CURRENT POETRY – POESÍA ACTUAL – SIGLOS XX-XXI: Orión de Panthoseas ®

El incidente

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Lee a continuación un extracto de este relato:

Entonces, y en la clariaudiencia perfecta que proporciona la daga del silencio, fue  cuando empezó a repasar la frase en cuestión y a repetírsela, continuó después a manosearla con el sudor untuoso de la memoria y a desmenuzar con lentitud sus palabras una a una, a cambiarlas de lugar, a combinarlas, y luego a dotarlas de nuevas significaciones, otros alcances, en definitiva otros derroteros, por lo que sobre la almohada acabó abriéndosele una noria en la que la mente comenzó a rodarle y a rodarle sin capacidad ni fuerzas  para detenerla. No obstante, y en un último ajuste frente a la realidad, en medio de la angustia, creyó descubrir algún  momento en que todo le pareció un absurdo, un malentendido, una ridiculez sin más, conclusiones con que a toda costa pretendía alejarse de sí misma y apaciguarse; por tanto, a los tres segundos, cuando bajo semejante empeño creía poder ya dormirse y olvidarse, por el más insospechado resquicio la asaltaba y sobrevenía una pequeñísima duda, o una insignificante, levísima y nimia pregunta a la que sin embargo, con estricta urgencia, debía y necesitaba contestarla para poder dormir y descansar al fin. Y aunque esto fuese así, a  continuación, y ya en el frontispicio donde engarzan la vigilia y el sueño, tampoco podía evitar la añagaza con que de repente parecían emerger ideas atolondradas y peregrinas con sus consiguientes contradicciones y desconfianzas, torbellinos inmundos que podrían acarrear calamidades sin fin. No pudiendo conciliar el sueño, y en busca de coherencia y apoyo para su tesis, se le ocurrió repasar el comportamiento último de su marido y, al hacerlo, se convenció inmediatamente que todo empezaba a comprenderlo, pues atando cabos sueltos podía ver ahora con claridad al mosquita muerta, al Ernestito amable y complaciente que siempre había logrado aparentar ser, pero que seguro, seguro que tenía algún lío de órdago o que, en todo caso, con seguridad total, si no lo tenía estaría a punto de tenerlo. Si no, por qué decirle lo que le dijo. Sí, ahora, ahora lo veía con nitidez: lo habría dicho aprovechando el momento propicio para compensar con ella lo que tuviera oculto; así, de este modo y dándoselo a entender, se lo pasaría por alto sin rechistar; claro, claro – volvió a decirse –  es listo, vaya que es listo el gachó ¿ eh ? vaya tío éste, vaya, vaya… Y al pensarlo se hizo consciente de que por primera vez trataba a su marido como a alguien ajeno y de forma despectiva, pero de cualquier manera no le disgustó, pues concluyó de inmediato: mira cómo después de tantos años y tanto trajín, el muy maricón me la está dando, y luego viene aquí exigiendo…, vaya, vaya… Entonces, al apretar los dientes, en ese preciso instante, le pareció que su marido se encontrara lejísimos, como si en realidad se hallase fuera de la cama, momento en el que, a pesar de tantas y tan trepidantes sensaciones, el dolor de cabeza parecía tender por fin a remitirle.
… y, evidentemente, inerte y colocado sobre el mismo borde del somier y el colchón, Ernesto, dados su quietud y silencio, semejaba haberse convertido en piedra y no respirar. Sentía cómo lo cercaba el vacío que existía en el centro de la cama, pero también imaginaba el borde en el que se hallaba como si fuera un terraplén, un último risco por donde tal vez pudiera despeñarse y luego rodar y rodar sin saber hacia dónde y ni si podría parar o no. Todo le era advenedizo, sin consonancia y extraño. Había quedado huérfano a los cuatro años, y ahora, al recordar con claridad la cara de su madre, lo recorrió un escalofrío con el que, sin querer, hizo temblar la cama, pero se sobrepuso al propio sinsabor y optó por abandonarse a la búsqueda exclusiva de la causa de su tremenda y reciente infelicidad. Tal vez  – se dijo – el hecho de que esta hiena de al lado se quedara quieta y bajara los ojos al pasar por delante aquel pájaro, fuera porque, en aquél mismo momento, no se atrevió a marcharse con él sin más, si no, a lo mejor, dónde estaría… Y se propuso esta idea varias veces y todas ellas se lo confirmaron, por lo que enseguida, y por si acaso, dio rienda suelta a cálculos infinitos acerca de las posibilidades del tiempo que llevarían en el asunto, pasó luego acerca del cuándo, del cómo y dónde, para después y a continuación ratificarse un sinfín de veces más en algo que lo conducía ineludiblemente al desengaño, al naufragio absoluto y a la fatalidad irreversible de la vida.

[Entonces, y en la clariaudiencia perfecta que proporciona la daga del silencio, fue  cuando empezó a repasar la frase en cuestión y a repetírsela, continuó después a manosearla con el sudor untuoso de la memoria y a desmenuzar con lentitud sus palabras una a una, a cambiarlas de lugar, a combinarlas, y luego a dotarlas de nuevas significaciones, otros alcances, en definitiva otros derroteros, por lo que sobre la almohada acabó abriéndosele una noria en la que la mente comenzó a rodarle y a rodarle sin capacidad ni fuerzas  para detenerla. No obstante, y en un último ajuste frente a la realidad, en medio de la angustia, creyó descubrir algún  momento en que todo le pareció un absurdo, un malentendido, una ridiculez sin más, conclusiones con que a toda costa pretendía alejarse de sí misma y apaciguarse; por tanto, a los tres segundos, cuando bajo semejante empeño creía poder ya dormirse y olvidarse, por el más insospechado resquicio la asaltaba y sobrevenía una pequeñísima duda, o una insignificante, levísima y nimia pregunta a la que sin embargo, con estricta urgencia, debía y necesitaba contestarla para poder dormir y descansar al fin. Y aunque esto fuese así, a  continuación, y ya en el frontispicio donde engarzan la vigilia y el sueño, tampoco podía evitar la añagaza con que de repente parecían emerger ideas atolondradas y peregrinas con sus consiguientes contradicciones y desconfianzas, torbellinos inmundos que podrían acarrear calamidades sin fin. No pudiendo conciliar el sueño, y en busca de coherencia y apoyo para su tesis, se le ocurrió repasar el comportamiento último de su marido y, al hacerlo, se convenció inmediatamente que todo empezaba a comprenderlo, pues atando cabos sueltos podía ver ahora con claridad al mosquita muerta, al Ernestito amable y complaciente que siempre había logrado aparentar ser, pero que seguro, seguro que tenía algún lío de órdago o que, en todo caso, con seguridad total, si no lo tenía estaría a punto de tenerlo. Si no, por qué decirle lo que le dijo. Sí, ahora, ahora lo veía con nitidez: lo habría dicho aprovechando el momento propicio para compensar con ella lo que tuviera oculto; así, de este modo y dándoselo a entender, se lo pasaría por alto sin rechistar; claro, claro – volvió a decirse –  es listo, vaya que es listo el gachó ¿ eh ? vaya tío éste, vaya, vaya… Y al pensarlo se hizo consciente de que por primera vez trataba a su marido como a alguien ajeno y de forma despectiva, pero de cualquier manera no le disgustó, pues concluyó de inmediato: mira cómo después de tantos años y tanto trajín, el muy maricón me la está dando, y luego viene aquí exigiendo…, vaya, vaya… Entonces, al apretar los dientes, en ese preciso instante, le pareció que su marido se encontrara lejísimos, como si en realidad se hallase fuera de la cama, momento en el que, a pesar de tantas y tan trepidantes sensaciones, el dolor de cabeza parecía tender por fin a remitirle.

… y, evidentemente, inerte y colocado sobre el mismo borde del somier y el colchón, Ernesto, dados su quietud y silencio, semejaba haberse convertido en piedra y no respirar. Sentía cómo lo cercaba el vacío que existía en el centro de la cama, pero también imaginaba el borde en el que se hallaba como si fuera un terraplén, un último risco por donde tal vez pudiera despeñarse y luego rodar y rodar sin saber hacia dónde y ni si podría parar o no. Todo le era advenedizo, sin consonancia y extraño. Había quedado huérfano a los cuatro años, y ahora, al recordar con claridad la cara de su madre, lo recorrió un escalofrío con el que, sin querer, hizo temblar la cama, pero se sobrepuso al propio sinsabor y optó por abandonarse a la búsqueda exclusiva de la causa de su tremenda y reciente infelicidad. Tal vez  – se dijo – el hecho de que esta hiena de al lado se quedara quieta y bajara los ojos al pasar por delante aquel pájaro, fuera porque, en aquél mismo momento, no se atrevió a marcharse con él sin más, si no, a lo mejor, dónde estaría… Y se propuso esta idea varias veces y todas ellas se lo confirmaron, por lo que enseguida, y por si acaso, dio rienda suelta a cálculos infinitos acerca de las posibilidades del tiempo que llevarían en el asunto, pasó luego acerca del cuándo, del cómo y dónde, para después y a continuación ratificarse un sinfín de veces más en algo que lo conducía ineludiblemente al desengaño, al naufragio absoluto y a la fatalidad irreversible de la vida.]

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