CURRENT POETRY – POESÍA ACTUAL – SIGLOS XX-XXI: Orión de Panthoseas ®

Retorno al Adiós

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Lee a continuación un extracto de este relato:

 

 

 

… y aún, aún soy capaz de percibir cuando me llevaban cuesta arriba y a toda prisa a mi destino en aquel taxi viejo y lleno de ruidos mientras se me descuajaba el alma, y que, con el corazón hecho jirones, al cruzar por una de las calles cercanas a la plaza querida, flotaba un aroma infinito de azahar en el aire, y que, por entre los pámpanos, el verdor de las acacias y los capullos de las rosas, pasaba con el ingente estruendo la cabalgata de la primavera.
Recuerdo que no pude resistir y lloré. Indefenso, miraba a uno y otro lado por los cristales de atrás. Nadie puede imaginar la intensidad de dolor que puede provocar el sentimiento en un niño de diez años. Quien no lo haya sufrido jamás, jamás debe osar comprenderlo, ni siquiera señalarlo.
Y ello era así porque yo sabía, desde el día de la inauguración del curso, que Irina, si bien con cuidado y muy levemente, me había mirado. Eso fue lo que hizo que casi me cayera por encima de la baranda y alargara y alargara el cuello mientras ella se alejaba y se alejaba.
Desde ese instante la empecé a buscar sin descanso a través de los pasillos colindantes con las chicas hasta lograr saber con certeza la ubicación de su aula, su sitio, su número de pupitre, me encaramaba al muro enrejado que separaba los patios de recreo y escudriñaba con persuasión y paciencia los lugares donde las muchachas jugaban al clavo o al catruche, a las tabas o a la comba hasta que la descubría. A los pocos días supe que le llamaban “La Rusa” y eso excitó más mi entusiasmo, pues era difícil concebir que pudiera estudiar en mi colegio un ruso  y menos que fuera como Irina: con aquel rubio cálido y sus ojos azules que, debido a sus movimientos tan comedidos y controlados, a mí me parecían que a la fuerza habrían sido confeccionados por las mismas huestes celestiales. Y además era ligera, sí, Irina era muy ligera… y el pelo que, con aquel par de horquillas nacaradas a cada lado de la cabeza, le bamboleaba como una nube hermosa y dorada sobre el aire al andar…
… cuando la veía a lo lejos, yo me quedaba nombrándola en voz baja para que cuanto antes mirara y me viera, y decía Irina, Irina, con insistencia hasta conseguirlo. Y cuando no la veía, también, para que al mismo tiempo empezara a pensar en mí como yo pensaba en ella y estuviéramos siempre así: el uno con el otro. De esta forma, y en aquel entonces, mis oraciones por la noche eran un círculo alocado en torno a este deseo, se mezclaban con su imagen y su nombre, con la levedad de su talle y con la rayina que describía en la mejilla derecha al sonreír.
Pero Irina venía al Instituto desde la parte alta, desde la ciudad de los ricos, y todos los días, a la hora de salir, y en la misma puerta, una señorita ataviada con uniforme la esperaba para cogerla de la mano y llevársela en silencio por la Plaza del Adiós y luego escalinata arriba. Era el momento en que yo sentía en el estómago terribles punzadas y una especie de angustia indescriptible. Viéndola, por tanto, subir por la escalinata, me quedaba quieto y ensimismado hasta que desaparecía, y no acertaba a comprender…

[… y aún, aún soy capaz de percibir cuando me llevaban cuesta arriba y a toda prisa a mi destino en aquel taxi viejo y lleno de ruidos mientras se me descuajaba el alma, y que, con el corazón hecho jirones, al cruzar por una de las calles cercanas a la plaza querida, flotaba un aroma infinito de azahar en el aire, y que, por entre los pámpanos, el verdor de las acacias y los capullos de las rosas, pasaba con el ingente estruendo la cabalgata de la primavera.

Recuerdo que no pude resistir y lloré. Indefenso, miraba a uno y otro lado por los cristales de atrás. Nadie puede imaginar la intensidad de dolor que puede provocar el sentimiento en un niño de diez años. Quien no lo haya sufrido jamás, jamás debe osar comprenderlo, ni siquiera señalarlo.

Y ello era así porque yo sabía, desde el día de la inauguración del curso, que Irina, si bien con cuidado y muy levemente, me había mirado. Eso fue lo que hizo que casi me cayera por encima de la baranda y alargara y alargara el cuello mientras ella se alejaba y se alejaba.

Desde ese instante la empecé a buscar sin descanso a través de los pasillos colindantes con las chicas hasta lograr saber con certeza la ubicación de su aula, su sitio, su número de pupitre, me encaramaba al muro enrejado que separaba los patios de recreo y escudriñaba con persuasión y paciencia los lugares donde las muchachas jugaban al clavo o al catruche, a las tabas o a la comba hasta que la descubría. A los pocos días supe que le llamaban “La Rusa” y eso excitó más mi entusiasmo, pues era difícil concebir que pudiera estudiar en mi colegio un ruso  y menos que fuera como Irina: con aquel rubio cálido y sus ojos azules que, debido a sus movimientos tan comedidos y controlados, a mí me parecían que a la fuerza habrían sido confeccionados por las mismas huestes celestiales. Y además era ligera, sí, Irina era muy ligera… y el pelo que, con aquel par de horquillas nacaradas a cada lado de la cabeza, le bamboleaba como una nube hermosa y dorada sobre el aire al andar…

… cuando la veía a lo lejos, yo me quedaba nombrándola en voz baja para que cuanto antes mirara y me viera, y decía Irina, Irina, con insistencia hasta conseguirlo. Y cuando no la veía, también, para que al mismo tiempo empezara a pensar en mí como yo pensaba en ella y estuviéramos siempre así: el uno con el otro. De esta forma, y en aquel entonces, mis oraciones por la noche eran un círculo alocado en torno a este deseo, se mezclaban con su imagen y su nombre, con la levedad de su talle y con la rayina que describía en la mejilla derecha al sonreír.

Pero Irina venía al Instituto desde la parte alta, desde la ciudad de los ricos, y todos los días, a la hora de salir, y en la misma puerta, una señorita ataviada con uniforme la esperaba para cogerla de la mano y llevársela en silencio por la Plaza del Adiós y luego escalinata arriba. Era el momento en que yo sentía en el estómago terribles punzadas y una especie de angustia indescriptible. Viéndola, por tanto, subir por la escalinata, me quedaba quieto y ensimismado hasta que desaparecía, y no acertaba a comprender…]

 

4 comentarios »

  1. NOCHE DE VERANO

    Es una hermosa noche de verano.
    Tienen las altas casas
    abiertos los balcones
    del viejo pueblo a la anchurosa plaza.
    En el amplio rectángulo desierto,
    bancos de piedra, evónimos y acacias
    simétricos dibujan
    sus negras sombras en la arena blanca.
    En el cénit, la luna, y en la torre,
    la esfera del reloj iluminada.
    Yo en este viejo pueblo paseando
    solo, como un fantasma.

    Comentario por antonelaa — 15/02/11 @ 1:46 am | Responder

    • 12 versos de valor poético con una impronta bella y bien descrita; gracias por venir aquí; un saludo; Orión

      Comentario por oriondepanthoseas — 15/02/11 @ 3:57 pm | Responder

  2. This article is very appealing to thinking people like me. Its not only thought-provoking, it draws you in from the beginning. This is well-written content. The views here are also appealing to me. Thank you. 274155

    Comentario por My Homepage — 19/12/11 @ 5:26 am | Responder


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