CURRENT POETRY – POESÍA ACTUAL – SIGLOS XX-XXI: Orión de Panthoseas ®

Impaia

Lee a continuación un extracto de la novela:

PRIMERA PARTE


[… tal llegó a ser la sucesión y monotonía de las cosas, que hubo un tiempo en el que llegó a dudarse de que más allá de lo conocido tuviera continuación el mundo;
así vino a suceder en Gerome, en el país de Impaia]

I


… un día, pues que disponía de tiempo ilimitado para dedicarse tanto a la holganza como a meditar acerca de los muchos designios y consecuencias de este mundo, y con anhelo de convertirse – ¡ por qué yo no ! se dijo – en artífice de modernos e increíbles descubrimientos, de forma irrefrenable Joaquín “El Seco” decidió emprender viaje a las ignotas lindes de su pueblo con Milagros en busca de la supuesta y temida tribu de los orcones. Rentista de cuarenta años y soltero a ultranza, al igual que había leído de muchacho lo que sucediera al hidalgo don Quijote en los libros de lectura de la escuela, tampoco él había logrado sacudirse de tardíos y arrebatados ardores con que afrontar alguna arriesgada empresa y cosechar con ella fama y nombradía, aureola que, aunque apenas alcanzase a su pueblo y unas pocas leguas más en la comarca, llegó a constituir sin embargo algo determinante para acabar de poseerlo y subyugarlo. Por consiguiente, cogió la vieja y enorme maleta de cartón que había traído su tío cuando regresó del servicio militar de África, la llenó de baratijas y menudencias de toda forma, color y condición que halló por casa, y se dijo a sí mismo que inmediatamente partía hacia La Quebrada a descubrir a los orcones, a luchar contra aquellos monstruos o ánimas desencarnadas de que siempre habían dado santo y seña los viejos, los vestigios conocidos y las coplas de la tradición. Dijo luego a unos y otros que esperaba enviar noticias, o volver con bien y a salvo para contar los entresijos de aquel misterio si es que había algún misterio que desvelar, pues que, si en realidad quedaban orcones y los pobres andaban con frío como los indios de antaño – afirmó – bien merecían, dijo, no quedar así, que para eso había leído tantas veces los viajes de Colón y estaba más que dispuesto a encontrarlos, redimirlos y él mismo salvarlos por toda la eternidad.
… y por más que se opuso su madre, la tiá María, llorando e implorándole días y noches enteras cuando lo supo, por más rosarios y oraciones resolutivas que pudo repetir a todo santo disponible y por persignaciones que hizo, no hubo manera. Eso sí, para calmar las reticencias de don Gregorio el párroco, aceptó Joaquín “El Seco” una cruz consagrada de potentes y rápidos efectos – le dijo por lo bajo el cura – contra caníbales e infieles; le dio un óleo santo para exorcizar o poner a salvo el alma al menos, y, por último, entre el cuerpo y la chaqueta, le introdujo un libro previamente bendecido conteniendo oraciones, letanías y salmos apropiados para cada hora y ocasión, con los que podría poner en el ánima de los orcones – si es que los encontraba y tenían alma, que quién sabía, le arguyó entre dientes – la palabra y la gracia de Dios de parte del siervo y esclavo del Señor que lo era don Gregorio, el siempre humildísimo párroco de Gerome. El cura, habiendo observado que “El Seco” se pasaba horas, días y años volteando mozas mientras hacía muebles diminutos, los cuales construía con precisión milimétrica con la punta de la navaja en aquel huertín que heredó de su padre y en que criaba palomas mensajeras, allá abajo, junto al río   –   al que iba con su burrina blanca, Santa se llamaba, y que cuando se montaba tenía que encoger las piernas para no arrastrarlas por el suelo – no puso demasiados impedimentos cuando le confió sus tenebrosos y estrafalarios afanes. Cierto es que  le dijo que no fuera a creerse un Colón de verdad o un misionero como los de China o África, que ir tan lejos era como si fueran a otro planeta o a otro mundo, y que en cambio los orcones, de estar, estarían a sólo cuatro palmos de allí mismo y nada más.
Era el día de Ramos y a media mañana. Después de la salida de misa, en la que se había repartido a cada cual un ramo de olivo, cogió Joaquín “El Seco” a Santa – su diminuta burra – le puso la albarda, le colocó la baticola en su sitio y le apretó bien la cincha, puso encima las alforjas, las cuales le sobresalían por ambos flancos hasta casi tocar el suelo, besó a la tiá María, que no cesaba de pronosticar insidias y desgracias, se montó, y, con una jaulita de palomas mensajeras sobre la maleta de cartón que llevaba entre los brazos y apoyada en la albarda, más el ramo de olivo que le habían dado en ristre, decidido y a buen paso partió con la orientación precisa para, sin grandes desatinos ni desvaríos – decía a todo el mundo – dar con La Quebrada y en su caso con los orcones antes de que declinara el sol y se metiera por detrás de los tesos que desde cualquier parte podían verse a lo lejos.
Por Pascua, los días en Gerome se iluminan, son días que suelen verse venir y levantarse espléndidos desde casi el alba, desde muy temprano. Como una hoguera descomunal, amarilla y redonda, a medida que aparece va estallando el sol por entre los plantíos, penetra y colorea con mil tonalidades los árboles, incendia y sube por las orillas y corrientes del río. Nadie diría que en este paraje que congrega Gerome, al cual siguen prados y otros plantíos y ríos de extraordinaria belleza, el tiempo se hubiera detenido y cerrado el acceso al mundo, como si únicamente dispusiera de una sola dirección y diera vueltas y más vueltas, y poco a poco fuera adhiriéndose y depositando en cosas y personas tradición exacta y mortal, mortal e imperecedera. De paso a ninguna parte, salvo levas para guerras y milis por decreto, en Gerome seguía sin suceder nada extraordinario: ni crímenes pasionales, ni terremotos, ni muertes repentinas o alevosas, nada, sólo el mismo tiempo yendo y viniendo, pasando, esperando a todos con todos dentro, y sabiendo cada día y año con exactitud demoledora cómo y a qué venían.
Muy pocas personas administraban esta existencia circular. Sólo, y de vez en cuando, don Gaspar el herrero y don Gregorio el cura disponían de oficio para la discusión. En otro grado participaban don Graciano el sargento, de tarde en tarde los Camisas Azules y Fabián el alcalde, si bien, éstos, únicamente para un sí o un no y poco más. Tampoco solía oírsele a doña Alfonsina la maestra, tan recatada ella y estricta, siempre tan mayor y tan de negro. Nunca tomaba partido por nadie, por nada. Lo suyo era la escuela y callar, las flores a María en mayo y el rosario como un reloj, puntual. La vida había sido así porque también así había sido antes de la guerra y desde los tiempos del honor. Y todo el mundo sabía, aunque nadie osara comentarlo ni siquiera en privado, que don Gaspar era represaliado político y masón.
……………………
……………………
……………………
Joaquín exigió a los orcones que no se separaran de él. Tenía miedo de que les ocurriera alguna desgracia con los clavos, las ijadas y las tornaderas que se hallaban tiradas y oxidadas por los rincones de la casa. Los cogió del brazo e intentó que entraran en la cocina, pero ellos corriqueaban incansables de un lado a otro tocando las cosas con las manos, arrimando la boca y detectándolas con los labios. Las palpaban una y otra vez, ponían el oído y se sobresaltaban, y al oír gruñir al cochino, levantaron los brazos y abrieron los ojos despavoridos. El mismo Joaquín gozaba con esta curiosidad que parecía traerles a un nuevo nacimiento, como si en ese mismo instante estuviera haciéndoseles presente un nuevo mundo y ellos lo acariciaran  y lo memorizaran para llevárselo.
Mientras comprobaban todo y lo hacían sonar golpeándolo contra las lizades y los tapiales, Amindo había descubierto un espejo roto, colgado de un clavo en un poste del colgadizo y se puso a examinarlo con empeño y, al hacerlo, creyó por un momento que su padre y demás ancestros habían regresado de repente y que todos lo miraban con él por el mismo sitio, y se tocaba con fruición el cuerpo y la cara palpándose y recorriéndose para estar seguro de que estaba allí y de que aún era él. Pero, tanto dudaba, que llegó a hacerse un lío indescriptible entre lo que veía en el espejo y lo que veía dentro de sí mismo. Pensó que con aquella cosa podría obtener mucha, mucha memoria y mucha experiencia y mensajes, pero también, y sobre todo, poder. Volvió a mirarse y vio que le faltaba un trozo de cara por la frente y otro por la oreja. Se removió desasosegado y le dio vuelta, y ahora, aunque los trozos le faltaban por otras partes, se asustó creyendo que a lo mejor sus antecesores pudieran encontrarse enfurecidos y él debiera calmarlos, o tal vez no, y debieran  enfurecerse más, pero que, si ellos eran en definitiva él mismo, debía faltarles también por aquí un ojo y por allí una oreja u otra parte de la cara o de la cabeza… Completamente receloso, terminó llamando a Oceda para que le ayudase a discernir acerca de este ojo mágico del tiempo, del mundo y de la memoria que estaba allí.
A la llamada de Amindo, Oceda dejó caer sin más al suelo la regadera con que Joaquín trataba de indicarle para qué servía y cómo utilizar, dado que no tenía conciencia exacta del cuidado y, muerta de curiosidad fue corriendo a mirar por aquel ojo mágico. Cuando Amindo se lo señaló, y alargando el cuello vio lo mismo que cuando miraba en el agua de los aljibes o en la del reguero, intentó cogerlo del marco de madera que lo sostenía, se cortó un dedo entonces y creyó que la visión le anunciaba sangre y que había ira en el rostro de los antepasados, y que por eso se asomaban a través de aquella cosa que le arrancaba sangre de los dedos.
……………………..
…………………….
…………………….
A las diez y cinco de la mañana del tercer día llegó el juez instructor con el fiscal, el secretario, un oficial del juzgado y un mecanógrafo con manguitos. Rondaría la cincuentena, de mediana estatura, moreno y con entradas, canas por las sienes y bigotito estrecho, finamente recortado. Más que claras, llevaba gafas transparentes y, al mirar, parecía observar desde detrás de algo infranqueable, como desde una lejanía acordada y que utilizara para concentrarse con rapidez, a la vez que con decisión y movimientos escasos e imperceptibles. Todos los gestos los ceñía a una economía escrupulosa: semejaba tocar previamente con la mirada si tenía algo que mirar, como si lo examinara concentradamente y muy de cerca. En sus facciones rígidas, la boca naturalmente cerrada, describía un hilillo sutil y alargado, escasamente apreciable. Sabía en cambio que la autoridad era él, con él y en él. Todos lo percibían y a él mismo le resultaba notoria. El fiscal también era moreno, joven, de nueva hornada. Miraba desde lo alto, con la barbilla levantada, con ampulosidad desafiante. Movía los brazos y las manos con facilidad y tosía, más que por necesidad, por  afán de afirmación a pesar de su elevada y enervante estatura. No había nada más en él.
Pendiente todo Gerome de la llegada del juez, enseguida, con recelo y expectación, dijeron “ya están ahí”, “ya, ya llegaron”. Nadie entendía el edicto que había aparecido el día anterior en el ayuntamiento y paredes de costumbre en el que se decía que hoy comenzarían los interrogatorio en la escuela, que el sumario sería secreto y que, por tanto, a los interrogatorios nadie podría asistir. Una especie de escalofrío y encogimiento los recorrió cuando el mismo mensaje fue dado de viva voz por el alguacil al ponerse el sol. Y cuando todos creyeron que, de no soltarlos, los presos serían llevados como siempre a la cárcel provincial, nadie comentó que fueran a continuar en los calabozos del cuartelillo ni que los interrogatorios fueran a celebrarse en el aula de la escuela. Sabían que desde la tarde anterior varios números de la Guardia se habían dedicado a barrer, a limpiar y ordenar la escuela a estos efectos. Y fue asimismo esta mañana cuando se enteraron los firmantes de que las denuncias, excepto el cura, las habían firmado no un día previo a la detención, sino aquél de celebración y fiesta de los años de mando del sargento, cuando don Gregorio les puso el papel sobre la camilla y, una vez firmado, se habían comprometido a defender la patria y la iglesia hasta la muerte. Se ratificaron  por ello en presencia del juez como una piña y estuvieron estirados y altivos, cuasi marciales, cuando repitieron “como ordene siempre su Señoría”, y asimismo don Gregorio, que con sotana estrenada y colgada la cruz nueva a lo largo del pecho, citó a su Eminencia, a su Excelentísima y otras dignidades y oficios civiles y militares, terminando sus intervenciones con “para el bien de Dios y de la Iglesia, así sea por siempre”. Al concluir el acto, a todos en fila, excepto al cura, el juez les participó que en cuanto llegara el abogado de oficio comenzaría la instrucción, la cual, si bien se había decretado secreta, estaría terminada rápidamente dada la claridad del asunto, por lo que el Tribunal Especial tendría a su disposición los autos concluidos y la acusación en su  poder lo antes posible. En consecuencia, se podría celebrar el juicio públicamente sin demora alguna y, a poder ser, en la misma sala de la escuela una vez se habilitase para ello.
……………………….
……………………….
………………………
Cuando el profesor le dijo a Clementino “hijo, estás ya que te caes”, y Clementino abrió repentinamente los ojos y la boca y estiró los dedos de las manos, y volvieron a decirle “ahora mismo a comer y se acabó” y les contestó “si es qué, cosa de poco” y que ya comería en casa cuando volviera, fue cuando el profesor y Alejandro concluyeron que podía hacerlo perfectamente en Casa Paco, a doscientos metros escasos, calle arriba. En la mesita que estaba junto a un cubeto tirado y un tino de pie, una mesita de tablas oscuras con nudos y grietas y sin asentar sobre un suelo de cantos rodados y piedras, de los que  se incrustan a golpe de mazo, puso Paco un poco de asadura frita con cebolla que le había sobrado de ese mismo día y que tenía al frío en la pesquera (se la había mostrado, “pero está de primera”, dijo mirándolos) un trozo de chorizo y dos huevos fritos. Luego le trajo una rebanada de pan galán junto con un tenedor desfigurado, un cuchillo de cocina con holguras y el mango roto, y una pinta de vino en un vasito de vidrio biselado y rayado por el uso, mucho más estrecho en su parte inferior.
Había horchata de chufas, y de pie, al lado del mostrador – mientras Clementino comía – el profesor Laínez le exponía a Alejandro a grandes rasgos los pasos inmediatos que se proponía dar al día siguiente, a fin de evitar cualquier tragedia a los detenidos en Gerome. De todas formas – los dos asintieron – proseguirían estudiando el tema con detalle para examinar con precisión los pros y contras de acuerdo con las sugerencias que don Gaspar señalaba en su carta. Dejaba entrever que temía un desenlace amargo, dado el talante del régimen y la radicalidad del mando en el pueblo.
En menos de veinte minutos terminó de comer Clementino. Tenía la nariz y las mejillas como guindas. La punta de las orejas también. Tras un pequeño eructo involuntario, dudó un momento. Alejandro y el profesor seguían absorbidos en la conversación, por lo que, a medio incorporar, dirigiéndose a Paco, que con frecuencia entraba y salía de la trastienda situada al fondo, le dijo:
.- Maestro, qué se debe aquí…
“Cómo que cuánto ni nada, pero hombre, faltaría más” le reprocharon los acompañantes, concluyendo cuando el profesor le preguntó si un orujito no le vendría bien, que además a Paco se lo mandaban directo de las Rías Bajas y era de primera, a lo que Clementino  conturbado dijo que bueno, y asintió con una sonrisa parca por el mero hecho de aceptar y el arrobo del agradecimiento. Paco le sirvió el orujo en una copita muy pequeña, exigua, pero de peso enorme, y ante la cual, cogiéndola, Clementino pensó que debía hacer como  hacían en Gerome el día de la fiesta con las copas de anís y coñac, y sin más ni más la levantó a la altura de los ojos y, sin verla apenas, dijo salud y la engulló de un trago. Tosió y tosió carraspeando varias veces con los ojos arrasados y desorbitados, no acababa nunca y se le crisparon las manos, se le pusieron más rojas la cara y las orejas, hasta que tartamudeando, y con voz trastabillada, sugirió:
.- Bueno, pues lo que ustedes manden – y se puso de pie tosiendo y restregándose los ojos, como si rabiosamente le picaran y por ello se le pusieran a llorar.
Con impensable celeridad los informes confidenciales emitidos por las oficinas diplomáticas de EE.UU, Francia e Inglaterra, y contrastados entre ellas, no dejaban lugar a la duda: “En el recóndito pueblecito de Gerome, situado a menos de cien kilómetros de la capital del país – se citaban coordenadas exactas – seis personas habían sido últimamente encausadas, al parecer, bajo acusación de atentar contra la religión oficial del Estado y ocasionar graves y consiguientes alteraciones del orden público. Dichas personas son referidas como presuntos astrólogos, videntes, médicos oficiales y otros colaboradores civiles con connotaciones políticas de clara oposición al régimen. Este pueblo ha alcanzado recientemente cierta notoriedad debido a la atracción, incluso internacional – se decía – ejercida por un cuerpo de adivinos, así como por determinados hechos extraños que hacen relación a apología milagrosa. Los acusados se encuentran actualmente detenidos y presos en las dependencias locales de la fuerza de Seguridad y Orden del Estado. En las últimas horas han sido denunciadas, y asimismo acusadas, dos personas más, cuya identidad de momento no ha podido ser contrastada. Por consideraciones de índole política, a la vez que humanitaria, interesa y urge intervenir. Prudencia”.
Así rezaba el extracto que la diplomacia americana hizo llegar a la francesa e inglesa y que éstas dieron por satisfactorio de acuerdo con los datos obrantes en su poder. En el mismo día de conclusión y consulta a sus sedes metropolitanas, Mr. Smith por EE.UU, De Valois por Francia y Mr. Spencer por Inglaterra, se reunieron en la sede del primero con sus respectivos informes previamente confrontados en la mano.
………………….
………………….
………………….
Quiso recordar todo esto y repasarlo, comprender también aquel momento suyo con la nieta de Caporala y su posterior arrebato de celos que, en cualquier caso y, por fortuna, había ido tornándose en un ten con ten soportable y llevadero.
Apretó los párpados como si apretara la soledad. Movió hacia un lado la cabeza, abrió los ojos, y pensó que le gustaría muchísimo oír algo de música.  “Por favor, un poquito de Bach, de Mozart, o Wagner …” – se dijo mentalmente – y estiró los brazos a la vez que bostezaba. Decidió que saldría a la calle a ver si encontraba algún teatro, o lo que fuera, así fuera un cafetucho de mala muerte, donde algún loco despistado le diera por obsequiar con algún trocito de piezas clásicas y poder relajarse un rato. Se metió en el lateral del cuarto, donde se encontraban el chorro de la fuente y el fontón, un espejo colgado en la pared, y la repisa que él mismo había instalado y llena ya de minucias.
A base de la poca de que disponía, se cambió de ropa y se puso la corbata gris y roja, la única que tenía en el ajuar. Desde la puerta de la calle observó que empezaban a menudear los clientes por los burdeles. Se oían voces eufóricas y pequeños canturreos. Era sábado, y los jornales estaban aún calientes en la cabeza y en los bolsillos. Se notaba en aquel escurridizo trasiego de taxis oscuros y coches de punto que llegaban, hacían una parada rápida con sustanciosas propinas – sobre todo si había habido peligro con el estraperlo – y arrancaban con el mayor silencio posible y desaparecían.
Se frotó los ojos con fruición y echó a andar despacio, relajado, sin rumbo fijo, pero orientado hacia la Vía Central. La noche empezaba a hacerse con un tono claro de ceniza seca, y la luna aparecía con un resplandor intenso por detrás de las casas del final de la calle. Iría hasta la zona de espectáculos. Al aproximarse, se dio cuenta de que con qué discreción rutilaban los luminosos de las salas de la noche cara, de la ropa, de las mujeres y las copas caras. Si no hubiera sido por las puertas – de reducidas dimensiones en general, y semiocultas o disfrazadas tras otra primera puerta, o por el par de gorilas que de forma invariable las custodiaban ataviados exquisitamente y sin cejar de tirarse y tirarse para abajo de los puños de camisas como la nieve – nadie sabría que la  dictadura permitía símiles distorsionados, lejanos y ridículos de los grandes y célebres cabarets de París y que allí mismo se encontraban, sumergidos en un ambiente de olisca que podía verse ascender en el aire a través de luminosos rojizos, cuyas letras parecían sugerir tiendas nocturnas donde, los que llegaban, se deslizaban sótano abajo y desaparecían para ir a emerger al día siguiente en Direcciones Generales o en los baños en ciudades señoriales del norte o en calas exclusivas de los mares del sur.
Frente a varios cines en los que daban cintas con alusión a corajes, honores y estirpes nacionales, fue pasando con las manos metidas en los bolsillos. Daban algunas mudas, muy queridas por los amantes del esperpento, la risa fácil y explosiva.
Sobre la fachada del teatro Comendador, en grandes caracteres, un cartel anunciaba la Sinfonía Germánica, de Sáttendic, y debajo, otras piezas y nombres en las que no reparó exactamente. Comprobó la hora y se dio cuenta de que estaría a punto de comenzar el segundo pase. Decidió entrar. Se puso en una pequeña cola, sacó la entrada y se la entregó a un portero, vestido de librea, al tiempo que, al pasar por  el ambigú, un muchacho le hacía entrega de un programa que, distraído y de manera mecánica, dobló y guardó en el bolsillo de la chaqueta mientras se dirigía hacia el proscenio.
Concluía la primera sinfonía. El tiempo había transcurrido con rapidez desmesurada. Acaso porque hacía mucho que no era transportado por la música y revivía un gozo difícil de explicar. Se avergonzaba casi de que esta algarabía que sentía se le trasluciese demasiado al aplaudir y le provocara una emoción desmedida que debía controlar. Recordó a su padre, e hizo esfuerzos por que no le brotasen las lágrimas.
Tras cosechar enormes aplausos y transcurrir el subsiguiente intervalo, con ritmo lento dio dio comienzo la segunda sinfonía. Y poco a poco el ritmo fue creciendo, subiendo, empeñándose. Fue en este momento cuando sutilmente Alejandro Monsalet empezó a removerse en el asiento. ¿ De quién era aquella sinfonía ? – se preguntó frotándose la frente con los dedos,  porque así, de repente, dudaba  – ¿ de quién era, sí … ? Recurrió a los clásicos… pero no, que va … De todas formas estaba seguro que la había oído, o parte, la conocía, “vamos, hombre” – se dijo y se animó para convencerse -. Dado que no conseguía recordarlo decidió sacar del bolsillo y ver la hojita de programa que le habían entregado al entrar. La desdobló nervioso, la acercó, y vio que era su presentación en entreno y que llevaba por título Jericó, sinfonía para orquesta, anónima. ¿ Cómo, Jericó ? – dijo asombrándose entonces, pasándose ya las yemas frías de los dedos con insistencia por encima de la ceja izquierda. ¡ Cómo, cómo ! – repitió -. ¿ Y de autor desconocido… ? ¿ Y Jericó… ? No puede ser. Cómo va a ser … – y, oyéndola se puso a meditar y a temblar de forma perceptible. Intentó calmarse. Se recogió la tensión con esfuerzo porque la sinfonía se estaba desarrollando con altura y majestad inigualables y portentosas. En determinados instantes los músicos semejaban no sostener en el aire los instrumentos, parecía que se elevaran por sí mismos y que los alcanzaran y tañeran entonces con levedad, luego con fuerza e invitando a la fuga, luego al rapto, a la subyugación absoluta cuando estallaba triunfante la belleza del mundo, o por contra y, de repente, se quebraban, y los sones conducían a las simas de la obstrucción total y el desastre, para emerger y encaminar su ciencia a través de una serenidad inigualable, transmitiendo, discurriendo a lo largo de la piel hasta provocar en el sentimiento – tras la eclosión magnífica que hacía suscitar aquel do colectivo, sostenido y profundo – un estalladio, un golpe súbito de luz, corolario inefable que otorgaba aquel final indescriptible, instituido por el canto inmortal de las trompetas.
Al terminar la obra no pudo evitar que le quemaran las lágrimas. Intuía que la sinfonía que acababa de escuchar podría haber sido compuesta por su padre y,  por tanto, si ello fuera así ¡ oh Dios, si lo fuera…! De cualquier modo, la obra resultaba un descubrimiento, una maravilla auténtica. ¿ Y cómo su padre podría haber logrado una cosa así si quizá fuera la primera y única que tal vez compusiera  ?  ¿ o no lo sería ? se atrevió a preguntar y a dudar de la memoria. En cualquier caso, ello le ayudaba a recuperar el reposo y quietud, cuya pérdida se le había hecho galopante. Debía controlarse ante aquel hallazgo inesperado del que ya deseaba conocer no sólo su causa, sino también su trama posterior. ¿ Quién la tendría en su poder para haber llegado ? – se preguntó una vez más -. Si es, claro está, lo que imagino – terminó por ponderar la vehemencia y ansiedad que le estaban golpeando las muñecas.
Atenazado por este flujo emocional se dispuso a seguir la tercera y última obra de la sesión, a la que apenas pudo prestar más que el aplauso final, ya que no cesó de buscar alternativas de cómo podría conseguir información acerca del origen y travesía de Jericó hasta llegar al teatro. Dejó de aplaudir, bajó con rapidez del proscenio y se dirigió a los camerinos. Intentaría hacerse pasar si fuera necesario por crítico, por periodista. Debía buscar, averiguar cuanto pudiera. Si era posible preguntaría al propio director de orquesta, normalmente accesible en las funciones de éxito y estreno, o a través de algún músico … Alguien tendría que saber con seguridad la génesis; sinfonía extraordinaria no podía surgir de forma anónima y sin más de la nada. En los tiempos que corrían, aquello resultaba difícil de aceptar. A no ser que alguien, evidentemente, y por incomprensibles razones, rehuyera el conocimiento público y el aplauso personal, cosa de rareza extrema – pensó – puesto que las opiniones laudatorias habían adquirido en los ámbitos oficiales categoría de condición imprescindible para alcanzar prebendas y consideraciones públicas, o meramente para encaminar la vida en direcciones compatibles y correctas.
El pasillo de acceso a los camerinos se encontraba abarrotado. Los músicos llegaban entusiasmados, estrechándose efusivamente unos a otros, recibiendo felicitaciones del público, de autoridades y personajes relevantes acompañados de bellas mujeres, de los mismos periodistas acreditados y entrevistadores. A través del barullo buscó a lo largo de las puertas el camerino principal. Dada la dificultad, preguntó a uno de los músicos después de saludarlo, quien, pletórico, lo orientó con exactitud. Cuando se encontró delante de la puerta dudó porque no sabía, no tenía estructurada una idea exacta para expresarla con precisión, qué decirle al director, si no era felicitarlo y desearle futuros éxitos. ¿ Y luego ? Aturdido, se llevó los dedos a la corbata, al cuello de la camisa, tosió un poco, bajó la cabeza y se miró los zapatos, hasta que, sin saber cómo, abrió la puerta de forma  desenvuelta, como si de un exultante y adicto periodista o forofo se tratara. Pero al asomarse, lo primero que descubrió fue la figura del Cardenal, sentado en un sillón y conversando frente a frente con otra persona a la que, en principio, y debido a la rapidez, no pudo identificar. Fue tal la sorpresa que, turbado, intentó retirarse, pero no sin antes de cerrar decir en alto “perdón, Eminencia”, y de inmediato exclamar para sí ¡ el cardenal masón ! Pero el Cardenal no le dio tiempo siquiera a cerrar la puerta del todo, y le dijo:
.- Pase, pase, joven, pase usted. Me supongo que desea felicitar o entrevistar, aquí,  a nuestro querido director – y extendió amplia y elegantemente la mano, señalándolo.
Sin salir aún de su sorpresa, Alejandro se acercó despacio hasta el centro del camerino y, en posición recta, y los brazos caídos, dijo haciendo una leve inclinación:
.- Ha sido una velada realmente espléndida, señor.
El director, visiblemente agradecido, le tendió la mano al tiempo que repuso:
.- Agradezco sus palabras. Es usted muy amable.
.- En absoluto, señor. Aunque – e hizo un simulacro acertado de tos  – por otra parte ¿ tendría algún inconveniente en desvelar el origen de Jericó, la sinfonía estrenada ?
Hubo un lapsus de silencio mínimo, casi inapreciable, y el director se proponía decir algo. Sin embargo, en ese instante intervino el Cardenal:
.- ¿ Le ha interesado tanto esa sinfonía, joven ?
.- Sí, así es, Eminencia. No sólo me ha interesado, sino que me ha impresionado sobremanera. Y, a decir verdad, me gustaría conocerla de forma más precisa e intensa – contestó Alejandro mirándole a los ojos.
.- ¿ Es usted músico, acaso ? – le preguntó el Cardenal.
.- Seguramente a su lado, Eminencia, sólo un humildísimo aficionado – se arriesgó a contestar -. De cualquier modo, esta obra me ha producido una curiosidad muy positiva y especial.
.- Veo que no sólo me conocía, sino que conoce usted también mi hobby preferido. Lo cual es de agradecer, desde luego – prosiguió sonriendo el clérigo.
.- Todo el mundo sabe que su Eminencia es una de las personas más dotadas y entusiastas de la música clásica – repuso Alejandro. No obstante, si el señor director no se encuentra facultado o bien autorizado para facilitarme dato alguno, en ese caso, con su permiso, creo que debo retirarme.
Al ser aludido, el director intentó disculparse y empezó a mover las manos al tiempo que, de reojo, miró al cardenal. Éste, rápido y tajante, levantó la mano, y dijo:
.- Joven, no se preocupe. ¿ Querrían venir ambos a verme a mi residencia y hablamos de esta sinfonía, que tanto les entusiasma a ambos ?
.- Pues… Eminencia, la verdad, sería un honor. No esperaba …
.- ¿ Les viene bien a los dos, por ejemplo, el jueves próximo a las diez, que es cuando tomamos el chocolate en esta ciudad los cardenales ?.
.- El jueves a las diez … Por mi parte, sí, sí, por supuesto, Eminencia, estaré allí. Seré puntual, por supuesto – respondió Alejandro, quien simultaneó la aceptación con el director de la orquesta, quien repuso asimismo en voz baja “naturalmente que sí, faltaría más si lo pide su Eminencia”.
El Cardenal, sin moverse del asiento, ofreció a Alejandro el anillo pastoral, y éste, inclinando la cabeza, hizo ademán de besarlo. Después estrechó la mano del director, dijo “muy agradecido” con una leve inclinación y salió del camerino, a cuya puerta se agolpaba un cúmulo de enfervorizados admiradores y periodistas debidamente acreditados por el Régimen. Tan rápido fue todo, que ni siquiera se había dado cuenta de facilitarle al Cardenal su nombre. Pero él no podía prever, ni intuir en ese instante, que ese nimio detalle, ése involuntario olvido, habría de librarlo, a ciencia cierta, del hecho cierto de la muerte.
No había dado tres pasos por el pasillo cuando, con disimulo, y fuertemente, se sintió cogido por los brazos por dos individuos. Lo sujetaron, y enseguida uno de ellos, amparado por una gabardina amplia y desabrochada, le susurró junto al cuello “ si te mueves te frío”. Y Alejandro tensó aún más los músculos en el momento en que sintió la presión ejercida por el cañón de una pistola a la altura del riñón.
Por la puerta de emergencia lo sacaron a una callejuela estrecha. Una furgoneta en marcha, de color ocre con cristales oscurecidos, esperaba. Dos sujetos, en el asiento de atrás, inmediatamente lo cachearon, le esposaron a trompicones las manos y se las unieron a un grillete que previamente  le habían colocado en el tobillo, dijeron “sin moverte y ni una puta palabra”, y le taparon los ojos, cubriéndole la cabeza con una bolsa de tela negra que olía a mugre, a sudor y a tocino rancio.
Con total sigilo el vehículo se puso en marcha. Dentro, los dos hombres, uno a cada lado, seguían sujetándolo por los brazos. A través de una radio, el chófer envió el mensaje “aquí X4X5, todo bien, pájaro en marcha, cierro”. Se hizo el silencio. Después de un rato, la furgoneta rodaba obviamente todavía por las calles de la ciudad. Fue cuando empezó a decirse que debió haberse opuesto a la detención. Mientras intentaba obtener serenidad, recordó a los dos policías que le habían tocado antaño los testículos en el burdel. ¿ Qué relación podría tener esto, la tendría ? Sin desechar ninguna posibilidad, pasó revista mental a la suya con don Eufrasio. Sí, había una probabilidad – se dijo – pero ¿ por qué en el teatro ? ¿ Sabrían que había estado hablando con el Cardenal ? Ah, lo sabrían de sobra…  O no. Quién sabe, esta gente es capaz de todo, masculló irritado al cerciorarse de que le estaban arrancando las esposas la piel y ellos hundiéndole las costillas con los codos al apretarlo para abajo. Se atrevió a decirles como pudo que se estaban equivocando, a lo que respondieron “a callar, cacho cabrón, hijo de puta”, seguido de un manotazo al resbalón por el parietal que le hizo chocar la cabeza contra el respaldo del asiento delantero. Contrajo el rostro y notó cómo inmediatamente empezaba a hinchársele.
Al cabo de unos minutos, sin saber ni en qué lugar se encontraban, la furgoneta se detuvo. Oyó un traqueteo de cascos de caballos a galope por el asfalto y el murmullo ascendente de un griterío, de un tumulto confundido con golpes y ruidos indescifrables ¡ Joder! ¡ sal de aquí, coño ! le increpó airado al conductor uno de los hombres que lo sujetaban. Chirriaron entonces las ruedas de la furgoneta y, por medio de un viraje acrobático, salió disparada. A los pocos instantes se habían perdido los rastros que provenían de la calle. “O sea, que ahí fuera hay jaleo” – se dijo sin saber si lo que había lo ayudaría o no -. Pero ¿ qué tengo yo que ver ? se repitió de nuevo tras entrar en un lapsus de silencio. Al cabo de unos veinte minutos el vehículo aminoró la marcha, hizo dos giros bruscos, y notó después cómo las ruedas vadeaban algo con lentitud, proseguía y finalmente se detenía. De golpe, abrieron todas las puertas al mismo tiempo y el hombre de su derecha lo conminó a que saliera de inmediato, sujetándolo y tirándole del brazo. Todo sucedió muy rápido. No supo cuántos lo condujeron presionándole las muñecas  y deprisa a lo largo de un pasillo o pasadizo. Bajaron unos peldaños, lo empujaron  con violencia para atravesar lo que intuyó el hueco de una puerta abierta y, cuando le dijeron “quieto ahí, coño, y no te muevas”, fue cuando se echaron sobre él y empezaron a quitarle a tirones los zapatos y los pantalones con la boca y la frente contra las baldosas, cuando sin detenerse le quitaron la chaqueta, la camisa y el resto de la ropa hasta dejarlo desnudo por completo. Sintió frío y se estremeció. “Aguanta, tienes, tienes que  ser más fuerte que ellos” – consiguió pensar y decirse con urgencia  -. Dentro de una oscuridad total miró con precaución en todas direcciones y le pareció que lo observaban. Se puso de pie y, a tientas, empezó a andar de un lado para otro sin detenerse y sin saber qué buscaba.
Habían vuelto a ponerle las esposas y le herían las muñecas, pero, sobre todo, le molestaba la detención en sí misma: no saber por qué, o por la misma arbitrariedad y maneras que usaban aquellos hijos de puta, ah, y por aquel golpe que le habían dado en la cabeza que le había provocado un bulto enorme que le quemaba. Como solía hacer en determinadas situaciones y contó hasta diez, empezó de nuevo y llegó hasta quince, subió y subió aún más y más hasta cerciorarse de que no importaba ya contar porque allí no aparecía nadie y estaba solo, absolutamente abandonado en el cuarto. Pasó más de una hora. Oía puertas que se abrían y cerraban, pasos próximos, continuos y discontinuos que no sabía adónde iban ni de dónde venían. Y luego silencio, mucho silencio. A éste comenzó a oírlo correr a través de los minutos hasta llegar a hacérsele real, lo oía moverse, sentársele al lado, o dentro de él y hablarle sin comprenderlo, incluso gritarle y jalearlo. Necesitó de un esfuerzo especial para atajar aquel desorden o derroche fantástico dentro de sí mismo y concentrarse más y más allá, donde no podía saber si el silencio meramente estaba allí o bien le llegaba o se le originaba. Le  producía un estado de ansiedad inexplicable, una deriva  que parecía llevarlo sin remedio a la locura.
Transcurrida la segunda hora, los pasos por el exterior habían desaparecido. Tanteando buscó el sillón, más que sentarse se arrebujó sobre sí mismo, estremecido, temblando. Sintió hambre. Realmente – pudo pensar – no había comido al mediodía, y en lugar de un día de cumpleaños – se dijo – aquél era un día de mierda y absurdo, y que si salía de aquella no iba a olvidarlo en la vida. Inevitablemente se dedicó a meditar sobre el Régimen. Se alargó pensando en él, y mientras hablaba, construyó un análisis que jamás había hecho. Tan profundo y sistematizado lo vio. Las conclusiones extraídas no soportaban ninguna de las ideas que  concebía desde la muerte de sus padres y su salida del seminario, pues la función del Estado – recalcó -jamás podría devenir en un poder discrecional, arbitrario e inicuo contra los ciudadanos. Se alegró al comprobar que las enseñanzas del profesor Laínez, tan puestas en tela de juicio desde su caída venían a rehacérsele junto a palabras de Montesquieu en aquellas conclusiones sobre las que no cabía ninguna duda. En medio de la oscuridad sintió reafirmársele una alegría frágil pero nueva, inesperada, distinta a como se le había ofrecido hasta entonces. Y también valor.
Se removió aterido y cansado por el suelo. Doliéndose, hizo fuerza y tensó instintivamente las muñecas bajo el dominio de las esposas. Pensó que debía prepararse con seguridad para algo desagradable. Éstos nunca sueltan presa –  previó – y trató de sosegarse y asumir  sin miedo y con plena conciencia cualquier avatar, fuera lo que fuera, incluida aquella soledad y hambre que hacía mucho cooperaban con el sueño, las ganas de orinar, y la incomodidad de las manos a la espalda. Sentado, dejó caer la cabeza hacia adelante. El cansancio empezaba a causarle estragos, luchaba con él como lo había hecho con el silencio, y pasó cerca de otra hora buscando saliva con la lengua, tirando para arriba de los párpados con golpes repentinos de cabeza, moviéndose semiinconsciente, hallándose con dificultad los dedos de las manos y frotándoselos contra el suelo para sentirlos y saber que los tenía. “Si me dieran agua…” deseó sobresaltado, porque tenía la cabeza y los labios como el estropajo y, porque en ese momento, se encendió la luz general de la estancia. Las paredes se le movían, se le tambaleaban y parecían caer o circular de un lado para otro, en todo caso se movían, y una especie de vahído le sacudió el estómago provocándole una arcada vacía y acompañada de tremendas nauseas, ya que no tenía nada para vomitar, sino aquella intensa segregación de saliva rosa que casi lo ahogaba y que, después de escupir, se apresuró a tragar con ansia y rapidez una y otra vez hasta lograr rehacerse y darse cuenta de que, los nuevos hombres que entraban, apagaban la bombilla que colgaba del techo y volvía a reaparecer la luz del flexo, el cual habría permanecido tal vez esperándolo pacientemente como un búho oculto sobre la mesa.
Lo que pudo ocurrir a partir de aquel momento lo iría recordando a través del tiempo, a retazos sueltos, pues el estado lamentable con que se encontró a sí mismo al amanecer, tirado en un ribazo del pinar, y medio desnudo, no le permitía ahondar ni reconstruir paso a paso, y hecho a hecho, lo que la dictadura con pistola al cinto y al costado pudo llevar a cabo cuando llegaron las horas hondas de la madrugada.
Cuando intentó hacer fuerza y mover los labios para escupir porque le abrasaba la boca por dentro, fue cuando le advino el primer signo consciente de que tenía la cara contra el suelo, los labios hinchados, amoratados y con sangre, de que la tierra le había entrado en la boca, se le había vuelto la lengua pesada, y al menor movimiento le rechinaban los dientes. Preso de esta primera consciencia se quedó quieto, tiritando en el barro. Apenas pudo abrir los ojos, le pesaban como piedras y no sabía dónde se encontraba, ni tampoco qué día era ni qué hora. Tal vez fuera de noche – logró recomponer al cabo esta idea con dificultad – o habría perdido parte de la visión, ya que los objetos se le diluían, se le rehacían poco a poco o perdían los contornos y la luz se le iba y acababa por desaparecer. Intentando escupir  le sobrevino un primer recuerdo caótico y quiso rehuirlo al sentir un dolor por toda la cara acompañado de un sabor agrio que le subía quemando desde el estómago. ¡ Coño, vaya si me han dado… !  pensó mientras se pegaba a la tierra, intentando encontrar alguna postura y fuerza que lo ayudaran.
Procuró mover el antebrazo derecho para apoyarlo en el suelo, pero las piernas parecían no responderle, ni la cintura, que la tenía baldada, logró tocársela, pero una especie de latigazo doloroso le irrumpió y le corrió por todas partes. Fue entonces cuando obtuvo un conocimiento definitivo de que estaba como una escabechina, y de que además de desnudo lo habían dejado medio tullido, con el sexo inflamado, las axilas quemadas y algunas uñas de las manos y los pies arrancadas, en pura carne viva.
Debieron matarme, debieron hacerlo, consiguió silabear con enorme esfuerzo por dos veces boca arriba, mientras aún caía imperceptible y sosegado el rocío de la noche y el amanecer había ido tierra adentro en busca de la mañana y los dos venían impasibles a lo lejos, muy lejos aún, y ninguna otra cosa parecía ocurrir a esa hora, ni había ninguna leyenda memorable que recordar, no había ley que cumplir, ni nadie que se ocupara de los viejos desarreglos ni los destrozos  recientes, mucho menos de los orines en que en ese instante parecía instalado y remojado el mundo en aquel charco.
“Hijo de mis pechos”, fue la exclamación, lo primero que dijo Caporala persignándose cuando lo vio, cuando a voces oyó que la llamaban con urgencia por la escalera “señora Rosa, señora Rosa”, y levantándose en camisón de la cama había bajado corriendo porque llamaba un muchacho que, visiblemente alterado, le decía que si podía ayudarlo, pero sin decirle a qué, y ella, sin mediar palabra, lo había seguido hasta la pequeña camioneta que se encontraba detenida delante de la puerta y descubrió a Alejandro herido y recostado dentro de la cabina. Al verlo dijo y repitió “Virgen del Perpetuo Socorro, hijo de mi amor, qué te ha pasao, qué te han hecho a ti”, mientras lo bajaban y ponían de pie. Dada su enorme estatura, tuvo que encorvarse para coger a Caporala y al muchacho por los hombros y apenas entrar por el hueco de la puerta, subir con dificultad la escalera y dejarse caer con cuidado sobre la cama, pues aunque Caporala sugirió llevarlo al hospital, o a donde fuera, el conductor le advirtió que no, que Alejandro no quería, y que, por otra parte, tampoco parecía que fuera a morirse, igual no tenía demasiado roto, que a lo mejor – dijo –  sólo algunas costillas, lo de la cara y eso de los dedos.
Durante todo el domingo sufrió de agitaciones, profirió palabras sueltas e inconexas y lo sacudieron escalofríos con temblores y sudores repentinos. Movía los párpados y respiraba sobresaltado. Caporala le había puesto una muda llorando y rezando con un ardor que ignoraba. Entre oraciones improvisadas y ancestrales, que ni pensaba ni meditaba, se persignaba, pedía que una fuente divina  fluyera deprisa sobre el cuerpo de aquel hombre que sólo una humanidad tan tremenda – pensaba para ella,  y asentía con la cabeza a la vez – podía aguantar las heridas y las hinchazones que veía, el cansancio y el hambre. A lo mejor también, quién sabe, sí – afirmó – hasta con la muerte. Lo puso con trabajo boca arriba y lo tapó como ya casi no recordaba haberlo hecho con su marido el año que estuvo malo y, al hacerlo, le gustó recordarlo. Fue cuando chasqueó la lengua y deslizó la mano con nostalgia y cariño premeditado por encima de los deshilachamientos de la colcha, y reconoció que era una colcha indigna para él.
Alarmada, había entrado en el cuarto Ernestina, seguida a medio vestir por Yoli. Entre las tres prepararon agua caliente y caldo. A lo largo del domingo y el lunes lo lavaron a intervalos y  lo desinfectaron frotándolo con paños húmedos o empapados con agua oxigenada. Con paciencia le fueron introduciendo entre los labios sustancia de gallina, la misma que se preparaba y daba a las parturientas anémicas. La noche del lunes transcurrió mejor. Y ya, durante la mañana del martes, Alejandro quiso levantarse, pero Benilde y otras dos putas lograron impedírselo. Fue en ese rato cuando le cogieron las manos, lo miraron a los ojos y le dijeron un chiste pequeñín y verde que sabían, pero bien interpretado y avenido para que las facciones tumefactas y las huellas de las mejillas y la frente le tomaran otro cariz y supiera que se encontraba entre amigos.
Apenas le brillaron un poco los ojos al enfermo. Miraba con mucho, con mucho  cansancio y lejanía. Le pesaban los párpados, y con el menor movimiento sentía el dolor agudo que le producía el roce de la sábana contra los dedos de los pies y las manos vendados pero sin uñas. Miró a las mujeres agradecido, consiguió doblar un poco las piernas y, forzando un gesto, que seguramente pretendió que fuera sonrisa, susurró “este dolor, este dolor”, cerró de nuevo los ojos y, sin decir nada más ni poder dar la vuelta, tragó saliva con dificultad, y en la misma posición se quedó  traspuesto.
Por la tarde le dieron una sopa de lluvia con caldo de pollo y la tomó. Tomó también trocitos de pan y dos de pescado blanco. En general le habían disminuido las inflamaciones, y aunque los hematomas iban tomando colores amarillentos y cenizas, la fiebre de los dos primeros días le habían ido desapareciendo y una luz de franca mejoría se palpaba, se le producía a pasos agigantados. Tras levantarse el miércoles y asearse un poco por sí mismo, pasear despacio por el cuarto, acostarse la siesta y bajar con precaución la escalera, fue capaz de bajar y asomarse a la puerta de la calle, frente a la cual se había instalado un fotógrafo ambulante. Le llamó la atención porque era un fotógrafo con bigote enorme y sayón a rayas, de los que recorrían el mundo con una gigantesca cámara negra montada sobre un trípode altísimo, y que sacaba – como luego comprobaría Ernestina, loca de alegría – retratos en tres minutos exactos sobre fondos de volcanes japoneses y ríos azules, retratos que revelaban en un caldero con agua y quedaban tocados por un color ocre que prestaba a las pupilas de los retratados una llama infernal, cual  fantasmas cogidos in fraganti en laberínticos estratos de la noche.
Fue también el miércoles cuando Caporala le comunicó que el lunes don Eufrasio el Moro había mandado a un tal Saturnino para ver qué había pasado, que  por lo visto no había vuelto por los talleres y tenía pendiente de cobrar la última semana de jornal. Se alarmó, pero luego sonrió con tristeza. Disponía de un rato para poner en orden las ideas que tan deprisa se le amontonaban. Y estas ideas, como siempre, le era preciso conocerlas una vez más y ponerlas a trabajar de manera eficiente, lo cual no quería decir sino volver sobre ellas retrospectivamente y en sentido inverso, y obtener, a partir de determinados efectos, causas concretas de procedencia, certidumbres, piezas vertebrales de conocimiento que en definitiva era lo que buscaba. Pero así como estaba ¿ adónde iba ? ¿ qué podría hacer ?
Después de un rato, y tras convertirse lentamente los ruidos del patio en pequeñas minucias provenientes de cocinas cercanas, sintió como si le doliera la memoria, como si se la obstruyera un témpano de tiempo, o las mismas oblicuidades de los acontecimientos con sus intersecciones múltiples, las que desvían la atención de la mente y la equivocan porque discurren bajo ciertas condiciones y que, a menudo, ante la imposibilidad de descifrarlas, solemos denominarlas líos y complicaciones sin más y acabamos por abandonarlas. Reflexionó sobre el ritmo vertiginoso con que le ocurrían las cosas y la vida. Se dijo que la suya era un viento, un viento que todo lo trajera y lo llevara, lo arrastrara y terminara por diluirlo y hacerlo desaparecer. Y que eso era así, aunque luego vinieran otros y  creyeran que nada de esto en realidad hubiera ocurrido…
Aspiró varias veces. Se puso de pie y fue a orinar, hecho éste que le causó mucho dolor. Abrió la fuente y, con los dedos sanos, se mojó los labios y las mejillas. Cuando se encontraba con ellos bajo el agua, sintió necesidad de maldecir a toda aquella canalla, de salir corriendo y asaltarlos a golpes y desfenestrarlos, sintió deseos nauseabundos de utilizar todos sus recursos. Pero pudo comprender que constituiría la prostitución moral más miserable. En alguna parte de sí mismo sabía que debía desecharlos, y durante mucho rato estuvo sufriendo para conseguir que así fuera.
Detuvo en al aire los dedos, se los miró y, a desprecio de toda resignación, se dijo con desdén que eran mortales. Pero era verdad y era falso, porque enseguida una tristeza penetró por las fisuras que dejaba esta afirmación. Le afloraron las lágrimas, le dolieron los labios y de nuevo los párpados bajo una explosión interna de ira. No sabía en realidad qué hacer. De rodillas, junto al lateral de la cama, con la cabeza apoyada sobre ella, cerró los ojos y, amparándose el estómago con las manos, se quedó un rato allí, quieto, buscando que la quietud le hablara la lengua de los desamparados, porque era exactamente así como en ese momento se hallaba y se sentía. Cuando al fin logró incorporarse, supo que, frente a la dictadura, indefectiblemente debería adoptar una postura práctica, la que fuera, de la cual, y después de diez años, nadie sabía muy bien si daba coletazos de muerte o bien, y por el contrario, mostraba su fortaleza y se concentraba para consagrar un sistema cerrado y mortífero sin límite en el tiempo.
Se dijo y procuró interiorizarse que quizás lo ocurrido no constituyera sino un modo de tomar contacto personal y directo con la cruda realidad. “Ojalá – deseó – pudiera tener alguna luz y no esta joía mierda que no me deja ver ni leches”. Malhumorado dio la vuelta alrededor de la cama, cogió la revista francesa que se encontraba en una de las baldas de la ropa y se sentó sentó en la silla. Contempló la portada que ya conocía y, hastiado, la dejó sobre la cama porque en realidad no podía leer, no lograba concentrarse y olvidar el revoltijo de sentimientos y sucesos que acababan por convertírsele en una vorágine en cuanto se descuidaba. Estiró las piernas como solía hacerlo y, con los ojos cerrados, y las manos unidas, le fue sobreviniendo un relajamiento, una paz que lo llenó y absorbió hasta adormecerlo. En este duermevela se interrumpió para decir como sonámbulo ¿ cooperante… ? ¿ o no ser ? Y es que, hondo, y lejos, estaba vislumbrando la sonrisa irónica de Hamlet que, después de tanto tiempo, ni siquiera se había retirado de semejante instante crítico.
En una somnolencia cuasi mística se dijo imperceptiblemente ¡ si lograra construir…! y apurando el lapsus, abrió poco a poco los ojos y dijo “ya veremos”. Más despierto, pasó las páginas que ya conocía y, allí, a la vuelta de la hoja, vio y leyó entonces con avidez y precipitación, ansiando saber qué ponía. Porque, efectivamente, aparecían varias fotos de María Eugenia. Si, sí, era ella el día de su boda, en el preciso momento en que su tío, el Cardenal masón, santificaba el enlace. Sin embargo, el centro de la noticia consistía en que doña María Eugenia, hija de los Condes de Aguas Dulces, terminaba de pedir su ingreso en la Orden de la Santa Claridad, tras haber sido anulado su matrimonio, rato y no consumado, por el Santo Tribunal de la Rota.
Dominado por la prisa y la estupefacción continuó leyendo el reportaje. Poco importaba lo demás si no eran pequeños detalles, como el que hacía alusión al escaso tiempo transcurrido desde su boda y esta vocación tardía, que el artículo afirmaba haberle nacido en realidad cuando la unigénita de los condes aún era escolar.  Parecía no acabar de reponerse de ésta doble sorpresa. ¡ Y cómo el Cardenal, cómo… ! E hizo memoria, pero no consiguió dar con algún rastro antiguo que pudiera haberlo relacionado con María Eugenia. ¡ Vaya coincidencia ! – se dijo – ¡ Vaya, vaya ! – y lo repitió ensimismado. Se empezaba a sentir distinto, le renacía un ánimo que lo transportaba a un estado exultante en el que casi podía oír cómo le corría el entusiasmo por la totalidad del cuerpo y se lo mejoraba.
¡ Cómo estará ! pronunció en alto y poniéndose en pie. Intentó sonreír levemente al recordarla. Luego bajó la cabeza, levantó con esfuerzo los talones hasta verse la punta de los pies, y la imaginó con impaciencia. No huía de la sala del botiquín, sino que permanecía allí mismo, con él, reposando sobre su brazo izquierdo, junto a su cuerpo, y él recibiendo de ella aquel calor que recordaba, tan agradable. “Es increíble”, y siguió meditando y repasando el tiempo porque le gustaba y se instruía con aquellas pocas horas de entonces (Pero ignoraba aún que lo hermoso es frágil y aparente, y sin que sepamos por qué ni cómo, se desnaturaliza y nos deja transformados a los seres para siempre. Incluso irreconocibles) Oyó algunas voces en la parte alta de la escalera. Posiblemente fuera Berta con algún cliente. A esas horas ya no era probable que alguien se acercara a su cuarto. Abrió un poco las contraventanas y aspiró con ansia el aire, el sabor agridulce que traía la noche.
En el fondo del patio, lleno de cachivaches amontonados y mondas caídas, se oía roer y arañar, se movían papeles y la luna pegaba sobre la parte alta agujereando sombras llenas de miedos, de cuartos destartalados por el amor y el insomnio. Sin embargo, aún miraba a lo alto del cielo cuando llamaron a la puerta. Dijo “adelante” y apareció Caporala, con un trozo de bizcocho y miel. Al decirle que si podía dejarle el despertador porque mañana quería levantarse a las ocho y quería asegurar la hora, Caporala se puso como un basilisco, le dijo que adónde iba a ir como estaba, que no y que no, que mejor sería que… Entonces él reconoció que se le hacía visible en los entresijos de la amistad, y no supo qué decirle ni contestarle, pues se encontraba indefenso, anonadado frente a estas marcas indelebles que, sin esperarlas, le proporcionaba aquella mujer. Unos instantes después de haberse ido rezongando, Yoli subió corriendo con el despertador, lo dejó, y bajó saltando los escalones de dos en dos. Con una sonrisa irónica le dio cuerda y lo colocó en la mesilla, cercano a la cama. Acostado, y al tirar para arriba de la ropa, recordó al Cardenal. Pero cerró los ojos y fue a María Eugenia a quien tocó de nuevo con el extremo de la imaginación.
Quiso recordar todo esto y repasarlo, comprender también aquel momento suyo con la nieta de Caporala y su posterior arrebato de celos que, en cualquier caso y, por fortuna, había ido tornándose en un ten con ten soportable y llevadero.
Apretó los párpados como si apretara la soledad. Movió hacia un lado la cabeza, abrió los ojos, y pensó que le gustaría muchísimo oír algo de música.  “Por favor, un poquito de Bach, de Mozart, o Wagner …” – se dijo mentalmente – y estiró los brazos a la vez que bostezaba. Decidió que saldría a la calle a ver si encontraba algún teatro, o lo que fuera, así fuera un cafetucho de mala muerte, donde algún loco despistado le diera por obsequiar con algún trocito de piezas clásicas y poder relajarse un rato. Se metió en el lateral del cuarto, donde se encontraban el chorro de la fuente y el fontón, un espejo colgado en la pared, y la repisa que él mismo había instalado y llena ya de minucias.
A base de la poca de que disponía, se cambió de ropa y se puso la corbata gris y roja, la única que tenía en el ajuar. Desde la puerta de la calle observó que empezaban a menudear los clientes por los burdeles. Se oían voces eufóricas y pequeños canturreos. Era sábado, y los jornales estaban aún calientes en la cabeza y en los bolsillos. Se notaba en aquel escurridizo trasiego de taxis oscuros y coches de punto que llegaban, hacían una parada rápida con sustanciosas propinas – sobre todo si había habido peligro con el estraperlo – y arrancaban con el mayor silencio posible y desaparecían.
Se frotó los ojos con fruición y echó a andar despacio, relajado, sin rumbo fijo, pero orientado hacia la Vía Central. La noche empezaba a hacerse con un tono claro de ceniza seca, y la luna aparecía con un resplandor intenso por detrás de las casas del final de la calle. Iría hasta la zona de espectáculos. Al aproximarse, se dio cuenta de que con qué discreción rutilaban los luminosos de las salas de la noche cara, de la ropa, de las mujeres y las copas caras. Si no hubiera sido por las puertas – de reducidas dimensiones en general, y semiocultas o disfrazadas tras otra primera puerta, o por el par de gorilas que de forma invariable las custodiaban ataviados exquisitamente y sin cejar de tirarse y tirarse para abajo de los puños de camisas como la nieve – nadie sabría que la  dictadura permitía símiles distorsionados, lejanos y ridículos de los grandes y célebres cabarets de París y que allí mismo se encontraban, sumergidos en un ambiente de olisca que podía verse ascender en el aire a través de luminosos rojizos, cuyas letras parecían sugerir tiendas nocturnas donde, los que llegaban, se deslizaban sótano abajo y desaparecían para ir a emerger al día siguiente en Direcciones Generales o en los baños en ciudades señoriales del norte o en calas exclusivas de los mares del sur.
Frente a varios cines en los que daban cintas con alusión a corajes, honores y estirpes nacionales, fue pasando con las manos metidas en los bolsillos. Daban algunas mudas, muy queridas por los amantes del esperpento, la risa fácil y explosiva.
Sobre la fachada del teatro Comendador, en grandes caracteres, un cartel anunciaba la Sinfonía Germánica, de Sáttendic, y debajo, otras piezas y nombres en las que no reparó exactamente. Comprobó la hora y se dio cuenta de que estaría a punto de comenzar el segundo pase. Decidió a entrar. Se puso en una pequeña cola, sacó la entrada y se la entregó a un portero, vestido de librea, al tiempo que, al pasar por  el ambigú, un muchacho le hacía entrega de un programa que, distraído y de manera mecánica, dobló y guardó en el bolsillo de la chaqueta mientras se dirigía hacia el proscenio.
Concluía la primera sinfonía. El tiempo había transcurrido con rapidez desmesurada. Acaso porque hacía mucho que no era transportado por la música y revivía un gozo difícil de explicar. Se avergonzaba casi de que esta algarabía que sentía se le trasluciese demasiado al aplaudir y le provocara una emoción desmedida que debía controlar. Recordó a su padre, e hizo esfuerzos por que no le brotasen las lágrimas.
Tras cosechar enormes aplausos y transcurrir el subsiguiente intervalo, con ritmo lento dio dio comienzo la segunda sinfonía. Y poco a poco el ritmo fue creciendo, subiendo, empeñándose. Fue en este momento cuando sutilmente Alejandro Monsalet empezó a removerse en el asiento. ¿ De quién era aquella sinfonía ? – se preguntó frotándose la frente con los dedos,  porque así, de repente, dudaba  – ¿ de quién era, sí … ? Recurrió a los clásicos… pero no, que va … De todas formas estaba seguro que la había oído, o parte, la conocía, “vamos, hombre” – se dijo y se animó para convencerse -. Dado que no conseguía recordarlo decidió sacar del bolsillo y ver la hojita de programa que le habían entregado al entrar. La desdobló nervioso, la acercó, y vio que era su presentación en entreno y que llevaba por título Jericó, sinfonía para orquesta, anónima. ¿ Cómo, Jericó ? – dijo asombrándose entonces, pasándose ya las yemas frías de los dedos con insistencia por encima de la ceja izquierda. ¡ Cómo, cómo ! – repitió -. ¿ Y de autor desconocido… ? ¿ Y Jericó… ? No puede ser. Cómo va a ser … – y, oyéndola se puso a meditar y a temblar de forma perceptible. Intentó calmarse. Se recogió la tensión con esfuerzo porque la sinfonía se estaba desarrollando con altura y majestad inigualables y portentosas. En determinados instantes los músicos semejaban no sostener en el aire los instrumentos, parecía que se elevaran por sí mismos y que los alcanzaran y tañeran entonces con levedad, luego con fuerza e invitando a la fuga, luego al rapto, a la subyugación absoluta cuando estallaba triunfante la belleza del mundo, o por contra y, de repente, se quebraban, y los sones conducían a las simas de la obstrucción total y el desastre, para emerger y encaminar su ciencia a través de una serenidad inigualable, transmitiendo, discurriendo a lo largo de la piel hasta provocar en el sentimiento – tras la eclosión magnífica que hacía suscitar aquel do colectivo, sostenido y profundo – un estalladio, un golpe súbito de luz, corolario inefable que otorgaba aquel final indescriptible, instituido por el canto inmortal de las trompetas.
Al terminar la obra no pudo evitar que le quemaran las lágrimas. Intuía que la sinfonía que acababa de escuchar podría haber sido compuesta por su padre y,  por tanto, si ello fuera así ¡ oh Dios, si lo fuera…! De cualquier modo, la obra resultaba un descubrimiento, una maravilla auténtica. ¿ Y cómo su padre podría haber logrado una cosa así si quizá fuera la primera y única que tal vez compusiera  ?  ¿ o no lo sería ? se atrevió a preguntar y a dudar de la memoria. En cualquier caso, ello le ayudaba a recuperar el reposo y quietud, cuya pérdida se le había hecho galopante. Debía controlarse ante aquel hallazgo inesperado del que ya deseaba conocer no sólo su causa, sino también su trama posterior. ¿ Quién la tendría en su poder para haber llegado ? – se preguntó una vez más -. Si es, claro está, lo que imagino – terminó por ponderar la vehemencia y ansiedad que le estaban golpeando las muñecas.
Atenazado por este flujo emocional se dispuso a seguir la tercera y última obra de la sesión, a la que apenas pudo prestar más que el aplauso final, ya que no cesó de buscar alternativas de cómo podría conseguir información acerca del origen y travesía de Jericó hasta llegar al teatro. Dejó de aplaudir, bajó con rapidez del proscenio y se dirigió a los camerinos. Intentaría hacerse pasar si fuera necesario por crítico, por periodista. Debía buscar, averiguar cuanto pudiera. Si era posible preguntaría al propio director de orquesta, normalmente accesible en las funciones de éxito y estreno, o a través de algún músico … Alguien tendría que saber con seguridad la génesis; sinfonía extraordinaria no podía surgir de forma anónima y sin más de la nada. En los tiempos que corrían, aquello resultaba difícil de aceptar. A no ser que alguien, evidentemente, y por incomprensibles razones, rehuyera el conocimiento público y el aplauso personal, cosa de rareza extrema – pensó – puesto que las opiniones laudatorias habían adquirido en los ámbitos oficiales categoría de condición imprescindible para alcanzar prebendas y consideraciones públicas, o meramente para encaminar la vida en direcciones compatibles y correctas.
El pasillo de acceso a los camerinos se encontraba abarrotado. Los músicos llegaban entusiasmados, estrechándose efusivamente unos a otros, recibiendo felicitaciones del público, de autoridades y personajes relevantes acompañados de bellas mujeres, de los mismos periodistas acreditados y entrevistadores. A través del barullo buscó a lo largo de las puertas el camerino principal. Dada la dificultad, preguntó a uno de los músicos después de saludarlo, quien, pletórico, lo orientó con exactitud. Cuando se encontró delante de la puerta dudó porque no sabía, no tenía estructurada una idea exacta para expresarla con precisión, qué decirle al director, si no era felicitarlo y desearle futuros éxitos. ¿ Y luego ? Aturdido, se llevó los dedos a la corbata, al cuello de la camisa, tosió un poco, bajó la cabeza y se miró los zapatos, hasta que, sin saber cómo, abrió la puerta de forma  desenvuelta, como si de un exultante y adicto periodista o forofo se tratara. Pero al asomarse, lo primero que descubrió fue la figura del Cardenal, sentado en un sillón y conversando frente a frente con otra persona a la que, en principio, y debido a la rapidez, no pudo identificar. Fue tal la sorpresa que, turbado, intentó retirarse, pero no sin antes de cerrar decir en alto “perdón, Eminencia”, y de inmediato exclamar para sí ¡ el cardenal masón ! Pero el Cardenal no le dio tiempo siquiera a cerrar la puerta del todo, y le dijo:
.- Pase, pase, joven, pase usted. Me supongo que desea felicitar o entrevistar, aquí,  a nuestro querido director – y extendió amplia y elegantemente la mano, señalándolo.
Sin salir aún de su sorpresa, Alejandro se acercó despacio hasta el centro del camerino y, en posición recta, y los brazos caídos, dijo haciendo una leve inclinación:
.- Ha sido una velada realmente espléndida, señor.
El director, visiblemente agradecido, le tendió la mano al tiempo que repuso:
.- Agradezco sus palabras. Es usted muy amable.
.- En absoluto, señor. Aunque – e hizo un simulacro acertado de tos  – por otra parte ¿ tendría algún inconveniente en desvelar el origen de Jericó, la sinfonía estrenada ?
Hubo un lapsus de silencio mínimo, casi inapreciable, y el director se proponía decir algo. Sin embargo, en ese instante intervino el Cardenal:
.- ¿ Le ha interesado tanto esa sinfonía, joven ?
.- Sí, así es, Eminencia. No sólo me ha interesado, sino que me ha impresionado sobremanera. Y, a decir verdad, me gustaría conocerla de forma más precisa e intensa – contestó Alejandro mirándole a los ojos.
.- ¿ Es usted músico, acaso ? – le preguntó el Cardenal.
.- Seguramente a su lado, Eminencia, sólo un humildísimo aficionado – se arriesgó a contestar -. De cualquier modo, esta obra me ha producido una curiosidad muy positiva y especial.
.- Veo que no sólo me conocía, sino que conoce usted también mi hobby preferido. Lo cual es de agradecer, desde luego – prosiguió sonriendo el clérigo.
.- Todo el mundo sabe que su Eminencia es una de las personas más dotadas y entusiastas de la música clásica – repuso Alejandro. No obstante, si el señor director no se encuentra facultado o bien autorizado para facilitarme dato alguno, en ese caso, con su permiso, creo que debo retirarme.
Al ser aludido, el director intentó disculparse y empezó a mover las manos al tiempo que, de reojo, miró al cardenal. Éste, rápido y tajante, levantó la mano, y dijo:
.- Joven, no se preocupe. ¿ Querrían venir ambos a verme a mi residencia y hablamos de esta sinfonía, que tanto les entusiasma a ambos ?
.- Pues… Eminencia, la verdad, sería un honor. No esperaba …
.- ¿ Les viene bien a los dos, por ejemplo, el jueves próximo a las diez, que es cuando tomamos el chocolate en esta ciudad los cardenales ?.
.- El jueves a las diez … Por mi parte, sí, sí, por supuesto, Eminencia, estaré allí. Seré puntual, por supuesto – respondió Alejandro, quien simultaneó la aceptación con el director de la orquesta, quien repuso asimismo en voz baja “naturalmente que sí, faltaría más si lo pide su Eminencia”.
El Cardenal, sin moverse del asiento, ofreció a Alejandro el anillo pastoral, y éste, inclinando la cabeza, hizo ademán de besarlo. Después estrechó la mano del director, dijo “muy agradecido” con una leve inclinación y salió del camerino, a cuya puerta se agolpaba un cúmulo de enfervorizados admiradores y periodistas debidamente acreditados por el Régimen. Tan rápido fue todo, que ni siquiera se había dado cuenta de facilitarle al Cardenal su nombre. Pero él no podía prever, ni intuir en ese instante, que ese nimio detalle, ése involuntario olvido, habría de librarlo, a ciencia cierta, del hecho cierto de la muerte.
No había dado tres pasos por el pasillo cuando, con disimulo, y fuertemente, se sintió cogido por los brazos por dos individuos. Lo sujetaron, y enseguida uno de ellos, amparado por una gabardina amplia y desabrochada, le susurró junto al cuello “ si te mueves te frío”. Y Alejandro tensó aún más los músculos en el momento en que sintió la presión ejercida por el cañón de una pistola a la altura del riñón.
Por la puerta de emergencia lo sacaron a una callejuela estrecha. Una furgoneta en marcha, de color ocre con cristales oscurecidos, esperaba. Dos sujetos, en el asiento de atrás, inmediatamente lo cachearon, le esposaron a trompicones las manos y se las unieron a un grillete que previamente  le habían colocado en el tobillo, dijeron “sin moverte y ni una puta palabra”, y le taparon los ojos, cubriéndole la cabeza con una bolsa de tela negra que olía a mugre, a sudor y a tocino rancio.
Con total sigilo el vehículo se puso en marcha. Dentro, los dos hombres, uno a cada lado, seguían sujetándolo por los brazos. A través de una radio, el chófer envió el mensaje “aquí X4X5, todo bien, pájaro en marcha, cierro”. Se hizo el silencio. Después de un rato, la furgoneta rodaba obviamente todavía por las calles de la ciudad. Fue cuando empezó a decirse que debió haberse opuesto a la detención. Mientras intentaba obtener serenidad, recordó a los dos policías que le habían tocado antaño los testículos en el burdel. ¿ Qué relación podría tener esto, la tendría ? Sin desechar ninguna posibilidad, pasó revista mental a la suya con don Eufrasio. Sí, había una probabilidad – se dijo – pero ¿ por qué en el teatro ? ¿ Sabrían que había estado hablando con el Cardenal ? Ah, lo sabrían de sobra…  O no. Quién sabe, esta gente es capaz de todo, masculló irritado al cerciorarse de que le estaban arrancando las esposas la piel y ellos hundiéndole las costillas con los codos al apretarlo para abajo. Se atrevió a decirles como pudo que se estaban equivocando, a lo que respondieron “a callar, cacho cabrón, hijo de puta”, seguido de un manotazo al resbalón por el parietal que le hizo chocar la cabeza contra el respaldo del asiento delantero. Contrajo el rostro y notó cómo inmediatamente empezaba a hinchársele.
Al cabo de unos minutos, sin saber ni en qué lugar se encontraban, la furgoneta se detuvo. Oyó un traqueteo de cascos de caballos a galope por el asfalto y el murmullo ascendente de un griterío, de un tumulto confundido con golpes y ruidos indescifrables ¡ Joder! ¡ sal de aquí, coño ! le increpó airado al conductor uno de los hombres que lo sujetaban. Chirriaron entonces las ruedas de la furgoneta y, por medio de un viraje acrobático, salió disparada. A los pocos instantes se habían perdido los rastros que provenían de la calle. “O sea, que ahí fuera hay jaleo” – se dijo sin saber si lo que había lo ayudaría o no -. Pero ¿ qué tengo yo que ver ? se repitió de nuevo tras entrar en un lapsus de silencio. Al cabo de unos veinte minutos el vehículo aminoró la marcha, hizo dos giros bruscos, y notó después cómo las ruedas vadeaban algo con lentitud, proseguía y finalmente se detenía. De golpe, abrieron todas las puertas al mismo tiempo y el hombre de su derecha lo conminó a que saliera de inmediato, sujetándolo y tirándole del brazo. Todo sucedió muy rápido. No supo cuántos lo condujeron presionándole las muñecas  y deprisa a lo largo de un pasillo o pasadizo. Bajaron unos peldaños, lo empujaron  con violencia para atravesar lo que intuyó el hueco de una puerta abierta y, cuando le dijeron “quieto ahí, coño, y no te muevas”, fue cuando se echaron sobre él y empezaron a quitarle a tirones los zapatos y los pantalones con la boca y la frente contra las baldosas, cuando sin detenerse le quitaron la chaqueta, la camisa y el resto de la ropa hasta dejarlo desnudo por completo. Sintió frío y se estremeció. “Aguanta, tienes, tienes que  ser más fuerte que ellos” – consiguió pensar y decirse con urgencia  -. Dentro de una oscuridad total miró con precaución en todas direcciones y le pareció que lo observaban. Se puso de pie y, a tientas, empezó a andar de un lado para otro sin detenerse y sin saber qué buscaba.
Habían vuelto a ponerle las esposas y le herían las muñecas, pero, sobre todo, le molestaba la detención en sí misma: no saber por qué, o por la misma arbitrariedad y maneras que usaban aquellos hijos de puta, ah, y por aquel golpe que le habían dado en la cabeza que le había provocado un bulto enorme que le quemaba. Como solía hacer en determinadas situaciones y contó hasta diez, empezó de nuevo y llegó hasta quince, subió y subió aún más y más hasta cerciorarse de que no importaba ya contar porque allí no aparecía nadie y estaba solo, absolutamente abandonado en el cuarto. Pasó más de una hora. Oía puertas que se abrían y cerraban, pasos próximos, continuos y discontinuos que no sabía adónde iban ni de dónde venían. Y luego silencio, mucho silencio. A éste comenzó a oírlo correr a través de los minutos hasta llegar a hacérsele real, lo oía moverse, sentársele al lado, o dentro de él y hablarle sin comprenderlo, incluso gritarle y jalearlo. Necesitó de un esfuerzo especial para atajar aquel desorden o derroche fantástico dentro de sí mismo y concentrarse más y más allá, donde no podía saber si el silencio meramente estaba allí o bien le llegaba o se le originaba. Le  producía un estado de ansiedad inexplicable, una deriva  que parecía llevarlo sin remedio a la locura.
Transcurrida la segunda hora, los pasos por el exterior habían desaparecido. Tanteando buscó el sillón, más que sentarse se arrebujó sobre sí mismo, estremecido, temblando. Sintió hambre. Realmente – pudo pensar – no había comido al mediodía, y en lugar de un día de cumpleaños – se dijo – aquél era un día de mierda y absurdo, y que si salía de aquella no iba a olvidarlo en la vida. Inevitablemente se dedicó a meditar sobre el Régimen. Se alargó pensando en él, y mientras hablaba, construyó un análisis que jamás había hecho. Tan profundo y sistematizado lo vio. Las conclusiones extraídas no soportaban ninguna de las ideas que  concebía desde la muerte de sus padres y su salida del seminario, pues la función del Estado – recalcó -jamás podría devenir en un poder discrecional, arbitrario e inicuo contra los ciudadanos. Se alegró al comprobar que las enseñanzas del profesor Laínez, tan puestas en tela de juicio desde su caída venían a rehacérsele junto a palabras de Montesquieu en aquellas conclusiones sobre las que no cabía ninguna duda. En medio de la oscuridad sintió reafirmársele una alegría frágil pero nueva, inesperada, distinta a como se le había ofrecido hasta entonces. Y también valor.
Se removió aterido y cansado por el suelo. Doliéndose, hizo fuerza y tensó instintivamente las muñecas bajo el dominio de las esposas. Pensó que debía prepararse con seguridad para algo desagradable. Éstos nunca sueltan presa –  previó – y trató de sosegarse y asumir  sin miedo y con plena conciencia cualquier avatar, fuera lo que fuera, incluida aquella soledad y hambre que hacía mucho cooperaban con el sueño, las ganas de orinar, y la incomodidad de las manos a la espalda. Sentado, dejó caer la cabeza hacia adelante. El cansancio empezaba a causarle estragos, luchaba con él como lo había hecho con el silencio, y pasó cerca de otra hora buscando saliva con la lengua, tirando para arriba de los párpados con golpes repentinos de cabeza, moviéndose semiinconsciente, hallándose con dificultad los dedos de las manos y frotándoselos contra el suelo para sentirlos y saber que los tenía. “Si me dieran agua…” deseó sobresaltado, porque tenía la cabeza y los labios como el estropajo y, porque en ese momento, se encendió la luz general de la estancia. Las paredes se le movían, se le tambaleaban y parecían caer o circular de un lado para otro, en todo caso se movían, y una especie de vahído le sacudió el estómago provocándole una arcada vacía y acompañada de tremendas nauseas, ya que no tenía nada para vomitar, sino aquella intensa segregación de saliva rosa que casi lo ahogaba y que, después de escupir, se apresuró a tragar con ansia y rapidez una y otra vez hasta lograr rehacerse y darse cuenta de que, los nuevos hombres que entraban, apagaban la bombilla que colgaba del techo y volvía a reaparecer la luz del flexo, el cual habría permanecido tal vez esperándolo pacientemente como un búho oculto sobre la mesa.
Lo que pudo ocurrir a partir de aquel momento lo iría recordando a través del tiempo, a retazos sueltos, pues el estado lamentable con que se encontró a sí mismo al amanecer, tirado en un ribazo del pinar, y medio desnudo, no le permitía ahondar ni reconstruir paso a paso, y hecho a hecho, lo que la dictadura con pistola al cinto y al costado pudo llevar a cabo cuando llegaron las horas hondas de la madrugada.
Cuando intentó hacer fuerza y mover los labios para escupir porque le abrasaba la boca por dentro, fue cuando le advino el primer signo consciente de que tenía la cara contra el suelo, los labios hinchados, amoratados y con sangre, de que la tierra le había entrado en la boca, se le había vuelto la lengua pesada, y al menor movimiento le rechinaban los dientes. Preso de esta primera consciencia se quedó quieto, tiritando en el barro. Apenas pudo abrir los ojos, le pesaban como piedras y no sabía dónde se encontraba, ni tampoco qué día era ni qué hora. Tal vez fuera de noche – logró recomponer al cabo esta idea con dificultad – o habría perdido parte de la visión, ya que los objetos se le diluían, se le rehacían poco a poco o perdían los contornos y la luz se le iba y acababa por desaparecer. Intentando escupir  le sobrevino un primer recuerdo caótico y quiso rehuirlo al sentir un dolor por toda la cara acompañado de un sabor agrio que le subía quemando desde el estómago. ¡ Coño, vaya si me han dado… !  pensó mientras se pegaba a la tierra, intentando encontrar alguna postura y fuerza que lo ayudaran.
Procuró mover el antebrazo derecho para apoyarlo en el suelo, pero las piernas parecían no responderle, ni la cintura, que la tenía baldada, logró tocársela, pero una especie de latigazo doloroso le irrumpió y le corrió por todas partes. Fue entonces cuando obtuvo un conocimiento definitivo de que estaba como una escabechina, y de que además de desnudo lo habían dejado medio tullido, con el sexo inflamado, las axilas quemadas y algunas uñas de las manos y los pies arrancadas, en pura carne viva.
Debieron matarme, debieron hacerlo, consiguió silabear con enorme esfuerzo por dos veces boca arriba, mientras aún caía imperceptible y sosegado el rocío de la noche y el amanecer había ido tierra adentro en busca de la mañana y los dos venían impasibles a lo lejos, muy lejos aún, y ninguna otra cosa parecía ocurrir a esa hora, ni había ninguna leyenda memorable que recordar, no había ley que cumplir, ni nadie que se ocupara de los viejos desarreglos ni los destrozos  recientes, mucho menos de los orines en que en ese instante parecía instalado y remojado el mundo en aquel charco.
“Hijo de mis pechos”, fue la exclamación, lo primero que dijo Caporala persignándose cuando lo vio, cuando a voces oyó que la llamaban con urgencia por la escalera “señora Rosa, señora Rosa”, y levantándose en camisón de la cama había bajado corriendo porque llamaba un muchacho que, visiblemente alterado, le decía que si podía ayudarlo, pero sin decirle a qué, y ella, sin mediar palabra, lo había seguido hasta la pequeña camioneta que se encontraba detenida delante de la puerta y descubrió a Alejandro herido y recostado dentro de la cabina. Al verlo dijo y repitió “Virgen del Perpetuo Socorro, hijo de mi amor, qué te ha pasao, qué te han hecho a ti”, mientras lo bajaban y ponían de pie. Dada su enorme estatura, tuvo que encorvarse para coger a Caporala y al muchacho por los hombros y apenas entrar por el hueco de la puerta, subir con dificultad la escalera y dejarse caer con cuidado sobre la cama, pues aunque Caporala sugirió llevarlo al hospital, o a donde fuera, el conductor le advirtió que no, que Alejandro no quería, y que, por otra parte, tampoco parecía que fuera a morirse, igual no tenía demasiado roto, que a lo mejor – dijo –  sólo algunas costillas, lo de la cara y eso de los dedos.
Durante todo el domingo sufrió de agitaciones, profirió palabras sueltas e inconexas y lo sacudieron escalofríos con temblores y sudores repentinos. Movía los párpados y respiraba sobresaltado. Caporala le había puesto una muda llorando y rezando con un ardor que ignoraba. Entre oraciones improvisadas y ancestrales, que ni pensaba ni meditaba, se persignaba, pedía que una fuente divina  fluyera deprisa sobre el cuerpo de aquel hombre que sólo una humanidad tan tremenda – pensaba para ella,  y asentía con la cabeza a la vez – podía aguantar las heridas y las hinchazones que veía, el cansancio y el hambre. A lo mejor también, quién sabe, sí – afirmó – hasta con la muerte. Lo puso con trabajo boca arriba y lo tapó como ya casi no recordaba haberlo hecho con su marido el año que estuvo malo y, al hacerlo, le gustó recordarlo. Fue cuando chasqueó la lengua y deslizó la mano con nostalgia y cariño premeditado por encima de los deshilachamientos de la colcha, y reconoció que era una colcha indigna para él.
Alarmada, había entrado en el cuarto Ernestina, seguida a medio vestir por Yoli. Entre las tres prepararon agua caliente y caldo. A lo largo del domingo y el lunes lo lavaron a intervalos y  lo desinfectaron frotándolo con paños húmedos o empapados con agua oxigenada. Con paciencia le fueron introduciendo entre los labios sustancia de gallina, la misma que se preparaba y daba a las parturientas anémicas. La noche del lunes transcurrió mejor. Y ya, durante la mañana del martes, Alejandro quiso levantarse, pero Benilde y otras dos putas lograron impedírselo. Fue en ese rato cuando le cogieron las manos, lo miraron a los ojos y le dijeron un chiste pequeñín y verde que sabían, pero bien interpretado y avenido para que las facciones tumefactas y las huellas de las mejillas y la frente le tomaran otro cariz y supiera que se encontraba entre amigos.
Apenas le brillaron un poco los ojos al enfermo. Miraba con mucho, con mucho  cansancio y lejanía. Le pesaban los párpados, y con el menor movimiento sentía el dolor agudo que le producía el roce de la sábana contra los dedos de los pies y las manos vendados pero sin uñas. Miró a las mujeres agradecido, consiguió doblar un poco las piernas y, forzando un gesto, que seguramente pretendió que fuera sonrisa, susurró “este dolor, este dolor”, cerró de nuevo los ojos y, sin decir nada más ni poder dar la vuelta, tragó saliva con dificultad, y en la misma posición se quedó  traspuesto.
Por la tarde le dieron una sopa de lluvia con caldo de pollo y la tomó. Tomó también trocitos de pan y dos de pescado blanco. En general le habían disminuido las inflamaciones, y aunque los hematomas iban tomando colores amarillentos y cenizas, la fiebre de los dos primeros días le habían ido desapareciendo y una luz de franca mejoría se palpaba, se le producía a pasos agigantados. Tras levantarse el miércoles y asearse un poco por sí mismo, pasear despacio por el cuarto, acostarse la siesta y bajar con precaución la escalera, fue capaz de bajar y asomarse a la puerta de la calle, frente a la cual se había instalado un fotógrafo ambulante. Le llamó la atención porque era un fotógrafo con bigote enorme y sayón a rayas, de los que recorrían el mundo con una gigantesca cámara negra montada sobre un trípode altísimo, y que sacaba – como luego comprobaría Ernestina, loca de alegría – retratos en tres minutos exactos sobre fondos de volcanes japoneses y ríos azules, retratos que revelaban en un caldero con agua y quedaban tocados por un color ocre que prestaba a las pupilas de los retratados una llama infernal, cual  fantasmas cogidos in fraganti en laberínticos estratos de la noche.
Fue también el miércoles cuando Caporala le comunicó que el lunes don Eufrasio el Moro había mandado a un tal Saturnino para ver qué había pasado, que  por lo visto no había vuelto por los talleres y tenía pendiente de cobrar la última semana de jornal. Se alarmó, pero luego sonrió con tristeza. Disponía de un rato para poner en orden las ideas que tan deprisa se le amontonaban. Y estas ideas, como siempre, le era preciso conocerlas una vez más y ponerlas a trabajar de manera eficiente, lo cual no quería decir sino volver sobre ellas retrospectivamente y en sentido inverso, y obtener, a partir de determinados efectos, causas concretas de procedencia, certidumbres, piezas vertebrales de conocimiento que en definitiva era lo que buscaba. Pero así como estaba ¿ adónde iba ? ¿ qué podría hacer ?
Después de un rato, y tras convertirse lentamente los ruidos del patio en pequeñas minucias provenientes de cocinas cercanas, sintió como si le doliera la memoria, como si se la obstruyera un témpano de tiempo, o las mismas oblicuidades de los acontecimientos con sus intersecciones múltiples, las que desvían la atención de la mente y la equivocan porque discurren bajo ciertas condiciones y que, a menudo, ante la imposibilidad de descifrarlas, solemos denominarlas líos y complicaciones sin más y acabamos por abandonarlas. Reflexionó sobre el ritmo vertiginoso con que le ocurrían las cosas y la vida. Se dijo que la suya era un viento, un viento que todo lo trajera y lo llevara, lo arrastrara y terminara por diluirlo y hacerlo desaparecer. Y que eso era así, aunque luego vinieran otros y  creyeran que nada de esto en realidad hubiera ocurrido…
Aspiró varias veces. Se puso de pie y fue a orinar, hecho éste que le causó mucho dolor. Abrió la fuente y, con los dedos sanos, se mojó los labios y las mejillas. Cuando se encontraba con ellos bajo el agua, sintió necesidad de maldecir a toda aquella canalla, de salir corriendo y asaltarlos a golpes y desfenestrarlos, sintió deseos nauseabundos de utilizar todos sus recursos. Pero pudo comprender que constituiría la prostitución moral más miserable. En alguna parte de sí mismo sabía que debía desecharlos, y durante mucho rato estuvo sufriendo para conseguir que así fuera.
Detuvo en al aire los dedos, se los miró y, a desprecio de toda resignación, se dijo con desdén que eran mortales. Pero era verdad y era falso, porque enseguida una tristeza penetró por las fisuras que dejaba esta afirmación. Le afloraron las lágrimas, le dolieron los labios y de nuevo los párpados bajo una explosión interna de ira. No sabía en realidad qué hacer. De rodillas, junto al lateral de la cama, con la cabeza apoyada sobre ella, cerró los ojos y, amparándose el estómago con las manos, se quedó un rato allí, quieto, buscando que la quietud le hablara la lengua de los desamparados, porque era exactamente así como en ese momento se hallaba y se sentía. Cuando al fin logró incorporarse, supo que, frente a la dictadura, indefectiblemente debería adoptar una postura práctica, la que fuera, de la cual, y después de diez años, nadie sabía muy bien si daba coletazos de muerte o bien, y por el contrario, mostraba su fortaleza y se concentraba para consagrar un sistema cerrado y mortífero sin límite en el tiempo.
Se dijo y procuró interiorizarse que quizás lo ocurrido no constituyera sino un modo de tomar contacto personal y directo con la cruda realidad. “Ojalá – deseó – pudiera tener alguna luz y no esta joía mierda que no me deja ver ni leches”. Malhumorado dio la vuelta alrededor de la cama, cogió la revista francesa que se encontraba en una de las baldas de la ropa y se sentó sentó en la silla. Contempló la portada que ya conocía y, hastiado, la dejó sobre la cama porque en realidad no podía leer, no lograba concentrarse y olvidar el revoltijo de sentimientos y sucesos que acababan por convertírsele en una vorágine en cuanto se descuidaba. Estiró las piernas como solía hacerlo y, con los ojos cerrados, y las manos unidas, le fue sobreviniendo un relajamiento, una paz que lo llenó y absorbió hasta adormecerlo. En este duermevela se interrumpió para decir como sonámbulo ¿ cooperante… ? ¿ o no ser ? Y es que, hondo, y lejos, estaba vislumbrando la sonrisa irónica de Hamlet que, después de tanto tiempo, ni siquiera se había retirado de semejante instante crítico.
En una somnolencia cuasi mística se dijo imperceptiblemente ¡ si lograra construir…! y apurando el lapsus, abrió poco a poco los ojos y dijo “ya veremos”. Más despierto, pasó las páginas que ya conocía y, allí, a la vuelta de la hoja, vio y leyó entonces con avidez y precipitación, ansiando saber qué ponía. Porque, efectivamente, aparecían varias fotos de María Eugenia. Si, sí, era ella el día de su boda, en el preciso momento en que su tío, el Cardenal masón, santificaba el enlace. Sin embargo, el centro de la noticia consistía en que doña María Eugenia, hija de los Condes de Aguas Dulces, terminaba de pedir su ingreso en la Orden de la Santa Claridad, tras haber sido anulado su matrimonio, rato y no consumado, por el Santo Tribunal de la Rota.
Dominado por la prisa y la estupefacción continuó leyendo el reportaje. Poco importaba lo demás si no eran pequeños detalles, como el que hacía alusión al escaso tiempo transcurrido desde su boda y esta vocación tardía, que el artículo afirmaba haberle nacido en realidad cuando la unigénita de los condes aún era escolar.  Parecía no acabar de reponerse de ésta doble sorpresa. ¡ Y cómo el Cardenal, cómo… ! E hizo memoria, pero no consiguió dar con algún rastro antiguo que pudiera haberlo relacionado con María Eugenia. ¡ Vaya coincidencia ! – se dijo – ¡ Vaya, vaya ! – y lo repitió ensimismado. Se empezaba a sentir distinto, le renacía un ánimo que lo transportaba a un estado exultante en el que casi podía oír cómo le corría el entusiasmo por la totalidad del cuerpo y se lo mejoraba.
¡ Cómo estará ! pronunció en alto y poniéndose en pie. Intentó sonreír levemente al recordarla. Luego bajó la cabeza, levantó con esfuerzo los talones hasta verse la punta de los pies, y la imaginó con impaciencia. No huía de la sala del botiquín, sino que permanecía allí mismo, con él, reposando sobre su brazo izquierdo, junto a su cuerpo, y él recibiendo de ella aquel calor que recordaba, tan agradable. “Es increíble”, y siguió meditando y repasando el tiempo porque le gustaba y se instruía con aquellas pocas horas de entonces (Pero ignoraba aún que lo hermoso es frágil y aparente, y sin que sepamos por qué ni cómo, se desnaturaliza y nos deja transformados a los seres para siempre. Incluso irreconocibles) Oyó algunas voces en la parte alta de la escalera. Posiblemente fuera Berta con algún cliente. A esas horas ya no era probable que alguien se acercara a su cuarto. Abrió un poco las contraventanas y aspiró con ansia el aire, el sabor agridulce que traía la noche.
En el fondo del patio, lleno de cachivaches amontonados y mondas caídas, se oía roer y arañar, se movían papeles y la luna pegaba sobre la parte alta agujereando sombras llenas de miedos, de cuartos destartalados por el amor y el insomnio. Sin embargo, aún miraba a lo alto del cielo cuando llamaron a la puerta. Dijo “adelante” y apareció Caporala, con un trozo de bizcocho y miel. Al decirle que si podía dejarle el despertador porque mañana quería levantarse a las ocho y quería asegurar la hora, Caporala se puso como un basilisco, le dijo que adónde iba a ir como estaba, que no y que no, que mejor sería que… Entonces él reconoció que se le hacía visible en los entresijos de la amistad, y no supo qué decirle ni contestarle, pues se encontraba indefenso, anonadado frente a estas marcas indelebles que, sin esperarlas, le proporcionaba aquella mujer. Unos instantes después de haberse ido rezongando, Yoli subió corriendo con el despertador, lo dejó, y bajó saltando los escalones de dos en dos. Con una sonrisa irónica le dio cuerda y lo colocó en la mesilla, cercano a la cama. Acostado, y al tirar para arriba de la ropa, recordó al Cardenal. Pero cerró los ojos y fue a María Eugenia a quien tocó de nuevo con el extremo de la imaginación.
……………………
……………………
……………………
A medida que se alzaban las copas parecían diecisiete locos recostados unos contra otros cantando, improvisando solos o en grupos instantáneos porque todo valía, levantaban copas de lo que fuera y brindaban por la madre que los parió, por el año que viene, por el curso que terminaba y el cabrón  del director, que allí estaba, y se había puesto la servilleta por babero, lo de arriba para abajo y bebía y cantaba a la vez, empeñándose en dirigir a toda costa con un tenedor una orquesta inexistente y embriagada, mientras con la otra volvía a beber, y a fumar ahora y luego, ronco y colorado como la grana viva, dado que un director que lleva un cuerpo de ciento treinta kilos dentro de un traje con corbata, y veinte o treinta copas llenándolo y empapándolo por todas partes, aquel hombre ya no es hombre ni tampoco un director, es algo increíble que suda, enronquece y se le caen los ojos por todas partes, es decir, sin remedio, sin descanso ni remisión alguna. De forma discreta, la gitana y el gitano optaron por dejarlos solos del todo, del todo y por imposible.
Cuando hablaban como tartajos y ya no eran capaces de sostener  una copa en alto ni el equilibrio del codo sobre la rodilla – porque  todo lo probaban – y más que andar arrastraban los pies por el suelo y el culo por asientos y bancos, cuando se habían derramado y caído por la mesa, por las sillas y el suelo el vino, el anís y las colillas, y los vapores del diablo se mezclaron con el humo – el cual no acababa nunca de salir a pesar de encontrarse completamente abiertas las ventanas – alguien dijo entonces “qué coños ni qué jodiendas, ahora habrá que tirar y rematar el córner ¿ o no ?” Y muertos de risa y respirando mal, se las arreglaron para ir de putas metiéndose en dos taxis que consiguieron a esas horas de la noche corriendo por los cruces de  las calles adyacentes y agitando y dando vueltas y vueltas al aire a los jerseys y las chaquetas, y aparecer por Correlén tambaleándose con hipos imponentes, llorando y dándose abrazos y besos con insistencia.
Los cafés que Alejandro pidió en Las Dos Gemelas los alivió. Al verlo, Caporala lo besó muchas veces y no lo soltaba. (Se hacía cruces de lo chispa que estaba, pero no lo soltaba) Hacia El Trago Doble adelante marcharon después. Cuando ya les dolía menos la cabeza ( porque ese dolor interno e indefinible que se pone entre las cejas y la parte en dos y hace temblar las piernas y cerrar los párpados había disminuido, pero que no obstante y sin saber de qué manera el reloj se ciega  y se va y se va, y ya no para de alejarse de la hora propicia y razonable y al final se vuelve loco a fuerza de vueltas y desvaríos) se desperdigaron por la ciudad adelante como pudieron, y más confiaron en el instinto y en la mera suerte que en sus cabales y fuerzas. Pero volviendo los bolsillos y riéndose, algunos dijeron que qué perra vida, que no  les quedaba un céntimo, que qué ruina, otros habían olvidado dónde vivían, pero la mayoría no recordaba si vivía para arriba o para abajo, y se tomaron a chufla y chirigota unos a otros como lo venían haciendo desde hacía horas, por lo que, sin saber en absoluto cómo, acabaron desapareciendo de las aceras de Correlén tragados por la noche y el son de la memoria.
No hacía frío, y la noche, al rielo de una luna leve y blanquecina, tiraba rocío para abajo. Mientras se acercaba a casa, dadas las dificultades, Alejandro no pudo evitar un susto formidable, pues el señor Luis, el sereno, cubierto por un capote viejo, salió de repente del refugio de un portal con el farol en alto y estuvo a punto de provocarle un shock definitivo. Cuando estaba dispuesto a quitarle el palo que llevaba y a tundirlo con él, el sereno empezó a decirle “pare, paré, que soy el sereno, el sereno…” Pasado el primer mal trago, el señor Luis, con señales rápidas de precaución y urgencia, se apresuró a llevarlo al lugar de donde había salido. Le dijo a trompicones que llevaba mucho rato esperándolo sin parar para arriba y para abajo porque habían matado a Paco, por lo que no se le ocurriera acercarse a la casa, que estaban vigilando. Como una descarga eléctrica adquirió la lucidez al saber que Paco había muerto. Durante más de dos horas un sinfín de policía y Guardia Ciudadana, le explicó el sereno, había rodeado el edificio, y que, mientras dormían, habían detenido y llevado a Mateo y Amanda, a la señorita Laura y a don Pedrito Mínguez, ya que a todos los tenían por brujos, revolucionarios y putas de la peor estofa.
.- No les dieron tiempo a nada, señor Alejandro, hijo – le comunicó angustiado y con la voz entrecortada el sereno -. Y, además, eran tan tan brutos que, cuando los vecinos empezaron con los silbatos ya no hubo remedio. Ninguno, no señor. Una pena, señor Alejandro, una pena. Los llevaron a los pobres medio desnudicos en unos coches negros, sí, me pareció que en dos. ¡ Huy, huy, pobrecicos, si los hubiera visto usté, qué lastima daban, qué lástima, y les arreaban unos empujones y unos vergajazos… ! – se lamentó el hombre restregándose la nariz y los ojos -. Desde allí los vi, mire, desde allí mismo – y señalaba con el dedo hacia un trozo de oscuridad.
De Paco apenas sabía más el sereno. Lo único que les había oído es que se había roto el cuello cuando huía por las azoteas y tejados de no sabía dónde. Pero que, en definitiva – le dijo – no debía ni acercarse, todavía quedaban dos de la Secreta esperándolo, y que, además, por lo visto, preguntaban a todo el mundo dónde estaba y quién era el compañero de habitación de Paco Fuertes, ya que Mateo se había negado en redondo a hablar.
.- Coja el pendín, señor Alejandro, coja usté el pendín ahora mismo, como dicen en mi pueblo y no pare, que éstos…, éstos no paran en mientes de ná. Les da igual so que arre. Ya, ya hace tiempo que lo tengo yo bien visto, ya. Y total, señor Alejandro, por Paco, el pobre, poco pué hacer ya – remató el sereno escondiendo aún más el farol bajo el vuelo del gabán.
……………………
……………………
……………………
María Eugenia se encontraba oyendo misa en la capilla “Ave María del convento”. El dolor estaba en su corazón y su corazón en el dolor. Arrodillada en el extremo de un banco, junto al confesionario, dirigía sus ojos a una Inmaculada cual si fuese viviente, la cual, y en cualquier momento, podría bajar del sitial y abrazarla con palabras de ternura, jamás dichas a nadie. La concreción de esta esperanza constituiría un milagro único y suyo, deliberadamente excepcional. Con miradas intensas y suplicantes se dirigía al Cristo crucificado que se encontraba a su derecha, presidiendo la pared desnuda. Se concentraba en las cinco llagas, y luego se quedaba un rato en la corona de espinas con un embelesamiento especial y contrito. Bajaba finalmente a los párpados caídos y doloridos del Salvador y aquí parecía que el corazón se le volara y se le fuera como una mariposa. Y nunca, nunca sabría cuántas veces, durante los últimos meses, ante los Cristos de todas las iglesias habría ido confesando a voz en grito los ardores de su alma, sus enormes pecados, sus terribles desvaríos y crímenes horrendos.
Porque ya, y previamente, había buscado los confesores más piadosos y bebido el agua santa de todas las pilas de iglesias, ermitas y oratorios posibles. Hubo un tiempo en que llegó a sentir materialmente la espada de fuego del arcángel sobre su cabeza. “Seguramente, se decía, las penitencias no sean suficientes”, por lo que por sí misma se imponía rezos de rosarios matutinos y vespertinos, novenas y sabatinas, tedeums, primeros viernes de mes, adoraciones nocturnas, y hacía ofrendas de flores y demás sacrificios y aportaciones de carácter extraordinario. Pero, en el fondo, María Eugenia siempre quiso ser madre y a la vez santa. Viendo a la Sagrada Familia creía que, aun prematuramente, por eso la había casado el Señor, y decía que esta obsesión la había tenido desde los primeros tiempos en el internado de las Hermanas Mártires de la Beatitud Excelsa. Y ahí se detenía, porque en realidad la habían bajado con calcetines del coro a la capilla del colegio para convertirla en esposa riquísima, en dama de altísimos vuelos de la sociedad aristocrática de la triunfal Impaia de posguerra.
Es desde ese momento cuando María Eugenia López y de las Casas – alta, esbelta, ojos negrísimos, hija del Excmo. Señor Diputado en Cortes don Artemio López y López de la Cascada, Conde de Aguas Dulces, y su esposa doña María Fernanda de las Casas y Lapertier, sobrina del cardenal Primado don Mauricio de las Casas – consultor del Tribunal de la Rota, experto en asuntos internacionales y gran megalómano – se convierte en la esposa de don Ninforte Arenal y Folgoso, Tercer Marqués de los Predios, Intendente Superior de la Policía de Control Político, Director Gral. de la Compañía Nacional del Petróleo, S. A., miembro Excelente de la Obra Pía para el Camino del Señor y Caballero de la Santa Orden de Abstinentes y Castos para la Devoción Eterna.
Habría de ser a partir del segundo día de cita en el botiquín de la Compañía del petróleo cuando María Eugenia descubriera que una especie de mal se había apoderado de la ciudad, pues empezó a percibirla densa y oscura, le provocaban las personas, las calles y los tranvías, cualquier cosa le molestaba y le provocaba diluvios de contrariedades. Le irritaba todo. Y no era consciente, ni siquiera del mal sabor de boca que se le había puesto y que la condujo a un estado abúlico y anémico del que ningún médico nacional ni extranjero consiguió emitir un diagnóstico definitivo. Al final, vencidos, dijeron que tal vez consistiera sólo en cosas de mujeres o de nervios y que eso no se podía controlar. En este tiempo fue cuando, a fuerza de sufrir y esperar, comenzó a sentirse mortal, cuando un día imitó a Alejandro y con los dedos se recorrió el cuerpo y, al encontrar los pechos, se estremeció. Pero ¿ cómo es esto ? ¿ y por qué ? se dijo más de una vez pálida y como muerta y casi sin querer, tratando de recuperar la visión distorsionada que le ofrecía lo que fue.  (Porque todavía las fuerzas de su alma se resistían a reconocer que por un día, por dos días había dejado el cuerpo y viajado por las estrellas y regresado sin más a una tierra oscura y de desolación.
……………………
……………………
……………………
Al salir del plantío y penetrar en el prado se quedó estupefacto. A los pocos pasos se detuvo, cogió un puñado de tierra y, con el ceño fruncido, lo observó con absoluta incredulidad buscando una razón, una bacteria o virus que hubiera corrompido y comido así la tierra, algo capaz de darle aquella apariencia de desgranamiento y sequedad hasta cubrirlo con aquella capa de moscas, hormigas rojizas y cucarachas a medio desintegrar, cuyos caparazones agitaba y levantaba la brisa y los depositaba luego en cualquier parte con restos de cardos, polvo y mohosidad general.
Recordó que echó en saco roto el mensaje que el profesor le había transmitido de parte de Clementino. Nunca lo hubiera creído y lo lamentó. Tiró el puñado de tierra y apresuró el paso, pero volvió a ralentizarlo porque el daño era mucho y resultaba indescriptible.
Comparó y, a su espalda, la naturaleza se mostraba verde, espléndida, como la había visto en ese tiempo durante toda la vida y no, no podía ser que de repente todo estuviera apagado, como gastado, prácticamente muerto, era espantoso. Cogió unas briznas de hierbas secas, que parecían provenir de la última primavera y se le deshicieron en los dedos. Posiblemente – dedujo – hubieran pasado no una, sino dos primaveras consecutivas sin que hubiera nacido hierba. ¡ Cómo podía ser !. No tenía respuesta. El entorno se mostraba desolado: no había pájaros ni gente. Reinaba un silencio absoluto y se oyó andar a sí mismo, y cuando se detuvo, el silencio lo sintió en el oído con agresión. No, no podía creer que la vida se hubiera alejado de aquella manera monstruosa, no podía ni debía admitirlo. Se dio cuenta de que, donde antes había habido manantiales cristalinos durante todo el año, ahora encontraba hondonadas agrietadas y sucias, o árboles secos, renegridos y comidos por dentro por las polillas, cayéndose a trozos y dejando al aire sendas podridas y agujeros en todas direcciones. Se restregó los ojos, se pasó la mano por la frente y tosió con debilidad varias veces y súbitamente pensó en Dios. Volvió a detenerse. Se tocó por dentro y sólo sintió congoja y prisa por llegar a Gerome y ver a Clementino o a quien quedase allí. Quién sabía qué podría haber ocurrido o estar ocurriendo aún.
¿ Cómo es posible – caminaba deprisa preguntándose y mirando aterrado – que semejante hecho no hiciese cundir alarma en el Gobierno de Impaia y que el país entero no estuviera alerta frente a semejante calamidad ? ¿ sería el miedo ? ¿ creerían acaso que sería mejor ignorarlo, en lugar de procurar aliviar o intentar poner fin a semejante catástrofe ? Parecía imposible de creer.
Un escalofrío repentino le convulsionó el cuerpo. Se repuso y continuó hasta las primeras casas. Al toparse con las tapias derruidas de la huerta de la tiá Morritos, tuvo una impresión  extraña: como si de repente lo hubieran abrazado, rodeado, más aún, lo hubiera  poseído algo, como si alguien hubiese alentado con su aliento, no sabía bien. Se removió inquieto y miró al aire, a las paredes y al suelo, y luego fijamente las manos. Había tenido la impresión de que algo intangible e inconmensurable lo hubiera interpenetrado, o él hubiese entrado en un campo extraño, en otros dominios invisibles pero reales. No, no podía saberlo a ciencia  cierta. “Quizá sólo sea miedo, a lo mejor es eso, y si es miedo tengo que vencerlo como sea, no hay otra salida”. Estaba absolutamente inquieto.
Nada se movía. Sólo una masa inerte parecía configurar el pueblo y allí estaba, presente sin más. Cruzó con lentitud las primeras calles y continuó a lo largo de Santa Isabel de la Patria con la iglesia, en la que el derrumbe había llegado hasta el crucero. Después contempló de cerca el potro de herrar, corroído ya, y la puerta de la fragua cerrada, al otro lado de la calle los talleres cerrados y quietos. Un poco a la derecha, su propia casa, con la fachada también hermética, varada, como si estuviera dormida y ceñida a un ser íntimo de desgracia y soledad.
Con precaución se acercó, puso el oído sobre la puerta de la fragua y empujó, pero no cedió. Entre el polvo acumulado y podrido optó por atravesar la calle e inspeccionar los talleres, cuyo exterior aparecía en idénticas condiciones que el resto de Gerome: quietud espectral y signos del desmigamiento que iba derribando todo poco a poco. Las paredes habían echado cardenillos sobre los marcos de las puertas y tenían desconchones en la parte alta, la pintura se había caído y las letras estaban decoloradas, con reguerones y ennegrecidas. Presionó sobre el chavetón y empujó. Se sorprendió que la puerta cediera. Quedó impresionado por el aluvión de recuerdos que de golpe le acudieron. Detenido en la entrada, aparecieron de repente sus padres vivos y muertos. Tembló ante la visión y, por unos instantes brevísimos, revivió el día de la plaga de las moscas. Allí estaban y pendían sin desmontar aún los enormes ventiladores que compuso con su padre, callados y quietos los depósitos de la muerte, el horno apagado, la escasa maquinaria de labranza dispuesta en perfecto orden un poco más allá, y el silencio pegado al inmenso techo y a las paredes. Sintió la soledad interior y la que provenía de una calle sin pájaros. “Dónde estará Clementino – pensó -. Igual también se ha ido. Quién podría quedarse aquí” – razonó -. Por un momento lo aturdió la posibilidad de hallarlo muerto, pero le abrió el ánimo el hecho de no haber descubierto la Guzzi por ninguna parte. Clementino, en todo caso, de haberse marchado, habría atrancado la puerta. “No, no puede ser. Clementino es cuidadoso, y listo”, terminó advirtiéndose para sostener a toda costa la esperanza de encontrarlo.
………………………
………………………
………………………
A partir de ese momento Alejandro comenzó a tomar conciencia exhaustiva acerca de todo y cada cosa. Además de Clementino, la cabra y las gallinas, en Gerome habían resistido Jacinta la Pelucas y Mohamed Jassar. Mohamed Jassar era de procedencia mauritana. Había luchado con la legión impaiense y era pensionista retirado por lesiones de guerra, las cuales, además de afectarle a la cadera derecha, le habían hecho perder los dedos anular y meñique de la mano izquierda. Había llegado un día con una “troupe” de santeros “curatodo” que decían ser capaces de detener males sin nombre, cuando la tierra ya se ahuecaba y ponía mohosa y el agua de los pozos había empezado a salir sosa como barro, cuando había empezado el éxodo alocado y despavorido de familias enteras hacia las regiones industriosas o hacia el extranjero y se aseguraba que el mal se veía traspasar la carne y los huesos, llegar a la cañada y andar de acá para allá día y noche, royendo y buscando qué comer, y los viejos y los niños apenas duraban más allá de una semana. Había sido Jassar testigo de que, en pocos días, los árboles perdían las hojas y se secaban, que los cultivos y las praderas en escasas horas tomaban el color del aceite y al día siguiente el ocre pálido y definitivo de la muerte. Asimismo los animales, pues en cuanto empezaban a toser y a atragantarse, ello constituía la señal inequívoca de que el mal lo tenían dentro y que jamás les saldría ya. Mohamed Jassar en tales circunstancias dijo que no y que no, que ya no daba un paso más por el mundo, que vistas las cosas y si la señora Jacinta lo deseaba, se quedaría con ella para hacerle conjuros de mucha suerte y cantarle de por vida boleros africanos. Y Jacinta quiso.
Solían verse con Clementino. Se ayudaban mutuamente, se contaban avances y resultados, sospechas y presentimientos. De forma similar, Mohamed Jassar y Jacinta la Pelucas pasaban la fuerza del día separando tierra por cualquier lugar, ya que por ninguna parte había dueños de nada. Observaban por donde andaba el mal y lo expiaban, o sacaban agua de pozo en pozo para compararlas y ver cuál sabía menos sosa y beber de ella porque el río les quedaba lejos. Al atardecer, Mohamed pasaba el brazo por los hombros de Jacinta y como dos enamorados se iban hasta enfrente de la iglesia y se arrodillaban, y mientras Jacinta rezaba en cristiano, Mohamed Jassar, cara al sur, y más allá lanzaba una mezcla de invocaciones y conjuros para reforzar los rezos de Jacinta y que ambos les valieran. Supo Alejandro que tampoco había cementerio nuevo, que, con la prisa por huir, cada cual, si podía, había optado por recoger su muerto incinerado y llevárselo cuanto antes bien lejos de Gerome. De los orcones no sabían nada. Creían que quedarían pocos. Desde la muerte de Oceda y Amindo no se les oía, si quedaba alguno no habían vuelto a saber de ellos.
“Tenemos que luchar sin miedo”, les dijo Alejandro rotundo a los tres después de verlos  rezar frente a la iglesia aquel mismo día por la tarde.
……………….
……………….
……………….
En el día veintisiete de ayuno le sobrevino sin embargo y sin aviso la tristeza. Había tomado un vasito de agua con un poco de azúcar disuelto y salido de casa sin ningún palo ni cayado con que ayudarse. Se había aconsejado a sí mismo que se debía esforzar por andar y andar solo, sin apoyo alguno, aunque cayera y tuviera que sufrir para seguir. Así debía ser si en verdad pretendía alcanzar la categoría excelsa de servidor a que aspiraba: la de convertirse en autosuficiente y ser útil por tanto ante cualquier circunstancia y condición. Pero ya, en los primeros recodos de las últimas casas, había sentido cómo le oprimía el corazón, cómo sin causa aparente se le obstruía la garganta y le costaba alentar y caminar incluso. Sin saber por qué sintió abiertas ganas de llorar y notó la pesadez de los brazos, los cuales llevaba laxos y abandonados con la mayor simplicidad. ¿ Acaso me estaré muriendo… ? ¿ qué me está pasando ? dijo al detenerse y apretar sin conseguirlo el puño derecho porque tampoco los dedos le respondían. Entonces volvió a verse de noche en los jardines de la Puerta de los Judíos. Negó y negó una presunta depresión, y se dijo que, si así fuera, la vencería, porque nadie, nadie con tristeza – se aseguró con rabia – puede dar alegría y él rabiosamente la necesitaba, motivo por el que decidió voltear la conciencia al lado contrario y, con gran esfuerzo, esbozar una sonrisa y mantenerla allí, fuerte, quieta, persistente, apretando las mandíbulas porque le costaba hacerlo. Nada ni nadie podría arrebatarle esta minucia para intentar vencer.
Al cabo de un rato notó el cuerpo más ágil y el alma con mejor disposición.  Aprovechó entonces para reexaminar los emisarios que ya conocia y de que se valía la soledad ¿ qué podría obtener si no llegara a dominarla – se dijo – ¿ a qué o a quién podría ayudar ? Y durante aquel día veintisiete de ayuno, y el veintiocho y veintinueve se dedicó en exclusiva a enfrentarse al tiempo, al silencio y al dolor. Y si frente al tiempo y al silencio se quedaba quieto y quieto horas y horas sin movimiento exterior ni ruido alguno y pensándolos tal cual serían, con el dolor, en cambio, optó por evocarlo directamente, por lo que consiguió no sólo congregar a través de la memoria dolores pasados de todo tipo y condición, sino de hacerlos presentes y sujetarlos al cuerpo de forma perenne y resistiendo, hasta transformarlos y adquirir con ellos un ritmo de vivir integral y sosegado de poder.
El día treinta y cuatro María Eugenia se presentó en Gerome. Era a la hora de los rezos y apareció en un Chevrolet negro, de ésos grandes y relucientes con conductor uniformado y señorita de compañía. Alejandro, que a esas horas recorría a pie un teso cubierto de viñas mohosas y encinas descuajadas, divisó allá abajo, a lo lejos, algo que se movía y que, al hacerlo, dejaba tras de sí un reguero ingente de polvo por el camino de Milagros. Qué será, se preguntó atento y sorprendido. Y a fuerza de aguzar la vista descubrió que se trataba de un auto levantando una estela de polvo enorme que cubría el camino y que se elevaba hasta ocultar la vaguada por la que venía. Al cabo de un rato, y para avisar a Alejandro, se le ocurrió a Clementino subir al campanario y disparar una bomba que aún guardaba de la boda de Lucía la Mielga. Al oír tan tremenda explosión y ver suspendida la efigie del humo entre nubes, Alejandro no lo dudó, dejó con determinación el teso y con toda urgencia regresó a Gerome.
En la misma plaza, frente a la puerta de la iglesia, encontró el Chevrolet detenido con las ventanillas bajadas, a Clementino recostado con postura indolente sobre el asiento de la Guzzi y a Jacinta y Mohamed de pie, junto al coche, quietos, mirando y con los brazos cruzados. Al verlo, con las zapatillas de esparto reventadas y la camisa y el pantalón llenos de suciedad y sudor, Mohamed dijo contento y en alto “ya está aquí el señor Alejandro”. El chófer descendió rápidamente con la gorra bajo el brazo, quien procedió a abrirle la portezuela a su señora con una ligera inclinación mientras salía. María Eugenia aparecía resplandeciente.
…………………….
…………………….
…………………….
Cuando en la Administración de Impaia descubrieron la identidad de Alejandro, algunos negociados policiales y políticos desempolvaron con urgencia sus expedientes e hicieron alusión a Paco y a los presos y detenidos de la casa-laberinto, y asimismo salió a relucir la inconveniencia por ser hijo de masón represaliado y asesinado incluso. Alguna nota apuntaba a su posible vinculación con el atentado que había costado la vida al Cardenal Primado. Los embajadores pudieron constatar las dificultades que sus buenos oficios no lograban vencer. La negociación fue árdua y, mientras estuvo Alejandro presente y a modo de descuido, habían aparecido pistolas sobre la mesa.
Una concesión “sui géneris” con cláusulas especialísimas de reserva nominal y fijación de indemnizaciones, en caso de que hubiera que expropiar la propiedad personal anterior invocada, y amplísimas facultades sobre espacio aéreo y reversión a todo riesgo y sin condiciones, se alcanzó cuando al fin los dos últimos extremos se concretaron: el del plazo, de veinticinco años (fecha que enmarcaba la reversión obligatoria y automática para el veintiuno de noviembre de mil novecientos setenta y cinco) y el del canon, que ascendería a mil quinientos lingotes de oro a pagar en una entrega inmediata y dos aplazadas. En calidad de contraparte única del Estado de Impaia, el acuerdo fue suscrito por Alejandro. En cuanto testigos, garantes  y partícipes comisionados ante posibles deliberaciones interpretativas que al efecto pudiera suscitar la concesión, firmaron los embajadores.
Consecuencia del acuerdo suscrito fue la fiesta celebrada en la embajada americana. Asistieron representantes de embajadas y legaciones acreditadas, a quienes se les dio a conocer la medida como fórmula moderna de regeneración, colonización y progreso de zonas interiores deprimidas. Tampoco escatimaron esfuerzos los medios oficiales en partes y noticiarios. Aquella noche el profesor Laínez y Alejandro intuyeron que los servicios secretos de los países firmantes no resistirían la tentación de indagar y hacerse depositarios del porqué y cómo de aquella posesión sorprendente de oro, del cual, aparte de ser recibido por el Gobierno de la  dictadura, al igual que el de otras procedencias, nunca llegó a decir otra cosa si no fue alabar su pureza exquisita.
Y cuando Alejandro les dijo a Clementino, a Mohamed y Jacinta que aquello era  – para que lo entendieran – como si casi hubiera medio comprado los siete pueblos durante veinticinco años, se quedaron extasiados y no podían comprenderlo. Volvieron a preguntarle que qué quería decirles, que cómo iba a comprar los siete pueblos y para qué los quería con aquel destrozo … “Señor Alejandro – le dijo Mohamed alarmado – yo por más que he echao los conjuros y  le he rezao a Alá y hasta al señor Jesucristo también… y ya ve cómo sigue esto…”. Pero, una vez que Clementino hizo alusión al dinero necesario y  a la inutilidad de comprar los pueblos, dado que a fuerza de quitar y quitar capas de tierra pronto llegarían al agua, y les preguntara que qué pasaría luego, fue cuando Alejandro les pidió, que al menos, fueran a ver su huerto. Y fueron. Y allí les mostró las insignificantes hierbecillas que no consiguieron encontrar en ningún otro sitio, y cuando les insistió en la esperanza e intentó hacerles ver que aquella exigua muestra tenía que constituir la evidencia del triunfo, del esfuerzo y la paciencia, les preguntó:
.- ¿ Sigo contando con vosotros ?
……………………….
……………………….
……………………….
Aunque se le presentía, a Alejandro cada vez se le veía menos. Solía presentarse de improviso en cualquier parte en zapatillas, con las mangas de la camisa remangadas como siempre y hablaba con cualquiera, o se ponía a jugar al fútbol unos instantes con niños y muchachos y se iba, o recogía papeles del suelo sobre la marcha arrojándolos a papeleras. Muchos de los que iban llegando ni siquiera lo conocían. Seguramente fuera éste el tiempo en que prestó gran dedicación al laboratorio. Tal vez cuando, en secreto, fue a visitar a Caporala en el Santo Hospital y decidió aprovechar la ocasión para comprobar, si con el grado de fuerza que podía emitir de sí mismo, sería capaz de curar y a qué distancia. Decimos que debió ser entonces, porque aquella misma tarde, poco antes de que cayera la noche, fue cuando habían comenzado las carreras por entre las camas y los pasillos del hospital, cuando los vivas, las sorpresas y las exclamaciones exultantes de  “estoy curada” y “puedo andar, puedo andar” empezaron a oírse por todas partes. Podría decirse que en un instante, en un santiamén, no quedó ni un enfermo en cama, ni siquiera los paralíticos más emblemáticos y trastornados, nadie, pues todos se habían agolpado por las escalinatas y marchaban medio desnudos y alborotados hacia la calle diciendo milagro, milagro, locos del todo y sin contención alguna posible. “Dios lo ha querido”, decían, “bendito sea Jesucristo y la santísima Virgen, su bendita madre”, y lloraban emocionados mirándose y tocándose sin parar de abrazarse, y se santiguaban, se sentaban en el suelo para rezar como si fueran niños conmocionados y exaltados ante un laberinto inenarrable y llenos de fervor, de alegría, de lágrimas. Ante tamaño tumulto y su rápido agrandamiento, de inmediato acudió la Guardia Municipal con las porras levantadas y las sirenas sonando. Nunca – decían los curiosos – habían visto cosa semejante. En poco rato los ciento cincuenta curados repentinos, cogidos de los brazos y por encima de los hombros se habían echado a la calle, y los que pasaban por las aceras no podían contener la emoción y se les unían, y con ellos avanzaban y avanzaban en manifestación y exaltación al grito de milagro, milagro, milagro, bendito sea el Señor, bendito, milagro, milagro…, marchando, marchando adelante por las calles centrales de Impaia.
…………………..
………………….
………………….
Durante los minutos siguientes el Conde de Aguas Dulces expuso que el Gobierno estaría dispuesto a condonar incluso la entrega del segundo plazo del oro, siempre, naturalmente, que se cesase en el empeño constitucional, además de estar también dispuesto a … Alejandro no dijo nada, nuevamente volvió a mostrar su sonrisa leve e indefinida sin añadir palabra alguna. Insinuando terminada la visita personal se levantó y, con amabilidad y un movimiento de mano, los invitó a pasar a la sala donde debían  encontrarse el séquito oficial y la Comisión Rectora, ante la que el Conde hubo de explicar de nuevo el ofrecimiento que acababa de exponer.
Mohamed fue en esta ocasión el encargado de efectuar la entrega a María Eugenia del proyecto de Constitución, proyecto en el que, entreabriéndolo de forma espontánea y encantadora avidez, María Eugenia leyó “… las instituciones humanas deben nacer de forma voluntaria y su composición deberá responder a criterios proporcionales en virtud de las ideas de los ciudadanos”. Luego leyó en otra parte “… por ello reconocemos a los seres humanos iguales desde su concepción y declaramos su libertad desde el hecho del nacimiento”. Miró inquieta y fijamente a Mohamed y bajó los ojos con un pálpito de histeria temblorosa. Pero volviéndose hacia Alejandro pensó “por mucho que espere – y ojeaba distraída el folleto constitucional – sé que se me ha ido, se me ha hecho inalcanzable. No sé muy bien por qué razón, pero es absolutamente cierto”.
………………………
………………………
………………………
Y aquel día, mientras se celebraba el concierto – celebración coincidente con la del Congreso del Partido Comunista Soviético, en el que Kruchev emitiría un informe glosando sobre la desestalinización, el culto a la personalidad y el dogmatismo – y cuando iba a dar comienzo Jericó, la segunda sinfonía programada al efecto, apareció sofocado y en magas de camisa Alejandro, que se acercaba corriendo y diciendo a los músicos “alto, paren, por favor, un momento, deténganse”. Con los brazos levantados, se dirigió a la tribuna pidiendo a los veinticinco invitados y a la Junta Rectora que por favor tuviesen a bien bajarse de ella y tomaran asiento justo allí mismo, junto al espacio reservado para los músicos. Lo miraron con estupor, pero, aun sin comprender nada en absoluto, se bajaron y acomodaron en silencio. No les dijo más. Reanudado el concierto, y en su desarrollo, Jericó, como siempre, de menos a más. Las notas subían, ponían carne de gallina primero en las manos, en toda la piel, llegaba luego un momento en el que el corazón podría detenerse para escuchar, o quedarse y romperse allí mismo, por donde la sinfonía en ese instante iba, por su exacta plenitud. Era cuando sonaba fuerte, muy fuerte el timbal y acto seguido comenzaban las trompetas dando aquel do sostenido, profundísimo y memorable. Y en ello se encontraba la orquesta ya, porque se levantaron los músicos, se les fueron hasta el infinito las trompetas y éstas empezaron a sonar majestuosas, como si dieran  un redoble sabio, alquímico y eterno. Y entonces, en este éxtasis, fue cuando ocurrió, de repente, pues en escasos segundos, casi antes de que las trompetas descendieran del cielo y se detuvieran y como si se tratara de un velo rasgado por invisibles y múltiples cuchillos, el muro del castillo empezó a abrirse y a resquebrajarse  en todas direcciones y el torreón contiguo se vino abajo con un inmenso estruendo de polvo y piedras rodando y unos a otros persiguiéndose y atropellándose.
No hubo dañó. Tras el asombro, y tras resistir impávidos la magnitud del ruido y polvo desprendidos, cayó un silencio paralizante sobre músicos y espectadores al observar la tribuna arrasada por completo. En ese instante el profesor Laínez y María Eugenia intercambiaron una mirada rápida e indescifrable. Luego, levantando ambos la cabeza, y de puntillas, pudieron ver cómo Alejandro, de espaldas ya, se alejaba del recinto con tranquilidad, despacio y sin volver la cabeza. Lo vieron alejarse poco a poco, doblar por detrás de un asiento de tierra que se hallaba verdecido y repleto de lirios. Los dos tuvieron la súbita certeza de que no volverían a verlo.
……………………
……………………
……………………
= = =

Dejar un comentario »

Aún no hay comentarios.

RSS feed for comments on this post. TrackBack URI

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Crea un blog o un sitio web gratuitos con WordPress.com.