CURRENT POETRY – POESÍA ACTUAL – SIGLOS XX-XXI: Orión de Panthoseas ®

Eloísa

Haz clic aquí para descargar el relato completo.

Lee a continuación un extracto de este relato:

Era un verano en que podía verse la tierra reseca y desasida, calcinada, como si de un momento a otro fuera a convertirse en polvo. Sólo allá, a lo lejos, bajando y bajando por torrenteras y ribazos encontrábamos el río y arrancábamos la tos al mojarnos la aridez y desaparecer de nosotros, pues nos subía el frescor por las pantorrillas arriba y se nos inoculaba en el sexo y gritábamos y temblábamos hasta aspirar con fuerza y placidez el vaho que nos salía del cuerpo como una resurrección conocida.

Por los flujos suaves de las corrientes, al sosiego de las orillas cubiertas por sombras de támaras, sobre la hierba viva de los humedales, nos amamos. Al susurro y balanceo del agua yo la cogía por los hombros y Eloísa reposaba sobre mi cuerpo con los brazos en cruz, mientras le recorría los pechos cual si de lunas crecientes se tratara. Salíamos y, tirados sobre la tierra, la cubríamos totalmente con los brazos abiertos, la ocupábamos. Tales éramos en el amor y en sus pocos días, cuando en el suelo, y resbalando uno sobre el otro, decíamos ver la felicidad y la señalábamos y la seguíamos con el dedo mirando a lo alto y a lo azul hasta perderla por el horizonte, allí, donde se detenían con un tiemblo de locura y pasmo nuestros cuerpos y el mundo.

Para amarnos aprovechábamos la siesta, ese rato incontenible en que el sueño se adentra en lo que existe y, deteniéndolo todo, planea sobre las casas, discurre por las calles y marcha por ellas desmenuzando las piedras y olvidando a los hombres que posan sobre tablas y jergones. Eloísa y yo descubrimos pronto los ardides de amor: los ribazos, los peligros, los sortilegios  y cuidados de las  puertas entornadas, entablillamos entre nosotros el secreto y la lealtad. Ahora sé que hubimos de entrar en todo de repente porque no sólo se nos hizo brutal sino urgentemente necesario.

Y enseguida, al terminar el verano, incluso antes creo, ambas familias nos habíamos marchamos. A la busca de otro tiempo íbamos, a la de días que contuvieran ratos de vida exactos y decentes, a luchar, a comprobar con hechos concretos la redención real de Cristo. Este y Oeste, zonas francas, ciudades industriosas, Seguridad Social, horas extraordinarias, pisos donde vivir y escuelas, el humo de la ciudad… No quisimos marcharnos a Alemania ni a Bélgica. Tampoco en casa de Eloísa.

Y ya, sin ella, no sé cuántos días, semanas o meses, las esquirlas y cuchillos del tiempo estuvieron apareciéndoseme por las esquinas, saliéndome de frente desde detrás de las puertas y en las oscuridades de las noches para diseccionarme las manos y la memoria. No pude encontrar a los quince años medida alguna de mar ni meridiano que me permitiera clasificar y discernir con exactitud este tiempo de horror, esta pausa sin pausa que me llevaba, que me arrancaba materialmente ahora y luego una vena, dos latidos, y al final un reguero insaciable de calor. Me estaba muriendo. ¿ Será cierto que por inanición todo se muere ? … aunque tal vez en el corazón y la mente quede una nebulosa con que ir atemperando la vida y alejándola de quien fuimos, para quizá ofrecernos una estructura con la que poder obtener una nueva, diferentes y definitiva realidad, pues así era yo y así era en mí.

He trabajado cuarenta años en un almacén de materiales de construcción y a veces me pregunto…

[Era un verano en que podía verse la tierra reseca y desasida, calcinada, como si de un momento a otro fuera a convertirse en polvo. Sólo allá, a lo lejos, bajando y bajando por torrenteras y ribazos encontrábamos el río y arrancábamos la tos al mojarnos la aridez y desaparecer de nosotros, pues nos subía el frescor por las pantorrillas arriba y se nos inoculaba en el sexo y gritábamos y temblábamos hasta aspirar con fuerza y placidez el vaho que nos salía del cuerpo como una resurrección conocida.

Por los flujos suaves de las corrientes, al sosiego de las orillas cubiertas por sombras de támaras, sobre la hierba viva de los humedales, nos amamos. Al susurro y balanceo del agua yo la cogía por los hombros y Eloísa reposaba sobre mi cuerpo con los brazos en cruz, mientras le recorría los pechos cual si de lunas crecientes se tratara. Salíamos y, tirados sobre la tierra, la cubríamos totalmente con los brazos abiertos, la ocupábamos. Tales éramos en el amor y en sus pocos días, cuando en el suelo, y resbalando uno sobre el otro, decíamos ver la felicidad y la señalábamos y la seguíamos con el dedo mirando a lo alto y a lo azul hasta perderla por el horizonte, allí, donde se detenían con un tiemblo de locura y pasmo nuestros cuerpos y el mundo.

Para amarnos aprovechábamos la siesta, ese rato incontenible en que el sueño se adentra en lo que existe y, deteniéndolo todo, planea sobre las casas, discurre por las calles y marcha por ellas desmenuzando las piedras y olvidando a los hombres que posan sobre tablas y jergones. Eloísa y yo descubrimos pronto los ardides de amor: los ribazos, los peligros, los sortilegios  y cuidados de las  puertas entornadas, entablillamos entre nosotros el secreto y la lealtad. Ahora sé que hubimos de entrar en todo de repente porque no sólo se nos hizo brutal sino urgentemente necesario.

Y enseguida, al terminar el verano, incluso antes creo, ambas familias nos habíamos marchamos. A la busca de otro tiempo íbamos, a la de días que contuvieran ratos de vida exactos y decentes, a luchar, a comprobar con hechos concretos la redención real de Cristo. Este y Oeste, zonas francas, ciudades industriosas, Seguridad Social, horas extraordinarias, pisos donde vivir y escuelas, el humo de la ciudad… No quisimos marcharnos a Alemania ni a Bélgica. Tampoco en casa de Eloísa.

Y ya, sin ella, no sé cuántos días, semanas o meses, las esquirlas y cuchillos del tiempo estuvieron apareciéndoseme por las esquinas, saliéndome de frente desde detrás de las puertas y en las oscuridades de las noches para diseccionarme las manos y la memoria. No pude encontrar a los quince años medida alguna de mar ni meridiano que me permitiera clasificar y discernir con exactitud este tiempo de horror, esta pausa sin pausa que me llevaba, que me arrancaba materialmente ahora y luego una vena, dos latidos, y al final un reguero insaciable de calor. Me estaba muriendo. ¿ Será cierto que por inanición todo se muere ? … aunque tal vez en el corazón y la mente quede una nebulosa con que ir atemperando la vida y alejándola de quien fuimos, para quizá ofrecernos una estructura con la que poder obtener una nueva, diferentes y definitiva realidad, pues así era yo y así era en mí. He trabajado cuarenta años en un almacén de materiales de construcción y a veces me pregunto…]

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