CURRENT POETRY – POESÍA ACTUAL – SIGLOS XX-XXI: Orión de Panthoseas ®

El triunfador

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Lee a continuación un extracto de este relato:
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Joaquinita permanecía virgen. Cuando recién llegados a la capital el marido le dijo que él no era de venir todos los días a comer a casa, y así fue, durante mucho tiempo Joaquinita cruzó mano sobre mano en una esquina de la cocina y no se atrevía a moverse de allí. Apenas comía y pasaba hambre, olía mal y miraba de reojo y con resentimiento cómo Mauricio – cuando aparecía – comía cecina y aquel par de huevos casi siempre reventados con pan duro que ella le servía junto a un vasito raquítico de vino, a pesar de esmerarse y hacérselo presentable.

Pero, una de estas veces, en que Mauricio se acordó sin respeto de las deidades del cielo, y revueltas y enseñando los dientes las nombró una a una, estiró la mano, lanzó a Joaquina de un sornavirón contra la pared de enfrente y, luego, cogiéndola de la muñeca, tiró de ella y la llevó sin mirarla y medio a rastras hasta el colegio de monjas en que había estudiado cuando parecía un ángel. Al llegar le dijo a la superiora apuntando a su esposa con rabia y gesto de desprecio “esto no me sirve pa ná”, y luego, mirándola a los ojos, le dijo amenazador con el dedo índice y en alto “y mientras no valgas pa ser de tu casa, ni se te ocurra aparecer ¿ me has oído ?”. Y le repitió con los dientes apretados ¿ me has oído ? Y dándose la vuelta se marchó y la dejó allí.

Diez meses estuvo Joaquina con las monjas. Le asignaron una habitacioncita que daba a un patio interior con huerto y Mauricio solía darse una vuelta algún domingo por la mañana a ver qué pasaba y cómo iba. Joaquina lloraba al principio al verlo llegar y también cuando se marchaba. Cruzaba entonces los brazos, bajaba la cabeza, y con la moquina cayéndole sobre las mangas de un babi azul de cuadros, pasaba un rato enorme gimiendo y diciéndose a sí misma cosas incoherentes y oscuras acerca de la desolación y el odio, hasta que alguien abría y cerraba la puerta de al lado y el golpe la sobresaltaba, se hacía consciente y volvía en sí entonces y al mundo con un secreto deseo de venganza.

Veinte años estuvo Joaquina en estricto silencio haciéndole la comida a Mauricio y sirviéndosela de acuerdo con los protocolos y cánones aprendidos con las monjas. Cuando llegó el progreso y se cambiaron a La Mansión de Hierro…,

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[Había, pues, visto venir a Joaquinita como ella solía hacerlo, sin precaverse de nada, mientras se acercaba al portalón abierto de par en par del almacén chatarrero. Hacía mucho rato que “El Tuerto” y “Manivelas”, tras descargar los trapos y hierros del día, ajustar kilos y precios y pagarlos, y darle y darle a la charla y uno detrás del otro, habían salido al huerto, situado en la parte de atrás, en busca de unas manadas de cebollino que Ermelinda preparaba para que se los llevara “Manivelas”. Puesto que era la hora de comer se había ido del almacén el criado Pedro “ Garduño”, y allá afuera, a la sombra de un árbol, uncido el burro al carro y atado de ramal a un palo de la luz, Mauricio se entretenía en colgar de la cabeza del animal un saco con paja y cebada, haciendo tiempo mientras su padre volvía.

De aquí que, cuando Joaquina llegó y se detuvo ante el quicio de la puerta quitándose lentamente el sol con la mano y mirando hacia dentro y volviéndose después hacia Mauricio, éste, inenarrablemente hipnotizado, sucumbió a la sonrisa de la muchacha cuando ésta, con voz desgarbada y como si no lo conociera de nada, le dijo “ muy buenas tenga usted…” . Más aún, vio cómo tras volver a fijarse en él entre la misma puerta ( ese instante de brutal ofuscamiento pasional y promotor de las mayores catástrofes del mundo) se perdía por el hueco del edificio para adentrarse portalón adentro.

En el hijo chatarrero se produjo una tormenta de sangre cual si hubiese sido un estallido inédito del mundo, por lo que se acercó de inmediato y con sigilo por el lateral de la puerta, introdujo la cabeza y se cercioró de que ella seguía por el pasillo central adelante; la vio luego detenerse y torcer a la izquierda, justamente a la altura del tenado donde sabía que se atestaban los trapos más viejos del negocio. Como una exhalación penetró en el edificio y, trasteando, a hurtadillas, corrió de un lado a otro y de hueco en hueco, siguiéndola. Al llegar al tenado y mirar para arriba, la descubrió en el precio instante en que acometía los últimos peldaños de la escalera de mano, por lo que no pudo menos de verle sus muslos blanquísimos y unas bragas de encajes con volantes. Sintió que se le prendía el corazón, que se le ponía erecto el pene y que le retumbaban las sienes con fuerza demoledora. Sudaba y se asfixiaba. Con los ojos inyectados en deseo y con el sexo extraviado por la exaltación, apoyó la espalda contra la pared. A punto de eyacular y con el aliento reprimido como si le fuera a estallar, escuchó. Nadie, no se oía a nadie. ¿ Lo estaría esperando ? se preguntó como en un relámpago. Este pensamiento y la posibilidad de que así fuera lo exaltó más aún. En medio del éxtasis, un picor le atravesó la garganta y le corrió por el cuello y los brazos hasta hincharle las venas. Miró para arriba dos o tres veces con un respiración de  lobo y fuera de sí. Movió las manos y dudó, pero al final pensó que tenía que subir sin remedio, por lo que comenzó a ascender con la sutileza de un gato dispuesto al salto escalera arriba. Miraba a lo alto no siendo que Joaquina lo oyera o que pudiera volver y lo estropeara todo. Ya, arriba, y sin hacer el más mínimo ruido, fue acercándose por un estrechísimo y mugriento pasillo lleno de trapos empacados y apilados a ambos lados. Por entre una abertura estiró el cuello y logró verla. Estaba en una especie de hondonada, tendida y con aire desmadejado, como si hubiera elegido aquel lugar a propósito para la ocasión. Con rapidez miró para atrás y para delante de forma simultánea y agresiva y enseguida a un lado y otro, y, ya, anulada la razón e imposible de detenerse, buscó desde donde estaba la dirección justa y, tomando impulso con todas sus fuerzas, saltó en el aire.]

Había, pues, visto venir a Joaquinita como ella solía hacerlo, sin precaverse de nada, mientras se acercaba al portalón abierto de par en par del almacén chatarrero. Hacía mucho rato que “El Tuerto” y “Manivelas”, tras descargar los trapos y hierros del día, ajustar kilos y precios y pagarlos, y darle y darle a la charla y uno detrás del otro, habían salido al huerto, situado en la parte de atrás, en busca de unas manadas de cebollino que Ermelinda preparaba para que se los llevara “Manivelas”. Puesto que era la hora de comer se había ido del almacén el criado Pedro “ Garduño”, y allá afuera, a la sombra de un árbol, uncido el burro al carro y atado de ramal a un palo de la luz, Mauricio se entretenía en colgar de la cabeza del animal un saco con paja y cebada, haciendo tiempo mientras su padre volvía.
De aquí que, cuando Joaquina llegó y se detuvo ante el quicio de la puerta quitándose lentamente el sol con la mano y mirando hacia dentro y volviéndose después hacia Mauricio, éste, inenarrablemente hipnotizado, sucumbió a la sonrisa de la muchacha cuando ésta, con voz desgarbada y como si no lo conociera de nada, le dijo “ muy buenas tenga usted…” . Más aún, vio cómo tras volver a fijarse en él entre la misma puerta ( ese instante de brutal ofuscamiento pasional y promotor de las mayores catástrofes del mundo) se perdía por el hueco del edificio para adentrarse portalón adentro.
En el hijo chatarrero se produjo una tormenta de sangre cual si hubiese sido un estallido inédito del mundo, por lo que se acercó de inmediato y con sigilo por el lateral de la puerta, introdujo la cabeza y se cercioró de que ella seguía por el pasillo central adelante; la vio luego detenerse y torcer a la izquierda, justamente a la altura del tenado donde sabía que se atestaban los trapos más viejos del negocio. Como una exhalación penetró en el edificio y, trasteando, a hurtadillas, corrió de un lado a otro y de hueco en hueco, siguiéndola. Al llegar al tenado y mirar para arriba, la descubrió en el precio instante en que acometía los últimos peldaños de la escalera de mano, por lo que no pudo menos de verle sus muslos blanquísimos y unas bragas de encajes con volantes. Sintió que se le prendía el corazón, que se le ponía erecto el pene y que le retumbaban las sienes con fuerza demoledora. Sudaba y se asfixiaba. Con los ojos inyectados en deseo y con el sexo extraviado por la exaltación, apoyó la espalda contra la pared. A punto de eyacular y con el aliento reprimido como si le fuera a estallar, escuchó. Nadie, no se oía a nadie. ¿ Lo estaría esperando ? se preguntó como en un relámpago. Este pensamiento y la posibilidad de que así fuera lo exaltó más aún. En medio del éxtasis, un picor le atravesó la garganta y le corrió por el cuello y los brazos hasta hincharle las venas. Miró para arriba dos o tres veces con un respiración de  lobo y fuera de sí. Movió las manos y dudó, pero al final pensó que tenía que subir sin remedio, por lo que comenzó a ascender con la sutileza de un gato dispuesto al salto escalera arriba. Miraba a lo alto no siendo que Joaquina lo oyera o que pudiera volver y lo estropeara todo. Ya, arriba, y sin hacer el más mínimo ruido, fue acercándose por un estrechísimo y mugriento pasillo lleno de trapos empacados y apilados a ambos lados. Por entre una abertura estiró el cuello y logró verla. Estaba en una especie de hondonada, tendida y con aire desmadejado, como si hubiera elegido aquel lugar a propósito para la ocasión. Con rapidez miró para atrás y para delante de forma simultánea y agresiva y enseguida a un lado y otro, y, ya, anulada la razón e imposible de detenerse, buscó desde donde estaba la dirección justa y, tomando impulso con todas sus fuerzas, saltó en el aire.

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