahora la recordaba. ¿ Y desde cuándo ? Pero no, no logré recordarlo.

.- Esta Humanidad, señores del Gran Jurado – comenzó informando y solicitado – no tiene salvación posible. No debió haberla tenido nunca y no la tendrá a partir hoy. Ha sido una especie convulsa y dominada constantemente por el egoísmo, por el miedo vil y la venganza. Ah ¿ cómo no habría de saberlo si soy su mismo resultado… ? ¿ y cómo, cómo detenerme ya, cómo ? En su consecuencia invoco y traigo para ser juzgados, por tanto, los siguientes sucesos que impregnaron la primera y desdichada época, aquélla que con tan rara elocuencia llegara a inmortalizar más tarde Wagner con El Anillo del Nibelungo, anillo – recordarán – robado por Alberico, hijo de la niebla y perjuro del amor, quien con sus actos tantas penalidades consiguió causar tanto a los hombres como a los mismos dioses. Invoco a Manú, primer hombre védico, que al transformarse en diversos y sucesivos animales usó su poder para poseer carnalmente a Ida, motivo por el cual rebajó a los hombres de hijos de dioses a lo que hoy son, es decir  – ja, ja, ja, rió de forma inicua y despectivamente – a un mero y destartalado engendro de inteligencia desierta y vacua. Traigo a Sala a la despiadada y sanguinaria guerra de Troya, pues ¿ qué fue el rapto de Helena sino el egoísmo de Paris, ebrio de pasión y obcecación sin límites ? ¿Y no consintió acaso Agamenón el sacrificio de Ifigenia, de su propia hija, a cambio de honores terrenales y recompensas ? ¡ Ah, señorías, tras semejantes atrocidades, no, no podemos llevarnos a engaño en este juicio de fin de edad ¡ Tres, tres diluvios hubo de ver esta Humanidad terrible para procurar su conversión, innumerables erupciones volcánicas, devastaciones sin cuento, migraciones eternas, llanto y desolación, y no aprendió ! Antes bien creció cual hidra infame, pletórica de desenfrenados deseos de poder sin que le importaran implacables guerras, aflicción y muerte. ¡Y qué decir – moduló el tono ahora con aire pomposo, grave y sarcástico  – de un Noé, cultivador esmerado de un espíritu espurio como el de la vid, qué decir, pues es un clamor ante el universo la degradación causada entre estas criaturas, ya de por sí irresponsables y crueles hasta la saciedad. Tratamiento similar merecen sin duda, señorías, incontables y aterradoras invasiones con que esta Humanidad erigió imperios, entre los que “exempli gratia” citaré al Hitita, al griego y al romano, igualmente arrasados y destruidos a su vez por extrema codicia, envidia y gusto desmedido por la sangre. Vuestra memoria, oh Gran Jurado, es amplia y vuestra visión clara y minuciosa. Recorred, pues, atentamente esta legión de siglos hacinados sobre lodazales de ruina y holocaustos, y contemplen vuestras señorías un interminable estercolero de campos, ciudades y religiones con sus propios enviados y profetas difamados, encarcelados, muertos. Inmisericorde esta Humanidad, amante del fango y la  codicia ha sido. Con ella ni siquiera, ni siquiera han podido vivir seguras las serpientes. En consecuencia, vengo en afirmar que esta Humanidad es la explicación despiadada, sí, pero precisa, señores juzgadores, de su propio destino. Es hora por tanto de exigir su exterminio, ha llegado la hora de llevar a cabo su merecida y completa aniquilación.

Y con un rápido movimiento la forma se distendió, se aplacaron las líneas de fuerza hasta adquirir una expresión amorfa, la cual prosiguió evolucionando sobre sí misma y retorciéndose con lentitud. Pero debido al contenido demoledor del informe presentado, y antes de que apareciera el terrible silencio que a continuación se hizo, ahora, emitiendo una respiración áspera y descarnada, con voz ronca y apenas discernible, el Gran Acusador dijo:]

1 comentario »

  1. muy buena la verdad

    Comentario por ¿? — 08/02/08 @ 5:19 am | Responder


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