CURRENT POETRY – POESÍA ACTUAL – SIGLOS XX-XXI: Orión de Panthoseas ®

Los orcones

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Lee a continuación un extracto de este relato:

 

 

 

 

… esta desigualdad desmedida, cuyo fundamento consistía en tales avances y poderes, es la que daría pie a la revuelta fratricida que habría de sobrevenir, la que hizo que ocedas y amindos se hicieran desde entonces irreconciliables, hecho éste que ha prevalecido a través de las edades porque el mundo en adelante habría de ser interpretado bajo el prisma de dos concepciones por completo diferentes: bajo el prisma del agua y bajo el prisma del fuego.
Por ello, atenazados por el ansia de supervivencia y rebelión, tanto como por el propósito de multiplicar sus escasas hierbas y semillas, los amindos sometieron a sus niños a duros y permanentes trabajos instructivos. Según la tradición y los libros antiguos, y al objeto de fortalecer la voluntad de los varones, se les hacía competir entre sí en largas y enormes peleas, o los colgaban e inducían a grandes peligros por intrincadas, oscuras y profundas grutas, donde debían luchar y vencer a alimañas ocultas y sobrevivir; o los sometían a competiciones de resistencia cargando con piedras y troncos sumergidos en las profundidades del agua para que desarrollaran su deseo de lucha y poder. A las niñas-amindo, en cambio, las educaron en agrandar lo que ya sabían que constituía su gran capacidad natural: la imaginación. Las introducían por grandes acantilados y cerrados bosques para que el rugido del mar y el murmullo del follaje y el huracanado gemido del viento abrieran en ellas más y más ideaciones y representaciones, nuevos y diversos mundos que les enriqueciera, a la vez, el orden de los amindos se agrandara y enriqueciera.
De este modo fue cómo los amindos supervivientes se volvieron fogosos, activos y creadores. Tal era su ansia emprendedora y de conocimiento; su meta, en definitiva, se había convertido en derrotar a los ocedas y someterlos para siempre. Por  ello resistieron hasta límites insospechados el frío y la pobreza a que habían sido sometidos; y por ello echaron de menos el pedernal, pues intuyeron que el fuego exterior, aquél que destruía y consumía las cosas, les era necesario para conservar mejor el cuerpo y dar consistencia a las experiencias recién descubiertas y estrenadas. Ataviados, pues, con semejante paciencia y decisión, renegaron del fuego dado por los dioses, y, a base de frotar y girar un palo contra otro hicieron surgir la explosión del fuego oscuro, el cual lograron arrancarle a las mismas entrañas de la madera y de las piedras.
… y desde los terribles días en que el reguero se volvió rojo, no se recuerda en la Quebrada mayor violencia, consternación ni clamor en los reinos visibles ni invisibles. Sucedió cuando, con sigilo y de forma taimada, los amindos socavaron las cavernas ocedas desde abajo, y en un abrir y cerrar de ojos, una noche, después de las lluvias, cuando la tierra  descansa y agranda su peso y los ocedas, resguardados de los rayos de la luna, dormían en el interior, lograron derribarlas y ocasionaron una mortandad sin precedentes, puesto que aún, a los que consiguieron salir y escapar, los acribillaron con hachas y punzones, les rompieron los huesos de la cabeza, los arrojaron al fondo del arroyo y el agua se tiñó de un rojo denso durante mucho tiempo, dado que la sangre rezumaba a través de la tierra, sino por las rocas porosas de los farallones, la misma sangre que cayó sobre las hojas de las plantas y que el viento y la lluvia terminaron por arrojar a la corriente, y que, al diluirse, se volvía roja, hecho éste que durante edades recordaría la conjura terrible de los amantes  furtivos, de los sanguinarios y poderosos adoradores del fuego.
Sólo dejaron con vida a las niñas ocedas que encontraron, dado que intuyeron que las suyas, debido a las calamidades de los partos, podrían diezmárseles, venir a menos e incluso acabárseles, y, de esta forma, sin ellas – ahora lo sabían –  exterminarse todos…

[… esta desigualdad desmedida, cuyo fundamento consistía en tales avances y poderes, es la que daría pie a la revuelta fratricida que habría de sobrevenir, la que hizo que ocedas y amindos se hicieran desde entonces irreconciliables, hecho éste que ha prevalecido a través de las edades porque el mundo en adelante habría de ser interpretado bajo el prisma de dos concepciones por completo diferentes: bajo el prisma del agua y bajo el prisma del fuego.

Por ello, atenazados por el ansia de supervivencia y rebelión, tanto como por el propósito de multiplicar sus escasas hierbas y semillas, los amindos sometieron a sus niños a duros y permanentes trabajos instructivos. Según la tradición y los libros antiguos, y al objeto de fortalecer la voluntad de los varones, se les hacía competir entre sí en largas y enormes peleas, o los colgaban e inducían a grandes peligros por intrincadas, oscuras y profundas grutas, donde debían luchar y vencer a alimañas ocultas y sobrevivir; o los sometían a competiciones de resistencia cargando con piedras y troncos sumergidos en las profundidades del agua para que desarrollaran su deseo de lucha y poder. A las niñas-amindo, en cambio, las educaron en agrandar lo que ya sabían que constituía su gran capacidad natural: la imaginación. Las introducían por grandes acantilados y cerrados bosques para que el rugido del mar y el murmullo del follaje y el huracanado gemido del viento abrieran en ellas más y más ideaciones y representaciones, nuevos y diversos mundos que les enriqueciera, a la vez, el orden de los amindos se agrandara y enriqueciera.

De este modo fue cómo los amindos supervivientes se volvieron fogosos, activos y creadores. Tal era su ansia emprendedora y de conocimiento; su meta, en definitiva, se había convertido en derrotar a los ocedas y someterlos para siempre. Por  ello resistieron hasta límites insospechados el frío y la pobreza a que habían sido sometidos; y por ello echaron de menos el pedernal, pues intuyeron que el fuego exterior, aquél que destruía y consumía las cosas, les era necesario para conservar mejor el cuerpo y dar consistencia a las experiencias recién descubiertas y estrenadas. Ataviados, pues, con semejante paciencia y decisión, renegaron del fuego dado por los dioses, y, a base de frotar y girar un palo contra otro hicieron surgir la explosión del fuego oscuro, el cual lograron arrancarle a las mismas entrañas de la madera y de las piedras.

… y desde los terribles días en que el reguero se volvió rojo, no se recuerda en la Quebrada mayor violencia, consternación ni clamor en los reinos visibles ni invisibles. Sucedió cuando, con sigilo y de forma taimada, los amindos socavaron las cavernas ocedas desde abajo, y en un abrir y cerrar de ojos, una noche, después de las lluvias, cuando la tierra  descansa y agranda su peso y los ocedas, resguardados de los rayos de la luna, dormían en el interior, lograron derribarlas y ocasionaron una mortandad sin precedentes, puesto que aún, a los que consiguieron salir y escapar, los acribillaron con hachas y punzones, les rompieron los huesos de la cabeza, los arrojaron al fondo del arroyo y el agua se tiñó de un rojo denso durante mucho tiempo, dado que la sangre rezumaba a través de la tierra, sino por las rocas porosas de los farallones, la misma sangre que cayó sobre las hojas de las plantas y que el viento y la lluvia terminaron por arrojar a la corriente, y que, al diluirse, se volvía roja, hecho éste que durante edades recordaría la conjura terrible de los amantes  furtivos, de los sanguinarios y poderosos adoradores del fuego.

Sólo dejaron con vida a las niñas ocedas que encontraron, dado que intuyeron que las suyas, debido a las calamidades de los partos, podrían diezmárseles, venir a menos e incluso acabárseles, y, de esta forma, sin ellas – ahora lo sabían –  exterminarse todos…]

 

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