CURRENT POETRY – POESÍA ACTUAL – SIGLOS XX-XXI: Orión de Panthoseas ®

De los cambios ignacianos

Cuando las cosas van bien – por ejemplo, en política – ¿ es un engaño hacer cambios porque la gente admite mejor cualquier modificación, puesto que el status de ir bien las cosas permite a aquella una mayor confianza en sus dirigentes ?

¿ Y, si estando las cosas bien, no pueden los cambios efectuados llegar a poner las cosas mal ? ¿ o depende esto del grado de modificación, es decir, del quántum y profundad del cambio introducido ?

… porque, evidentemente, cuando las cosas van mal (supongamos ahora una empresa) es porque necesita de cambios, bien de estructura, de número, de esfuerzo, de enfoque… etc. Luego, en este caso, y en este momento ¿ no parecería obligado y lógico llevarlos a cabo, pues de lo contrario las cosas podrían continuar mal y empeorar indefinidamente, cual si Ley de Murphy ?( a no ser que se pueda creer que “llueve fuera” y dentro debe resistirse hasta que “escampe” y luego seguir, hasta recuperar la normal y buena marcha de las cosas)
… y ¿ hacer cambios, yendo bien, permitirá seguir bien a través del tiempo ? Naturalmente, se trataría de cambios adecuados, de los únicamente precisos según naturaleza y finalidad de las cosas.

En cambio, cuando las cosas van mal, rápidamente debemos apresurarnos a observar a) si van mal por “influencia” exterior e inevitable; b) si es por defecto interior y, por tanto, inherente a su propia naturaleza y estructura.

En el primer caso, a) quizá deba resistirse, es decir, no “hacer mudanza” y esperar y esperar a que realmente escampe. A no ser que, de cara al futuro, los cambios exteriores sean poderosos e incompatibles con los interiores posibles que éstos hayan de prevalecer, por lo que, de forma necesaria obligaría a introducir los correspondientes cambios internos.
En el b) – defecto interno – parece evidente que lo aconsejable es corregir, adecuar lo necesario para que las cosas recuperen su ir bien, pues, si los cambios no se llevaran a cabo, las cosas podrían ir incluso mucho peor y degradarse ininterrumpidamente hasta alcanzar el status de obsolescencia perfecta y concluir en la misma desaparición.

Si la “desolación” lo fuera por influencia exterior y a la vez por defecto interno – siendo ambos aspectos incompatibles – parece resultar obvio que, tocante a la mera posiblidad de resistencia, por un lado – respecto a lo interno – habría que cambiar; y respecto al externo, resistir.

Y podría ocurrir que el contexto exterior fuera no sólo contradictorio con el esquema interno, sino más fuerte que él. En semejante supuesto ¿ qué habría que hacer ? Pues bien, cuando pactar exige o significa destrucción de principios para no desaparecer, el predicado aconseja no pactar. Por lo que en consecuencia, se nos está reclamando una inhibición máxima, o sea, entrar en un estado de latencia acaso extenuante, un resistir bajo mínimos y en ocasiones a ultranza. Sostener una actividad en tales condiciones requiere, al menos, un mínimo de actividad, aunque sea interior.

Así, pues, en función de la máxima ignaciana, la conclusión que parece deducirse de todo lo anterior, no puede ser efectivamente otra que la de que, sólo llevando a cabo los cambios oportunos de forma gradual y sistemática a lo largo del tiempo, sería como se daría lugar a que la estructura pudiera renovarse y actualizarse, tocante a las necesidades internas como a las externas; por lo que, acometiendo aquéllos en momentos de bonanza, la desolación dependiente de nosotros mismos no puede acontecer o no habría de serlo de forma tan intensa. Y si dependiera del exterior, el consejo consistiría en no hacer mudanza en este tiempo de desventura, de modo que uno pueda mantenerse o incluso ganar, que sería tanto como mantenerse en el poder si de poder se tratara.

… porque, si no se renovara y actualizaran las estructuras – o bien no se utilizaran de manera adecuada los instrumentos de que se disponen – la ley del ciclo traería inexorablemente el desgaste de fuerza, el cansancio, la fatiga, ocasionando roces en y por el trabajo, produciría esquirlas, deterioro, y se aceleraría la entropía (ya mental y orgánica o inorgánica) convirtiendo en inútil la totalidad de la estructura sometida a examen.
Por tanto, la renovación constante – periódica o no – debería venir a superar la misma ley del ciclo y hacer permanecer la estructura y su finalidad en su máxima proporción de utilidad o vida. Pero la renovación voluntaria y constante – que también puede provenir de norma legal – exige, sobre todo la primera – un altísimo grado de conciencia, decisión y actividad práctica, puesto que mientras las cosas funcionan simulan funcionar, inexorablemente tendemos a permanecer en estado de “dejar hacer o dejar seguir”.

En cambio, la estructura, de acuerdo con el ciclo, se pone en movimiento con toda su fuerza o impulso, por lo que paulatinamente es sometida a un desgaste irremediable, o mismamente se rompe por el abuso o insistencia de sobrefuerzas, hasta que se detiene porque se ha convertido absolutamente en inservible.
La estructura, en consecuencia, – al igual que cualquier máquina o producto de la naturaleza – debe descansar, reponerse, tomar energía y acumularla, recabar nuevo impulso y disponerse para acometer otro ciclo de actividad hasta agotar, poco a poco, de nuevo, el impulso recuperado.

APOSTILLA ÚLTIMA: ¿ por qué hacer cambios cuando las cosas van bien, sí, puesto que las cosas marchan… ?
… pues porque, de otro modo, con la ley del ciclo estaríamos actuando y caminando hacia la exterminación, la aniquilación, inevitablemente caminaríamos hacia el desgaste definitivo y, por tanto, a un tiempo de desolación proveniente del propio contexto interno de la estructura, el cual se encuentra bajo nuestra observación, responsabilidad y cuidado.

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