CURRENT POETRY – POESÍA ACTUAL – SIGLOS XX-XXI: Orión de Panthoseas ®

Huracán

Haz clic aquí para descargar el relato completo.

Lee a continuación un extracto de este relato:

, eran por contra los Relatores de Difuntos verdaderos artistas en el oficio, capaces de crear retahílas enormes acerca de conocidas y supuestas virtudes y vicisitudes tocantes a la vida reciente del muerto. Tenían por costumbre llegar agrupados a la casa funeraria, en la cual, ya en el portal, y al mismo tiempo, mirándose unos a otros de reojo, con parsimonia se quitaban la gorra; a  continuación, con gesto serio y dolorido, – podría decirse que con sumo cuidado – ponérsela colgando sobre la mano izquierda; miraban luego a  lo alto con ojos mortecinos, y enseguida, con la cabeza ladeada hacia el mismo lado, continuaban los tres en rigurosa fila con los brazos caídos, – los más viejos delante – en dirección a la habitación fúnebre. Al verlos, todos se santiguaban, se apartaban de inmediato de su trayecto e instruían un descomunal silencio. Parecía que todo hubiese tenido alma y de pronto se callara, dado que se callaban hasta las plañideras, si bien, más allá, y como un misterio inaudito, también procedían a callarse los pájaros, las gallinas, las ranas y los perros. Por los aledaños y dentro de la habitación obitual, era la hora de sonarse las narices, darse un respingo y lanzar suspiros y ayes largos y profundos, pues eran bien vistos porque eran tenidos como gemidos incontenibles debidos al sentimiento, a la pura aflicción y parte esencial del  acompañamiento y conmoción  que producía  el intenso dolor que  reinaba en la casa.
Así, pues, era ocasión para que el Relator más antiguo comenzase su oficio rememorando – aun si así fuera, de oídas – a los antepasados del difunto. Los nombraba por tanto y los hacía en un buen lugar del cielo, pues aseguraba verlos atentos y en buena disposición para rogar a todos y a cualquiera de los santos, quienes de esta forma, asistiendo al alma que se iba, de ninguna forma podría ésta darse por perdida a través de los laberintos del más allá, laberintos que de igual modo podían conducir a los fuegos del infierno que al disfrute sin tacha de las glorias más puras, refulgentes y eternas. De aquí que, con la voz más trémula y solemne que le era posible, seguidamente el Relator procedía a efectuar un memorándum familiar y personal del difunto lento y exhaustivo, incluso si era preciso inventándolo como obra de misericordia que los presentes comprendían, pues a veces del finado no se sabía nada y no se disponía de historia ni reciente ni viva disponible, resaltando las muchas y honrosas obras que en realidad hizo o habría hecho de haber tenido oportunidad; abundaba después el Relator en sus muchas y  exultantes virtudes; solía decir algo de sus bulas y limosnas como asimismo de los innumerables rosarios y novenas rezados a lo largo de su existencia. Hablaba luego de su desprendimiento, de su entrega a la patria, de su compromiso para con la iglesia, para con sus jerarcas y ministros.
Al fin, tras mucho murmurar consigo mismo cosas secretas e ininteligibles, tras darse golpes de pecho e inclinarse sucesivamente por tres veces sobre el rostro del extinto, quien aún mantenía el pañuelo atado por debajo de la barbilla para que no se le abriera la boca ni se le vieran los labios tumefactos ni la ausencia y descombre de los dientes, terminaba por fin el Relator con una frase lacónica y acaso en el fondo humorística, la cual, sacada del acervo popular decía “… y como es de razón, el muerto al hoyo y el vivo al bollo” Por lo que de esta forma, tras una última venia, el Relator de Difuntos se despedía definitivamente, hecho que daba lugar a un torrente de sonadas, de renovados suspiros y urgentes desahogos. Por entre los muros de la habitación yacían y vibraban los misterios; por entre los concurrentes gravitaban y hasta  podían oírse…

[, eran por contra los Relatores de Difuntos verdaderos artistas en el oficio, capaces de crear retahílas enormes acerca de conocidas y supuestas virtudes y vicisitudes tocantes a la vida reciente del muerto. Tenían por costumbre llegar agrupados a la casa funeraria, en la cual, ya en el portal, y al mismo tiempo, mirándose unos a otros de reojo, con parsimonia se quitaban la gorra; a  continuación, con gesto serio y dolorido, – podría decirse que con sumo cuidado – ponérsela colgando sobre la mano izquierda; miraban luego a  lo alto con ojos mortecinos, y enseguida, con la cabeza ladeada hacia el mismo lado, continuaban los tres en rigurosa fila con los brazos caídos, – los más viejos delante – en dirección a la habitación fúnebre. Al verlos, todos se santiguaban, se apartaban de inmediato de su trayecto e instruían un descomunal silencio. Parecía que todo hubiese tenido alma y de pronto se callara, dado que se callaban hasta las plañideras, si bien, más allá, y como un misterio inaudito, también procedían a callarse los pájaros, las gallinas, las ranas y los perros. Por los aledaños y dentro de la habitación obitual, era la hora de sonarse las narices, darse un respingo y lanzar suspiros y ayes largos y profundos, pues eran bien vistos porque eran tenidos como gemidos incontenibles debidos al sentimiento, a la pura aflicción y parte esencial del  acompañamiento y conmoción  que producía  el intenso dolor que  reinaba en la casa.

Así, pues, era ocasión para que el Relator más antiguo comenzase su oficio rememorando – aun si así fuera, de oídas – a los antepasados del difunto. Los nombraba por tanto y los hacía en un buen lugar del cielo, pues aseguraba verlos atentos y en buena disposición para rogar a todos y a cualquiera de los santos, quienes de esta forma, asistiendo al alma que se iba, de ninguna forma podría ésta darse por perdida a través de los laberintos del más allá, laberintos que de igual modo podían conducir a los fuegos del infierno que al disfrute sin tacha de las glorias más puras, refulgentes y eternas. De aquí que, con la voz más trémula y solemne que le era posible, seguidamente el Relator procedía a efectuar un memorándum familiar y personal del difunto lento y exhaustivo, incluso si era preciso inventándolo como obra de misericordia que los presentes comprendían, pues a veces del finado no se sabía nada y no se disponía de historia ni reciente ni viva disponible, resaltando las muchas y honrosas obras que en realidad hizo o habría hecho de haber tenido oportunidad; abundaba después el Relator en sus muchas y  exultantes virtudes; solía decir algo de sus bulas y limosnas como asimismo de los innumerables rosarios y novenas rezados a lo largo de su existencia. Hablaba luego de su desprendimiento, de su entrega a la patria, de su compromiso para con la iglesia, para con sus jerarcas y ministros.

Al fin, tras mucho murmurar consigo mismo cosas secretas e ininteligibles, tras darse golpes de pecho e inclinarse sucesivamente por tres veces sobre el rostro del extinto, quien aún mantenía el pañuelo atado por debajo de la barbilla para que no se le abriera la boca ni se le vieran los labios tumefactos ni la ausencia y descombre de los dientes, terminaba por fin el Relator con una frase lacónica y acaso en el fondo humorística, la cual, sacada del acervo popular decía “… y como es de razón, el muerto al hoyo y el vivo al bollo” Por lo que de esta forma, tras una última venia, el Relator de Difuntos se despedía definitivamente, hecho que daba lugar a un torrente de sonadas, de renovados suspiros y urgentes desahogos. Por entre los muros de la habitación yacían y vibraban los misterios; por entre los concurrentes gravitaban y hasta  podían oírse…]

Dejar un comentario »

Aún no hay comentarios.

RSS feed for comments on this post. TrackBack URI

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Blog de WordPress.com.