CURRENT POETRY – POESÍA ACTUAL – SIGLOS XX-XXI: Orión de Panthoseas ®

Memorias de hombres y trenes

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Lee a continuación un extracto de este relato:

… he venido pronto y solo a la estación. El día levanta mechones blanquecinos que deambulan lentos y muy altos; hay bandadas de golondrinas y vencejos que se empeñan en dibujar aún el don y gracia de la tarde por el cielo de Madrid.
Pensando en todo esto se agranda la tristeza [no olvidaré fácilmente Sbrenica; fuera, pues, vida y documentos, y casa y tiempo y patria, fuera el otro, el que es capaz de mirarme así, de amarme, pues ése, ése es el que me hacer sentir hombre cuando lo mato; oh atrocidad de los siglos, ah, hombre mío ¿ tanta oscuridad nos ocupaba, tan irredentos estábamos de nosotros mismos sobre la tierra, tanto nos odiábamos para esto ?]
Ante el trasiego continuo de la tarde miro el reloj, dejo, pues, mientras espero sobre el mostrador la taza de café, y salgo al andén. En el ambiente de la estación hay un nuevo sabor, hay un regusto a enjambre y a cereza temprana en este término de junio, y, en lo alto, un presagio a huida instintiva, a renacimiento secreto. Me preguntó por qué será, pues, de pronto, vuelta la vista atrás, desaparecen los años, unos con otros se amalgaman y se alteran las fechas, se diluyen los motivos, y sólo quedan los viejos trenes de carbón y tabla silbando desesperadamente por el loco erial de niño y de olvido. Son trenes correos y mixtos que a mí me parecían que vinieran del otro lado del mundo con sus máquinas desaforadas echando chispas, con maquinistas tremendos y bielas como patas de cínifes inmensos, y todo con esa magnitud descomunal que tanto amaban los niños labradores de la dictadura con un poco de tiña, raquitismo y esplendor en los ojos.
No se me olvidará en estos trenes aquella estampa de los hombres del tricornio que viajaban en ellos por parejas, con fusiles en las manos y sentados frente a frente. Nítidamente recuerdo sus bigotes simétricos y uniformes verdes, el sudor cayéndoles por sus rostros impasibles mientras con los ojos devoraban el trasluz del cristal; los recordaré siempre con las armas en las manos, apoyadas las culatas sobre el suelo del vagón; yo solía viajar en el tren con mi abuelo, quien al verlos, con voz queda decía ¡ buen día ! luego se sentaba, y yo me sentaba junto a él.
… y aquellos trenes, o mejor el mío, el tren de que hablo, que a lo lejos simulaba una serpiente gigantesca con dos cajas de zapatos en la cola, con sus asientos de tablas claveteadas y desvencijadas, con tornillos que se removían y rodaban por el suelo y balancines  que aullaban como viejas matracas o lobos hambrientos al abrir las puertas, aquel tren, digo, aún lo veo enfrentarse con un cerro y su cuesta imponente. Y nunca subía. Tras repetir y repetir el intento con esfuerzos sobrehumanos de tren y atronar el alma de los viajeros con el trac-trac-trac de las bielas, y llenar el mundo con hollín y con humo, porque parecía que de un momento a otro todo en él fuera a abrirse y desencajarse, entonces, y allá arriba, en el punto álgido, en la cima pura, iba y disipaba absolutamente su cuerpo en mil suspiros hasta simular desvencijarse y desfallecer, para ya, y como abatido y absolutamente derrengado, muerto, abandonarse cuesta abajo al peso insensible de sus trozos de hierro y hojalata sin más.
No hay como el conocimiento para eludir un tanto el dolor, sin duda; o trocar éste en alegría para ayudar a aquel tren mixto a exhalar el último clamor para coronar la cima y  vencer. Es solamente un escalofriante y nítido recuerdo del Far West de España, de aquellas distancias inacabables por los primeros y exiguos raíles por que de niño discurrió mi corazón.
En este vuelo lejano y profundo de trenes, me asaltan, cómo no, los preciosos y fugaces viajes con que alguna vez rescato retazos…

[… he venido pronto y solo a la estación. El día levanta mechones blanquecinos que deambulan lentos y muy altos; hay bandadas de golondrinas y vencejos que se empeñan en dibujar aún el don y gracia de la tarde por el cielo de Madrid.

Pensando en todo esto se agranda la tristeza [no olvidaré fácilmente Sbrenica; fuera, pues, vida y documentos, y casa y tiempo y patria, fuera el otro, el que es capaz de mirarme así, de amarme, pues ése, ése es el que me hacer sentir hombre cuando lo mato; oh atrocidad de los siglos, ah, hombre mío ¿ tanta oscuridad nos ocupaba, tan irredentos estábamos de nosotros mismos sobre la tierra, tanto nos odiábamos para esto ?]

Ante el trasiego continuo de la tarde miro el reloj, dejo, pues, mientras espero sobre el mostrador la taza de café, y salgo al andén. En el ambiente de la estación hay un nuevo sabor, hay un regusto a enjambre y a cereza temprana en este término de junio, y, en lo alto, un presagio a huida instintiva, a renacimiento secreto. Me preguntó por qué será, pues, de pronto, vuelta la vista atrás, desaparecen los años, unos con otros se amalgaman y alteran las fechas, se diluyen los motivos, y sólo quedan los viejos trenes de carbón y tabla silbando desesperadamente por el loco erial de niño y de olvido. Son trenes correos y mixtos que a mí me parecían que vinieran del otro lado del mundo con sus máquinas desaforadas echando chispas, con maquinistas tremendos y bielas como patas de cínifes inmensos, y todo con esa magnitud descomunal que tanto amaban los niños labradores de la dictadura con un poco de tiña, raquitismo y esplendor en los ojos.

No se me olvidará en estos trenes aquella estampa de los hombres del tricornio que viajaban en ellos por parejas, con fusiles en las manos y sentados frente a frente. Nítidamente recuerdo sus bigotes simétricos y uniformes verdes, el sudor cayéndoles por sus rostros impasibles mientras con los ojos devoraban con fijeza el trasluz del cristal; los recordaré siempre con las armas en las manos, apoyadas las culatas sobre el suelo del vagón; yo solía viajar en el tren con mi abuelo, quien al verlos, con voz queda decía ¡ buen día ! luego se sentaba, y yo me sentaba junto a él.

… y aquellos trenes, o mejor el mío, el tren de que hablo, que a lo lejos simulaba una serpiente gigantesca de carga con dos cajas de zapatos en la cola, con sus asientos de tablas claveteadas y desvencijadas, con tornillos que se removían y rodaban por el suelo y balancines  que aullaban como viejas matracas o lobos hambrientos al abrir las puertas, aquel tren, digo, aún lo veo enfrentarse con un cerro y su cuesta imponente. Y nunca subía a la primera. Tras repetir y repetir el intento con esfuerzos sobrehumanos de tren y atronar el alma de los viajeros con el tac-tac-tac de las bielas, y llenar el mundo con hollín y con humo, porque parecía que de un momento a otro todo en él fuera a abrirse y desencajarse, entonces, y allá arriba, en el punto álgido, en la cima pura, iba y disipaba absolutamente su cuerpo en mil suspiros hasta simular desvencijarse y desfallecer, para ya, y como abatido y absolutamente derrengado, muerto, abandonarse cuesta abajo al peso insensible de sus trozos de hierro y hojalata sin más.

No hay como el conocimiento para eludir un tanto el dolor, sin duda; o trocar éste en alegría para ayudar a aquel tren mixto a exhalar el último clamor hasta coronar la cima y  vencer. Es solamente un escalofriante y nítido recuerdo del Far West de España, de aquellas distancias inacabables por los primeros y exiguos raíles por que de niño discurrió mi corazón.

En este vuelo lejano y profundo de trenes, me asaltan, cómo no, los preciosos y fugaces viajes con que alguna vez rescato retazos…]

2 comentarios »

  1. Me toca ud la fibra amigo…
    Un saludo.

    Comentario por Billy MacGregor — 23/10/07 @ 10:23 am | Responder

  2. … Billy, amigo, no es nada, dos cositinas que estaban por ahí; en cambio cómo agradezco el poso y luz de sus palabras; un abrazo, amigo, un abrazo; o. de panthoseas

    Comentario por oriondepanthoseas — 23/10/07 @ 11:37 am | Responder


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