CURRENT POETRY – POESÍA ACTUAL – SIGLOS XX-XXI: Orión de Panthoseas ®

Hombre posible, mujer posible

Lee a continuación un extracto de la novela:

I
… a punto de dar exactamente las doce del mediodía, los accesos y pasillos contiguos con la sala Princesa del Hotel Emperador se encontraban completamente abarrotados por un gentío abigarrado, bullicioso y eufórico, y el murmullo en el entorno de la segunda planta era ensordecedor. Tras una larga espera por la protagonista de la película ganadora del festival, el cual debería concluir en poco más de hora y media, Mara Seco y los dos cámaras que la acompañaban se movían con dificultad y cierto hastío. Sin embargo, ya hacía unos minutos que, desde lejos, la famosa entrevistadora-presentadora de Gran Canal había reparado en aquel hombre alto con chaqueta gris, abierta y jaspeada, cuyas facciones y estilo le habían causado sobresalto bajo un pelo liso con raya natural y flexible, tirando a tostado. Se sintió incómoda por su atractivo innato y poderoso. Será algún guardaespaldas, se contestó a sí misma con rapidez. Pero una vez que a fuerza de disimulo y paciencia consiguió acercarse a él y con semblante distraído lo observó con nervioso detenimiento, inmediatamente se retractó y se dijo que no, que ni por modos ni por su forma de vestir aquel hombre podía ser guardaespaldas ni policía, que de ninguna manera, su indumentaria  era demasiado simple, demasiado normal, y la usaba sin afectación ni complejos. Pero, entonces, si creía que esto era así ¿ quién podía ser en fecha y lugar semejantes un hombre tan genial, tan rematadamente bien acabado y deambulando con aquel sosiego y prestancia con que constantemente incitaba a volver la cabeza de las mujeres … ? Hasta que, desde esta última condición, con su sentido práctico y sin eufemismos hubo de porfiar consiga misma para no lanzar una grosería despampanante y apetitosa  sin más. De todos modos ¿ sería alguien importante de incógnito ? Qué idiotez – reconoció – ¿ y precisamente ahora, que terminaba el festival … ? Pero, si así fuera ¿ cómo algo así podría pasarle a nadie desapercibido ? Y lo festejó batiendo con avidez y alegría los dientes, haciéndolos crujir en un come-come ardiente para sí misma. … porque no, no, tampoco recordaba su cara, y, además, no parecía rehuir nada ni a nadie, dado que no demostraba preocupación alguna por estos detalles, y por no importarle ni siquiera llevaba gafas… Y se dispensó sus propias alternativas afirmando que, en estos festivales, una podía encontrarse muy bien con cualquiera, pero sobre todo con gente guapa, interesante, gente buenísima y guapísima que tal vez aspirara a hacerse un hueco repentino en papeles couché o simplemente a abrirse un futuro sin más en el cine. Entonces ¿ por qué no habría de ser uno de éstos aquel sujeto impresionantemente atractivo y guapísimo que abstraído oscilaba sin aparente rumbo de un lado a otro del pasillo, por qué ? Y volvió a reafirmarse en sus pensamientos íntimos y  eróticos porque, sin lugar a duda, le pareció un tipo genuinamente superdeseable, aunque lleno de incógnitas, de parte a parte ideal.
Marce y Tino, los dos cámaras, llegaron junto a ella sujetando al hombro con aparatosidad sus máquinas.
.- Oye, Marce – se acercó la presentadora al oído de éste, evitando el ruido del gentío –  como la joya no llega – le dijo – hazme un favor pequeñín ¿ vale ? Sígueme y, como si no quiere la cosa, pon el visor a trabajar. Tú, Tino, si algo sale mal, ya sabes, te pones a disparar y a disparar sin detenerte por nada ni por nadie ¿ de acuerdo… ?
… por lo que, aprovechando que se encontraban exactamente a la espalda del sujeto espectacular, con determinación y micrófono fue acercándose y se puso a su lado, y entonces fue cuando, levantando aparatosamente el pie con absoluta precisión y sin reparo alguno, lo dejó caer sobre el del hombre al tiempo que trastabillándose y gritando con un aayyyy descomunal se procuró una estruendosa caída entre grititos y excusas con frases de perdón, perdón, mientras rodaba por el suelo.
El hombre, vapuleado por sorpresa, instintivamente proyectó los brazos hacia abajo para intentar ayudarla, pero la precipitación hizo que le cogiese a un tiempo los brazos, las manos y el micrófono en un revuelo informe de disculpas, estruendo y confusión.
– Ah, perdón, perdón de nuevo; le he pisado, cómo lo siento; ya, ya, ya puede usted perdonarme – exclamó varias veces ella aturdida, dando leves quejidos y cojeando con ostentación mientras procuraba ponerse en pie. El sujeto miró alrededor y descubrió a uno de los cámaras filmando la escena, pero volviendo a ofrecerle a la mujer inmediatamente la mano, sin empacho alguno le dijo:
– A debido hacerse usted daño; por favor, apóyese, apóyese en mí si no le importa.
Y ante la expectación despertada en las proximidades, y abriéndose paso, la condujo con suavidad y cortesía hacia un pequeño espacio libre junto a la pared, seguidos por la mirada multitudinaria de ávidos televidentes, los cuales habían reconocido la identidad de la accidentada, bajo el visor implacable de la cámara.
– ¿ Se siente mejor, no se le pasa ? Vaya por Dios…
– Ay, ay, si es que soy una patosa. Tendrá que perdonarme; le agradezco muchísimo su…- pero de pronto se interrumpió, lo miró de frente y, con un súbito e inesperado sosiego, le dijo: creí que era usted el partenaire de la película, dígame ¿ lo es… ?
El hombre la miró con gesto lleno de incredulidad e incertidumbre; parecía no saber en absoluto qué le preguntaba ni qué podría responder; al fin, titubeó:
– No, no; yo del cine no…
– ¿ No es usted del cine… ? ¿ en serio… ? ¿ no es … ? pues yo diría que le he visto en…
– No, no, señorita… Yo simplemente… – y levantó una mano con la palma extendida hacia ella, deteniéndola en el aire.
– En serio  ¿ no es actor ? ¿ no le he visto en…  ?  ¿ no me miente… ? ¿ seguro … ? – le urgió.
– Pues…, no sé. Yo, la verdad es que…
– ¿ Que… ? – y respaldada contra la pared, esforzándose por sonreír entre muecas de dolor, Mara Seco le acercó profesionalmente el micrófono. Él abrió ambas manos como indefenso y procurando explicarse de nuevo, dudando y mirando alternativamente a uno y otro lado:
– En realidad yo… si le digo la verdad, mire, aunque no me crea, yo, en realidad, no sé dónde me encuentro – y se acercó a ella – sí, eso es, eso es, esa es la verdad, eso es todo; sí, estoy en este pasillo, pero escúcheme señorita, no tengo ni idea de lo que pueda ser este edificio ni qué hace aquí tanta gente; llevo un rato intentando saberlo, hasta que usted me ha pisado y, créame…
– ¡ No… ! ¡ Imposible… ! Eso no puede ser. Pero ¿ se siente bien ? – y miró al hombre sin recato, abiertamente a los ojos.
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Tin Nuño, de espalda, tras preguntarme qué iba a tomar y citar de forma indolente tres o cuatro marcas de Whisky, yo, para salir de dudas, le pedí un Chivas de forma rotunda. Con aire de suficiencia cogió dos vasos y los preparó, y acto seguido, junto a un paquete de galletitas, los llevó a la mesa lateral; luego me pidió excusas, y desde su mesa, por un interfón, a medida que mecánicamente iba extrayendo del bolsillo interior de la chaqueta un enorme puro y lo pasaba por debajo de la nariz, fue dando una serie de instrucciones rápidas y confusas a alguien del otro lado. No pude oírle bien, pero supuse que habría dado órdenes estrictas para que durante un buen rato no le molestasen demasiado. Ya se sabe, hay hechuras y modos que, aunque pretendan revestirse del pedigrí de la erudición, y más aún del poderío que se ostenta – el cual, en el caso presente parecía asomar por todas partes – siempre muestran dificultad para desaparecer bajo caparazones que les son extraños y, por tanto, acaban permaneciendo.
En el camino de vuelta encendió el puro y lo aspiró con fruición, y antes que se acercara para brindar y chocar los vasos – a pesar de que saqué la pluma, el cuaderno y la grabadora y adrede, llamando su atención y haciéndolos valer, los volqué casi de golpe sobre la mesa – yo creo que frente a aquella demostración no quiso darse por enterado. Antes bien, con enigmática sonrisa dijo “por nuestros encuentros” y añadiéndole cierta sonrisa, cierta cadencia y cierto entornamiento estúpido de ojos, motivo por el que yo, al brindar, lo hice con descaro, pues levanté en exceso el vaso y dije a mi vez: “por Horacio Sierra”. Él tosió, carraspeó y volvió a toser como si tratara de enmascarar el aturdimiento y la ira bajo la aureola del humo del cigarro. Lo cogí. Estoy segura. No se lo esperaba.
– Tú ¿ qué buscas en todo este rollo, por qué has venido … ? No me irás a decir que no … , vamos, que no buscas algo …, según sois los jóvenes hoy día …
– ¿ …  buscar ? – respondí simplemente al pillarme de sopetón.
– Vamos, vamos …; tú, vamos, yo sé que tú eres inteligente y una mujer de primera, y además me supongo que querrás hacer un buen trabajo en todo este tinglado …
– Desde luego – repliqué -. Quiero hacer el mejor trabajo; por eso vengo a entrevistaros. Necesito iros conociendo poco a poco.
– Sí, sí, todo eso está muy bien, perfecto; pero ya sabes, me refiero a …, entre hombres y mujeres nos movemos por impulsos, ya sabes:  tú me das, yo te doy … No sé, es una ley ¿ comprendes ?
–  ¿ …  una … ley ?
– Bueno … Digamos que es como si fuera un poquitín una tasa municipal, una pequeña contribución … – y chasqueó la lengua al decirlo -. Hoy día, llegar rápidamente lejos es casi imposible, ya sabes, así es que … – y exhaló el humo sobre los pantalones, concretamente sobre la bragueta, adónde acudió con la mano para expulsarlo con un suave abaniqueo contumaz e indecente.
Entonces pensé con rapidez, me contuve y me quedé estrictamente quieta, como si no hubiese oído nada de cuanto había ido susurrando de  forma entrecortada. “Hazte la loca” recuerdo que me dije para continuar en medio de aquel juego estúpido, “haz como si no le conocieses hasta el final, vuélvete autista; y enseguida sentí un reto interior acerca de quién podría más. Y solté un: ¡ … no te jode ! interior terminante y concluyente. Por tanto, en aras de recuperar terreno y sitio, volví a levantar mi vaso para volver a proclamar:
– Por Horacio Sierra … – y, con una severidad extenuante, con el vaso en alto, esperé a beber hasta que él aceptó mi brindis.
Y como si en una desesperada defensa tuviese que arriesgarse a  morir, Tin Nuño acercó su Whisky con soda a los labios, me ofreció luego tomar una galletita, y se llevó otra a la boca bajo una especie de temblor de hombre o sinsabor apreciable. Cuando tuve conciencia clara de la destrucción, del estupor y turbación que con mis brindis había provocado, me alegré ferozmente. Y, no satisfecha con ello, aproveché para abanicar de forma ostentosa varias veces con la mano el aire evitándome en la cara el humo, motivo por el que se vio forzado a pedir de inmediato disculpas, a apartar el cenicero y a estrujar en él el cigarro con insistencia. Por tanto, dado el magnífico resultado obtenido, y si hubiera lugar, ésa sería mi estrategia en adelante, y mi lanza, y también mi coraza; y qué cosas: esta estrategia la había descubierto por casualidad, por el mero hecho de detener y molestar invocando a alguien como Horacio Sierra, en quien, por otro lado, decidida yo a librar con él y en él todas mis grandes y definitivas batallas, tenía su origen “nuestro encuentro”, aquel “party” mano a mano que, por todos medios, Tin Nuño procuraba que fuese singular, alejado de toda consideración de trabajo, completamente exento de incordios disciplinares. “ … claro, no soy sólo una mujer, sino esa mujer, la criada del grupo, la pagada, la correveidile, la marmota y acaso, y por extensión, la puta, o la posible puta”; todo esto, abruptamente y en retahíla, juro que lo pronuncié en mi fuero interno con precipitación y rabia sorda para intentar comprender de manera mínima aquella posición manida y estúpida de semejante y ancestral galanteo ante quien pudiera llegar a un despacho y “caer”. Además, por todos mis espacios intermoleculares, recuerdo que añadí que desde hacía tiempo no me merecían demasiado crédito las personas que fumaban y menos las que lo hacían  molestando, y que menos, menos aún las que fumaban puros refocilándose con satisfacción obscena. En cualquier caso, no niego, desde luego que, en algún grado, yo me había preparado para la ocasión. ¿ Es que podría habérseme pasado por alto el día de la presentación, el día que los conocí ? Bien sé que mis armas son escasas, correcto, exacto. Apenas se componen de mi cuerpo, un poco de audacia y la habilidad profesional que pueda desplegar (¿ llegaré a poder contar con esa todavía cuestionable, oscura y tortuosa entrega de confianza a mi persona por parte de Fidelia, de ese botín desinteresado de amor infinito que puedo suponer me ha sido entregado ?)
En un determinado momento, cuando mi querido “partenaire”, Tin Nuño, renacía porque no se resignaba a morir definitivamente – motivo por el que me había invitado a bajar junto a él al sofá para así compartir cuaderno, bolígrafo e intimidad, pues los quiebros de mi cuerpo le estaban causando estragos y yo lo sabía y me producía una sensación inexplicable de control y dominio ilimitado, sin concesiones – yo, digo, haciendo caso omiso a aquellos susurros burdos y por demás lánguidos, cogí a un tiempo el cuaderno y el bolígrafo, los levanté lo suficiente y, en abstracto, mirándole a los ojos, pregunté sin pestañear:
– Necesito saber quién es Clementino Nuño Castroponce, quién es y de dónde viene, qué ha hecho, adónde se dirige, y quiero saberlo ahora.
De nuevo quedó desconcertado e inerme, dubitativo y completamente a mi merced. Le ayudó a recuperarse la pátina misma de la pregunta, la medida justa de vanagloria que la misma entrañaba, ése corrosivo barniz de egocentrismo, el del que no suele escapar a la rendición más incondicional ante la gloria, sino que, a la vez que la propicia, la exculpa y la anima hacia él mismo.
– ¿ Yo … ? ¿ que quién soy yo … ? – y consiguió reírse ya desenfadado y complacido, vivaz, sonriente y aparentemente dicharachero -. Oh niña, yo no soy nadie ¿ quién voy a ser yo … ? – y esta vez prorrumpió en frases sueltas, fluidas, alusivas a diversos aspectos casi irreverentes para consigo mismo, frases desmitificadoras de sí, de las que, no obstante, se intuyen saturadas de cinismo. A mí me dicen mis adentros que la vanidad y el orgullo van disfrazados a menudo con gestos y palabras simples, y justo en el mismo instante en que, con sutileza, nos abrimos las puertas para ser loados y adulados hasta la extenuación y, siempre, sin quedar jamás ahítos de recompensa alguna. Es el ser, nítido, el que se es. Nada más. Y Tin Nuño Castroponce, por supuesto, resultaba evidente que a pesar de su riqueza  y fama no parecía encontrarse de momento a salvo de tan funesta condición. Ello sólo venía a confirmar no sólo cuanto había observado ya aquel día en El Octógono, sino también, durante la media hora en que ha tenido lugar la seducción expresa suya y la tácita mía que no he acabado de narrar.
– Bueno …, si quieres o necesitas saber algunas cosas, pues… – y entonces, entonces y nada más que a partir de entonces fue cuando, tras cogerse las manos y frotárselas con lentitud, fijos los ojos en ellas, entre sonrisas atenuadas y disculpas vívidas empezó a desgranar el modo en que había llegado allí; más aún, creo que también fue cuando, tras echar la vista  a su pasado, y a base de aventar y aventar memoria, descubrió a su padre sudoroso haciendo coladas de hierro y a su madre fregando escaleras de nadie, como a sí mismo y a su cuatro hermanos uno tras otro, con los monos de aprendices en la escuela metalúrgica de la empresa de entonces, suya hoy. Creo que fue cuando yo pude reconocer ese poso en él: por el que públicamente se le conoce y respeta. A la postre, y no sé cómo, tal vez fuera al levantar con limpieza la mirada y reflejado en su cara, emitió un tizno de dignidad y sosiego, una calma tan franca como dolida. Quizá, para él, en este momento inesperada. Y me emocioné, y pestañeé, y me alegré. Se trataba del mismo momento en el que, a todo trapo, conseguí hacer anotaciones en el cuaderno diciendo que Tin Nuño tenía una acusada doble personalidad, y una doble vida, y, posiblemente – también  lo anoté – doble de todo, hasta doble contabilidad ¿ por qué no ? Y asentí a cuanto decía mirándole a la frente, porque estoy segura de que mientras me hablaba, y ante mi demostrado interés por escucharle, podía ser probable que recuperáramos ambos un poco de un añorado espíritu familiar, que desde luego yo no había  tenido, y ese sentimiento común nos hiciese bien allí mismo a ambos; y porque me temí que tal vez, y desde mucho tiempo atrás, nadie – y no desde luego su primera secretaria, ni mucho menos Fidelia – se hubiese dedicado a incardinar en el corazón de aquel hombre ni una sola gota de luz ni tampoco de lluvia.
¿ Compasión …. ? ¿ yo … ? Lo dudo, sí, lo dudo. Tengo que escribirlo para que, al leerlo, me identifique a mí misma, dar marcha atrás y poder asumir mi propia desdicha, amén de tomar en consideración miles y miles de reflejos y ecos que noche y día vagan en mí como sueños neblinosos por donde voy, o estoy, o me llaman; sueños en los que perdida, desnuda y temblando por páramos helados extiendo los brazos y no consigo alcanzar a nadie ni nadie puede alcanzarme, motivo por el que, gélida y tiritando, debo continuar implorando y llorando hasta verme diluir y desaparecer lentamente porque el mundo en que yo me encontraba no tenía ni amor ni realidad, hasta terminar por desvanecerse y yo desvanecerme con él mundo. ¿ Compasión, digo … ? Nunca. Descoyuntaba los miembros de las muñecas, se los arrancaba de cuajo, corría detrás de las moscas con palos y gesto iracundo, clavaba aposta contra las paredes las puntas de los lápices y las apretaba contra ellas ¿ Compasión … ? ¿ de quién y para con quién… ? Recuerdo que uno de los maestros del colegio, igual que si yo fuera un bicho, cuando me veía aparecer advertía a los demás maestros: ahí, ahí está “la malina”. Otra maestra, en cambio, solía abrazarme y llamarme “tesoro”.
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Tras unos días sin apetencia y con décimas, de nuevo recuperada, lo cierto es que esta mañana me resultaba atractivo coger lo que fuese, ya fuesen trenes, metros o autobuses para llegar no sólo a Galapagar, sino al Escorial si fuese preciso, o hasta la misma residencia post mortem del insigne San Quintín. Y, ya estaba dispuesta a ello, cuando acerté a sugerirme lo siguiente: ¿ y por qué no te atreves y haces auto-stop ? “sí, mejor”, reconozco que me susurré vehemente con cierto ardor y  malicia porque, con rapidez, como si previera mi tradicional oposición a tal medio, acudí a justificar la propuesta y, en plan desafiante, me pregunté con una pizca de sano descoque: ¿ … qué, todavía tienes miedo ? … me refería a los hombres, naturalmente, a su cercanía, al riesgo descomunal e íntimo que para mí, como saben, han entrañado toda la vida. Y entonces, si echar la vista atrás, en realidad lo que había hecho ya había consistido en un estricto y consumado ejercicio de valor, puesto que sabía que de inmediato habría de afrontar el insoportable espectáculo al que jamás había imaginado llegar a sucumbir – cual es el de la cama redonda a tres, junto a Jerry y Mati, y bajo la cegazón de la orgía  descrita a base de sudor, alcohol y deseo, y que, durante semanas, me ha perseguido para recordármelo con náuseas – sin embargo, descubrí que ya, desde la misma parada del autobús que debía esperar y, como indolente, eché a andar con la convicción y el regusto dulce de que el fragor benévolo del día y el propio fragor corpóreo, ambos unidos y puestos en movimiento, tenían un poder infinitamente mayor que toda la férrea precaución de siempre, la misma que me había retraído y cercenado tantos y tantos días y años de juventud en casa de mis tías, agazapada entre montones de apuntes y libros, motivo por el que, inspirando adrede hondo e impelida por cierta voluptuosidad impetuosa, entré en la estación de servicio decidida a compartir trayecto con el primero que pasara, con cualquiera que quisiera llevarme y dejarme apear en el centro mismo de Galapagar. Por tanto, desafiante, y sintiéndome inmune cual gladiadora indestructible, observé sin el menor sobresalto la mitad de mis muslos al aire, volteé con desparpajo el bolso en torno a la muñeca, elevé los hombros y aspiré profundamente con los ojos cerrados, buscando con descaro reconocerme un poco sumida en la inconsciencia. Me sentía bien, casi excesivamente bien diría, y por un instante, sin remilgos ni complejos absurdos – qué paradoja – física y psicológicamente me creí lejos de Horacio y del maldito Octógono, del supuesto emporio del mundo y de todas y cada una de las obligaciones contraídas hacía tan sólo unos meses (ahora sé que lo pensé mediante una especie de vandalismo mental) con aquel grupo de cretinos, de filibusteros de marca mayor y que me gustaba llamar resucitadores de muertos ( … pero acto seguido me acordé de mi madre, sólo y sólo de mi madre y la vi sucia, en ropa interior y mal vestida, con la espalda apoyada contra la puerta del pasillo, con la cabeza baja y mirándome al bies, con un rictus indescriptible de lejanía, sin decirme palabra, difuminándose) Entonces, de la misma manera que si un tambor con latidos desmesurados se me agitara por dentro y semejara una algarabía envolvente de pájaros que revolotearan pletóricos e incansables, de igual forma, y sin dudarlo, apoyada en uno de los postes de la Estación de Servicio, extraje el móvil del bolso y marqué con decisión el número que constaba en la famosa nota que desvergonzadamente, escote abajo me introdujo Jerry de madrugada al finalizar la noche de la discoteca. Y tengo que confesar que a pesar de todo, de mi altanería y seguridad por un lado, pero también de mi ladino encrespamiento por otro, no es menos cierto que me puse a esperar presa de un temblor que me hacía terriblemente dúctil, frágil y vacilante, más frágil y vacilante a  como jamás me había sentido.
– ¿ … okey ?
– ¿ Sí … ? ¿ eres tú Jerry ? – acerté a decir como si se me abriera a rajas la voz, como si se me tensasen y destensasen a la vez las venas.
– Sí, yo soy Jerry ¿ Y tú quién eres, mona … ?
(  ¿ … mona ? ah, volvían los términos deplorables, los ruines y alevosos, pero a la vez los mágicos; … volví a oír a Jerry reír, volvía a verle de pronto ofreciéndonos los vasos en la discoteca, saltando después hasta el techo en la habitación, volvía a verle cómo me cogía por la cintura sobre la cama y voltearme como si yo fuera una mariposa y él volara y yo volara con él …; era asombroso, qué vitalidad y cómo le gustaba vivir a Jerry, era un loco divino y atrevido, un loco con un pronto fascinante…)
– Yo soy Carmen … – le dije.
– … ¿ Carmen, Carmen … ? ¿ de qué Carmen me estás hablando ¿ eres Chuita ?…
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“ ¿ Recuerdan el famoso día aquél, en que salí de casa camino de Galapagar para verme con Olivia, pero que luego me dio por torcerlo todo y permití que Jerry me recogiera con su coche en la esquina de la gasolinera … ? Ese día, como ya dejé entrever más arriba, y entrados ya en una vertiginosa confianza –  porque yo se la otorgaba a Jerry y Jerry para estas cosas es un tío además de guapo muy guay – anduvimos sin parar de la ceca a la meca por sus bares y restaurantes viendo, bebiendo y pinchando sin parar de aquí para allá. Yo creo que además, al ir de un lado a otro, Jerry escogía las carreteras adrede porque, o bien con la capota descorrida corría como un condenado y a mí me parecía que iba a salir volando de un momento a otro y eso me producía placer y levedad, o circulábamos lentos y muy por la derecha, rozando casi los arbustos, momento que aprovechaba para, con cualquier disimulo o excusa irme encontrando y tocando, acostumbrándome a un mundo y un uso que, si me asustaba en parte y sorprendía, también lo asumía conscientemente con una especie de rubor y gozo incomunicables, porque estas verdades, oportunamente tan timoratas e íntimas, jamás, jamás solemos cometer la imprudencia de comunicarlas.
… el hecho es que, entre bromas y riéndonos por todo y por nada, y mano a mano, nos encontramos tomando unos whiskys escoceses a la barra del tugurio en el que hacía escasos minutos me había invitado a comer; minutos antes, Jerry me había regalado un sombrerito de paja de colores, monísimo (¿ te gusta más el rojo y verde ? me había dicho al dármelo, haciendo alusión a dos o tres más que se encontraban sobre las cabezas de unas maniquís de clara tendencia italiana en un lateral, sobre un extremo de la barra) y, aunque ligeramente ebrios, muy, muy ligeramente, estábamos bromeando y, con los brazos entrelazados, bebíamos y nos invitábamos a beber recíprocamente de nuestros respectivos vasos. No había mucha gente y, por el lugar en que nos encontrábamos en el bar, hasta corría un poco de brisa y el ambiente aparecía sosegado y distendido. Sin embargo, a los pocos minutos, y sin saber por dónde había accedido, se acercó a Jerry un tipo cincuentón gordo, calvo y sudoroso, con no muy buena pinta pero con traje y corbata; sin decir palabra se le apostó a la oreja y le susurró varias veces mirando para mí mientras lo hacía; me hice la loca y no le di más importancia; en realidad, aunque fuese como en una nebulosa, yo ya sabía dónde me encontraba, hasta había esnifado una rayita, por lo que tanto esto como una serie de concesiones y prácticas para mí desacostumbradas, constituyeron la señal inequívoca de que una llega, se compromete y comparte. No existe otra alternativa. Sobre el respaldo de un taburete alto, bajo el humo de su puro, y con dificultad,  el tipo gordo, calvo y sudoroso estuvo escribiendo algo en un papel; tardó poco de todas formas y acto seguido se lo entregó a Jerry; éste lo miró, luego lo hizo al tipo en cuestión, y lanzó una mueca que significaba claramente incertidumbre, posibilidad, duda, y, con parsimonia, a la altura de los ojos me lo pasó a mí. Cuando tras leer el papel y con él en la mano me encaré con Jerry para que me explicara qué quería decir, Jerry me respondió con naturalidad: pues dice que ya que eres virgen, y si follas con él, un kilo de pelas de las  de antes para mí y otros dos al contado para ti, que ése sería el trato. Me quedé entre sonriente y estupefacta, y no supe ni acaso llegue a saber nunca si eso fue así por simple atrevimiento o por audacia. El hecho es que tragué saliva deprisa porque no sabía qué hacer ni qué decir ni a quién; en todo caso, intenté creer a toda costa que aquel individuo, absolutamente inmoral y desvergonzado por demás, se habría colado repentinamente y hasta tal punto por mí que se había atrevido a … Pero el individuo, colado o no, no había desaparecido ni terminado con su polémica osadía ni la temía, sino que se había quedado a tres pasos, haciéndose el “longuis” con un vaso en la mano, mirando de reojo y esperando a todas luces la contestación que yo pudiera dar. Entonces, ante la actitud comprensiva y laxa de Jerry me esforcé por mantenerme inexpresiva y sobreponerme a aquel primer impacto, por lo que carraspeando ligeramente para disimular el desbarajuste de mi situación, bajé la cabeza y me puse a pensar con suma rapidez. Aparte de lo que deduje a simple vista como más evidente, cual era que además de conocerse entre ellos, posiblemente se conocieran muchísimo, me pregunté como si fueran disparos: ¿ por qué aquel miserable había hecho lo que había hecho pasándole a Jerry un papelucho como aquél ? ¿ por qué el muy cobarde no me lo había pedido o planteado a mí directamente ? ¿ o es que acaso yo era de Jerry y le pertenecía ? ¿ estaría dando por entendido que yo me encontraba allí, acompañándolo, con aquel propósito y finalidad, en venta o la busca ? pero ¿ … y cómo podía saber que aún era virgen, cómo lo sabía o quién se lo había dicho ? ¿ lo sabría Jerry ? ¿ y si lo sabía, cómo, por pura deducción … ? Me volaban las ideas y las preguntas bajo aquel sombrero de ala corta de colores que tan sólo hacía unos quince minutos me había puesto Jerry sobre la cabeza ¿ … es que tendrían concertado un acuerdo para casos tan claros como el mío … ? Indudablemente voy a permitirme afirmar que existen, pues ahora los conozco bien, espacios íntimos de tiempo incalculables, instantes con dimensiones que jamás nadie ajeno podrá sospechar hasta dónde nos han llevado en décimas de segundo y qué hemos pensado allí, qué hemos visto, qué hemos hecho y determinado, y porqué y con qué ánimo nos han permitido volver. Creo recordarme ahora recostada sobre la barra, haciéndome la indolente y tratando de mirar a través de los cristales de la puerta que daba a fuera, hacia el jardincillo, sin sonrojo alguno a las ramas de los árboles que oscilaban levemente un poco más allá, no sé muy bien; el caso es que levanté la cabeza con la mayor indiferencia de que fui capaz, que me enderecé, que bebí whisky con lentitud sin alterar apenas mi postura sobre el taburete, y que me puse a mirar alternativamente a los ojos de Jerry y al trozo de hielo amarillento del interior de mi vaso. Jerry continuó indiferente, con aire de : ¡ oye, tía, tú verás, a mí no me preguntes, puedes hacer lo que quieras ¿ no … ? Y ante semejante reacción no niego que continué sintiéndome golpeada en toda mi alma y en todos mis instintos por un alud de ira, y que desaté contra él un torrente mental de juramentos y maldiciones, insultos soeces y futuras venganzas; pero, a decir verdad, tampoco niego que como un resorte, sometida una parte de mi ser a un vértigo inaguantable, a toda prisa comencé a construir una trama segura para dar cobertura física a los dos millones que se me estaban ofreciendo, a los que, y no sé por qué, imaginé siéndome entregados en sendos montoncitos de billetes completamente nuevos, brillantes y sin doblar. Por lo que, decidida, y tras tomar un último sorbo con fruición y hasta el fondo, levanté la cabeza y dije con toda naturalidad sin mirar ni a uno ni a otro: bien ¿ dónde está la pasta ?
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I

… a punto de dar exactamente las doce del mediodía, los accesos y pasillos contiguos con la sala Princesa del Hotel Emperador se encontraban completamente abarrotados por un gentío abigarrado, bullicioso y eufórico, y el murmullo en el entorno de la segunda planta era ensordecedor. Tras una larga espera por la protagonista de la película ganadora del festival, el cual debería concluir en poco más de hora y media, Mara Seco y los dos cámaras que la acompañaban se movían con dificultad y cierto hastío. Sin embargo, ya hacía unos minutos que, desde lejos, la famosa entrevistadora-presentadora de Gran Canal había reparado en aquel hombre alto con chaqueta gris, abierta y jaspeada, cuyas facciones y estilo le habían causado sobresalto bajo un pelo liso con raya natural y flexible, tirando a tostado. Se sintió incómoda por su atractivo innato y poderoso. Será algún guardaespaldas, se contestó a sí misma con rapidez. Pero una vez que a fuerza de disimulo y paciencia consiguió acercarse a él y con semblante distraído lo observó con nervioso detenimiento, inmediatamente se retractó y se dijo que no, que ni por modos ni por su forma de vestir aquel hombre podía ser guardaespaldas ni policía, que de ninguna manera, su indumentaria  era demasiado simple, demasiado normal, y la usaba sin afectación ni complejos. Pero, entonces, si creía que esto era así ¿ quién podía ser en fecha y lugar semejantes un hombre tan genial, tan rematadamente bien acabado y deambulando con aquel sosiego y prestancia con que constantemente incitaba a volver la cabeza de las mujeres … ? Hasta que, desde esta última condición, con su sentido práctico y sin eufemismos hubo de porfiar consiga misma para no lanzar una grosería despampanante y apetitosa  sin más. De todos modos ¿ sería alguien importante de incógnito ? Qué idiotez – reconoció – ¿ y precisamente ahora, que terminaba el festival … ? Pero, si así fuera ¿ cómo algo así podría pasarle a nadie desapercibido ? Y lo festejó batiendo con avidez y alegría los dientes, haciéndolos crujir en un come-come ardiente para sí misma. … porque no, no, tampoco recordaba su cara, y, además, no parecía rehuir nada ni a nadie, dado que no demostraba preocupación alguna por estos detalles, y por no importarle ni siquiera llevaba gafas… Y se dispensó sus propias alternativas afirmando que, en estos festivales, una podía encontrarse muy bien con cualquiera, pero sobre todo con gente guapa, interesante, gente buenísima y guapísima que tal vez aspirara a hacerse un hueco repentino en papeles couché o simplemente a abrirse un futuro sin más en el cine. Entonces ¿ por qué no habría de ser uno de éstos aquel sujeto impresionantemente atractivo y guapísimo que abstraído oscilaba sin aparente rumbo de un lado a otro del pasillo, por qué ? Y volvió a reafirmarse en sus pensamientos íntimos y  eróticos porque, sin lugar a duda, le pareció un tipo genuinamente superdeseable, aunque lleno de incógnitas, de parte a parte ideal.

Marce y Tino, los dos cámaras, llegaron junto a ella sujetando al hombro con aparatosidad sus máquinas.

.- Oye, Marce – se acercó la presentadora al oído de éste, evitando el ruido del gentío –  como la joya no llega – le dijo – hazme un favor pequeñín ¿ vale ? Sígueme y, como si no quiere la cosa, pon el visor a trabajar. Tú, Tino, si algo sale mal, ya sabes, te pones a disparar y a disparar sin detenerte por nada ni por nadie ¿ de acuerdo… ?

… por lo que, aprovechando que se encontraban exactamente a la espalda del sujeto espectacular, con determinación y micrófono fue acercándose y se puso a su lado, y entonces fue cuando, levantando aparatosamente el pie con absoluta precisión y sin reparo alguno, lo dejó caer sobre el del hombre al tiempo que trastabillándose y gritando con un aayyyy descomunal se procuró una estruendosa caída entre grititos y excusas con frases de perdón, perdón, mientras rodaba por el suelo.

El hombre, vapuleado por sorpresa, instintivamente proyectó los brazos hacia abajo para intentar ayudarla, pero la precipitación hizo que le cogiese a un tiempo los brazos, las manos y el micrófono en un revuelo informe de disculpas, estruendo y confusión.

– Ah, perdón, perdón de nuevo; le he pisado, cómo lo siento; ya, ya, ya puede usted perdonarme – exclamó varias veces ella aturdida, dando leves quejidos y cojeando con ostentación mientras procuraba ponerse en pie. El sujeto miró alrededor y descubrió a uno de los cámaras filmando la escena, pero volviendo a ofrecerle a la mujer inmediatamente la mano, sin empacho alguno le dijo:

– A debido hacerse usted daño; por favor, apóyese, apóyese en mí si no le importa.

Y ante la expectación despertada en las proximidades, y abriéndose paso, la condujo con suavidad y cortesía hacia un pequeño espacio libre junto a la pared, seguidos por la mirada multitudinaria de ávidos televidentes, los cuales habían reconocido la identidad de la accidentada, bajo el visor implacable de la cámara.

– ¿ Se siente mejor, no se le pasa ? Vaya por Dios…

– Ay, ay, si es que soy una patosa. Tendrá que perdonarme; le agradezco muchísimo su…- pero de pronto se interrumpió, lo miró de frente y, con un súbito e inesperado sosiego, le dijo: creí que era usted el partenaire de la película, dígame ¿ lo es… ?

El hombre la miró con gesto lleno de incredulidad e incertidumbre; parecía no saber en absoluto qué le preguntaba ni qué podría responder; al fin, titubeó:

– No, no; yo del cine no…

– ¿ No es usted del cine… ? ¿ en serio… ? ¿ no es … ? pues yo diría que le he visto en…

– No, no, señorita… Yo simplemente… – y levantó una mano con la palma extendida hacia ella, deteniéndola en el aire.

– En serio  ¿ no es actor ? ¿ no le he visto en…  ?  ¿ no me miente… ? ¿ seguro … ? – le urgió.

– Pues…, no sé. Yo, la verdad es que…

– ¿ Que… ? – y respaldada contra la pared, esforzándose por sonreír entre muecas de dolor, Mara Seco le acercó profesionalmente el micrófono. Él abrió ambas manos como indefenso y procurando explicarse de nuevo, dudando y mirando alternativamente a uno y otro lado:

– En realidad yo… si le digo la verdad, mire, aunque no me crea, yo, en realidad, no sé dónde me encuentro – y se acercó a ella – sí, eso es, eso es, esa es la verdad, eso es todo; sí, estoy en este pasillo, pero escúcheme señorita, no tengo ni idea de lo que pueda ser este edificio ni qué hace aquí tanta gente; llevo un rato intentando saberlo, hasta que usted me ha pisado y, créame…

– ¡ No… ! ¡ Imposible… ! Eso no puede ser. Pero ¿ se siente bien ? – y miró al hombre sin recato, abiertamente a los ojos.

. . . . . . . .

Tin Nuño, de espalda, tras preguntarme qué iba a tomar y citar de forma indolente tres o cuatro marcas de Whisky, yo, para salir de dudas, le pedí un Chivas de forma rotunda. Con aire de suficiencia cogió dos vasos y los preparó, y acto seguido, junto a un paquete de galletitas, los llevó a la mesa lateral; luego me pidió excusas, y desde su mesa, por un interfón, a medida que mecánicamente iba extrayendo del bolsillo interior de la chaqueta un enorme puro y lo pasaba por debajo de la nariz, fue dando una serie de instrucciones rápidas y confusas a alguien del otro lado. No pude oírle bien, pero supuse que habría dado órdenes estrictas para que durante un buen rato no le molestasen demasiado. Ya se sabe, hay hechuras y modos que, aunque pretendan revestirse del pedigrí de la erudición, y más aún del poderío que se ostenta – el cual, en el caso presente parecía asomar por todas partes – siempre muestran dificultad para desaparecer bajo caparazones que les son extraños y, por tanto, acaban permaneciendo.

En el camino de vuelta encendió el puro y lo aspiró con fruición, y antes que se acercara para brindar y chocar los vasos – a pesar de que saqué la pluma, el cuaderno y la grabadora y adrede, llamando su atención y haciéndolos valer, los volqué casi de golpe sobre la mesa – yo creo que frente a aquella demostración no quiso darse por enterado. Antes bien, con enigmática sonrisa dijo “por nuestros encuentros” y añadiéndole cierta sonrisa, cierta cadencia y cierto entornamiento estúpido de ojos, motivo por el que yo, al brindar, lo hice con descaro, pues levanté en exceso el vaso y dije a mi vez: “por Horacio Sierra”. Él tosió, carraspeó y volvió a toser como si tratara de enmascarar el aturdimiento y la ira bajo la aureola del humo del cigarro. Lo cogí. Estoy segura. No se lo esperaba.

– Tú ¿ qué buscas en todo este rollo, por qué has venido … ? No me irás a decir que no … , vamos, que no buscas algo …, según sois los jóvenes hoy día …

– ¿ …  buscar ? – respondí simplemente al pillarme de sopetón.

– Vamos, vamos …; tú, vamos, yo sé que tú eres inteligente y una mujer de primera, y además me supongo que querrás hacer un buen trabajo en todo este tinglado …

– Desde luego – repliqué -. Quiero hacer el mejor trabajo; por eso vengo a entrevistaros. Necesito iros conociendo poco a poco.

– Sí, sí, todo eso está muy bien, perfecto; pero ya sabes, me refiero a …, entre hombres y mujeres nos movemos por impulsos, ya sabes:  tú me das, yo te doy … No sé, es una ley ¿ comprendes ?

–  ¿ …  una … ley ?

– Bueno … Digamos que es como si fuera un poquitín una tasa municipal, una pequeña contribución … – y chasqueó la lengua al decirlo -. Hoy día, llegar rápidamente lejos es casi imposible, ya sabes, así es que … – y exhaló el humo sobre los pantalones, concretamente sobre la bragueta, adónde acudió con la mano para expulsarlo con un suave abaniqueo contumaz e indecente.

Entonces pensé con rapidez, me contuve y me quedé estrictamente quieta, como si no hubiese oído nada de cuanto había ido susurrando de  forma entrecortada. “Hazte la loca” recuerdo que me dije para continuar en medio de aquel juego estúpido, “haz como si no le conocieses hasta el final, vuélvete autista; y enseguida sentí un reto interior acerca de quién podría más. Y solté un: ¡ … no te jode ! interior terminante y concluyente. Por tanto, en aras de recuperar terreno y sitio, volví a levantar mi vaso para volver a proclamar:

– Por Horacio Sierra … – y, con una severidad extenuante, con el vaso en alto, esperé a beber hasta que él aceptó mi brindis.

Y como si en una desesperada defensa tuviese que arriesgarse a  morir, Tin Nuño acercó su Whisky con soda a los labios, me ofreció luego tomar una galletita, y se llevó otra a la boca bajo una especie de temblor de hombre o sinsabor apreciable. Cuando tuve conciencia clara de la destrucción, del estupor y turbación que con mis brindis había provocado, me alegré ferozmente. Y, no satisfecha con ello, aproveché para abanicar de forma ostentosa varias veces con la mano el aire evitándome en la cara el humo, motivo por el que se vio forzado a pedir de inmediato disculpas, a apartar el cenicero y a estrujar en él el cigarro con insistencia. Por tanto, dado el magnífico resultado obtenido, y si hubiera lugar, ésa sería mi estrategia en adelante, y mi lanza, y también mi coraza; y qué cosas: esta estrategia la había descubierto por casualidad, por el mero hecho de detener y molestar invocando a alguien como Horacio Sierra, en quien, por otro lado, decidida yo a librar con él y en él todas mis grandes y definitivas batallas, tenía su origen “nuestro encuentro”, aquel “party” mano a mano que, por todos medios, Tin Nuño procuraba que fuese singular, alejado de toda consideración de trabajo, completamente exento de incordios disciplinares. “ … claro, no soy sólo una mujer, sino esa mujer, la criada del grupo, la pagada, la correveidile, la marmota y acaso, y por extensión, la puta, o la posible puta”; todo esto, abruptamente y en retahíla, juro que lo pronuncié en mi fuero interno con precipitación y rabia sorda para intentar comprender de manera mínima aquella posición manida y estúpida de semejante y ancestral galanteo ante quien pudiera llegar a un despacho y “caer”. Además, por todos mis espacios intermoleculares, recuerdo que añadí que desde hacía tiempo no me merecían demasiado crédito las personas que fumaban y menos las que lo hacían  molestando, y que menos, menos aún las que fumaban puros refocilándose con satisfacción obscena. En cualquier caso, no niego, desde luego que, en algún grado, yo me había preparado para la ocasión. ¿ Es que podría habérseme pasado por alto el día de la presentación, el día que los conocí ? Bien sé que mis armas son escasas, correcto, exacto. Apenas se componen de mi cuerpo, un poco de audacia y la habilidad profesional que pueda desplegar (¿ llegaré a poder contar con esa todavía cuestionable, oscura y tortuosa entrega de confianza a mi persona por parte de Fidelia, de ese botín desinteresado de amor infinito que puedo suponer me ha sido entregado ?)

En un determinado momento, cuando mi querido “partenaire”, Tin Nuño, renacía porque no se resignaba a morir definitivamente – motivo por el que me había invitado a bajar junto a él al sofá para así compartir cuaderno, bolígrafo e intimidad, pues los quiebros de mi cuerpo le estaban causando estragos y yo lo sabía y me producía una sensación inexplicable de control y dominio ilimitado, sin concesiones – yo, digo, haciendo caso omiso a aquellos susurros burdos y por demás lánguidos, cogí a un tiempo el cuaderno y el bolígrafo, los levanté lo suficiente y, en abstracto, mirándole a los ojos, pregunté sin pestañear:

– Necesito saber quién es Clementino Nuño Castroponce, quién es y de dónde viene, qué ha hecho, adónde se dirige, y quiero saberlo ahora.

De nuevo quedó desconcertado e inerme, dubitativo y completamente a mi merced. Le ayudó a recuperarse la pátina misma de la pregunta, la medida justa de vanagloria que la misma entrañaba, ése corrosivo barniz de egocentrismo, el del que no suele escapar a la rendición más incondicional ante la gloria, sino que, a la vez que la propicia, la exculpa y la anima hacia él mismo.

– ¿ Yo … ? ¿ que quién soy yo … ? – y consiguió reírse ya desenfadado y complacido, vivaz, sonriente y aparentemente dicharachero -. Oh niña, yo no soy nadie ¿ quién voy a ser yo … ? – y esta vez prorrumpió en frases sueltas, fluidas, alusivas a diversos aspectos casi irreverentes para consigo mismo, frases desmitificadoras de sí, de las que, no obstante, se intuyen saturadas de cinismo. A mí me dicen mis adentros que la vanidad y el orgullo van disfrazados a menudo con gestos y palabras simples, y justo en el mismo instante en que, con sutileza, nos abrimos las puertas para ser loados y adulados hasta la extenuación y, siempre, sin quedar jamás ahítos de recompensa alguna. Es el ser, nítido, el que se es. Nada más. Y Tin Nuño Castroponce, por supuesto, resultaba evidente que a pesar de su riqueza  y fama no parecía encontrarse de momento a salvo de tan funesta condición. Ello sólo venía a confirmar no sólo cuanto había observado ya aquel día en El Octógono, sino también, durante la media hora en que ha tenido lugar la seducción expresa suya y la tácita mía que no he acabado de narrar.

– Bueno …, si quieres o necesitas saber algunas cosas, pues… – y entonces, entonces y nada más que a partir de entonces fue cuando, tras cogerse las manos y frotárselas con lentitud, fijos los ojos en ellas, entre sonrisas atenuadas y disculpas vívidas empezó a desgranar el modo en que había llegado allí; más aún, creo que también fue cuando, tras echar la vista  a su pasado, y a base de aventar y aventar memoria, descubrió a su padre sudoroso haciendo coladas de hierro y a su madre fregando escaleras de nadie, como a sí mismo y a su cuatro hermanos uno tras otro, con los monos de aprendices en la escuela metalúrgica de la empresa de entonces, suya hoy. Creo que fue cuando yo pude reconocer ese poso en él: por el que públicamente se le conoce y respeta. A la postre, y no sé cómo, tal vez fuera al levantar con limpieza la mirada y reflejado en su cara, emitió un tizno de dignidad y sosiego, una calma tan franca como dolida. Quizá, para él, en este momento inesperada. Y me emocioné, y pestañeé, y me alegré. Se trataba del mismo momento en el que, a todo trapo, conseguí hacer anotaciones en el cuaderno diciendo que Tin Nuño tenía una acusada doble personalidad, y una doble vida, y, posiblemente – también  lo anoté – doble de todo, hasta doble contabilidad ¿ por qué no ? Y asentí a cuanto decía mirándole a la frente, porque estoy segura de que mientras me hablaba, y ante mi demostrado interés por escucharle, podía ser probable que recuperáramos ambos un poco de un añorado espíritu familiar, que desde luego yo no había  tenido, y ese sentimiento común nos hiciese bien allí mismo a ambos; y porque me temí que tal vez, y desde mucho tiempo atrás, nadie – y no desde luego su primera secretaria, ni mucho menos Fidelia – se hubiese dedicado a incardinar en el corazón de aquel hombre ni una sola gota de luz ni tampoco de lluvia.

¿ Compasión …. ? ¿ yo … ? Lo dudo, sí, lo dudo. Tengo que escribirlo para que, al leerlo, me identifique a mí misma, dar marcha atrás y poder asumir mi propia desdicha, amén de tomar en consideración miles y miles de reflejos y ecos que noche y día vagan en mí como sueños neblinosos por donde voy, o estoy, o me llaman; sueños en los que perdida, desnuda y temblando por páramos helados extiendo los brazos y no consigo alcanzar a nadie ni nadie puede alcanzarme, motivo por el que, gélida y tiritando, debo continuar implorando y llorando hasta verme diluir y desaparecer lentamente porque el mundo en que yo me encontraba no tenía ni amor ni realidad, hasta terminar por desvanecerse y yo desvanecerme con él mundo. ¿ Compasión, digo … ? Nunca. Descoyuntaba los miembros de las muñecas, se los arrancaba de cuajo, corría detrás de las moscas con palos y gesto iracundo, clavaba aposta contra las paredes las puntas de los lápices y las apretaba contra ellas ¿ Compasión … ? ¿ de quién y para con quién… ? Recuerdo que uno de los maestros del colegio, igual que si yo fuera un bicho, cuando me veía aparecer advertía a los demás maestros: ahí, ahí está “la malina”. Otra maestra, en cambio, solía abrazarme y llamarme “tesoro”.

. . . . . . .

Tras unos días sin apetencia y con décimas, de nuevo recuperada, lo cierto es que esta mañana me resultaba atractivo coger lo que fuese, ya fuesen trenes, metros o autobuses para llegar no sólo a Galapagar, sino al Escorial si fuese preciso, o hasta la misma residencia post mortem del insigne San Quintín. Y, ya estaba dispuesta a ello, cuando acerté a sugerirme lo siguiente: ¿ y por qué no te atreves y haces auto-stop ? “sí, mejor”, reconozco que me susurré vehemente con cierto ardor y  malicia porque, con rapidez, como si previera mi tradicional oposición a tal medio, acudí a justificar la propuesta y, en plan desafiante, me pregunté con una pizca de sano descoque: ¿ … qué, todavía tienes miedo ? … me refería a los hombres, naturalmente, a su cercanía, al riesgo descomunal e íntimo que para mí, como saben, han entrañado toda la vida. Y entonces, si echar la vista atrás, en realidad lo que había hecho ya había consistido en un estricto y consumado ejercicio de valor, puesto que sabía que de inmediato habría de afrontar el insoportable espectáculo al que jamás había imaginado llegar a sucumbir – cual es el de la cama redonda a tres, junto a Jerry y Mati, y bajo la cegazón de la orgía  descrita a base de sudor, alcohol y deseo, y que, durante semanas, me ha perseguido para recordármelo con náuseas – sin embargo, descubrí que ya, desde la misma parada del autobús que debía esperar y, como indolente, eché a andar con la convicción y el regusto dulce de que el fragor benévolo del día y el propio fragor corpóreo, ambos unidos y puestos en movimiento, tenían un poder infinitamente mayor que toda la férrea precaución de siempre, la misma que me había retraído y cercenado tantos y tantos días y años de juventud en casa de mis tías, agazapada entre montones de apuntes y libros, motivo por el que, inspirando adrede hondo e impelida por cierta voluptuosidad impetuosa, entré en la estación de servicio decidida a compartir trayecto con el primero que pasara, con cualquiera que quisiera llevarme y dejarme apear en el centro mismo de Galapagar. Por tanto, desafiante, y sintiéndome inmune cual gladiadora indestructible, observé sin el menor sobresalto la mitad de mis muslos al aire, volteé con desparpajo el bolso en torno a la muñeca, elevé los hombros y aspiré profundamente con los ojos cerrados, buscando con descaro reconocerme un poco sumida en la inconsciencia. Me sentía bien, casi excesivamente bien diría, y por un instante, sin remilgos ni complejos absurdos – qué paradoja – física y psicológicamente me creí lejos de Horacio y del maldito Octógono, del supuesto emporio del mundo y de todas y cada una de las obligaciones contraídas hacía tan sólo unos meses (ahora sé que lo pensé mediante una especie de vandalismo mental) con aquel grupo de cretinos, de filibusteros de marca mayor y que me gustaba llamar resucitadores de muertos ( … pero acto seguido me acordé de mi madre, sólo y sólo de mi madre y la vi sucia, en ropa interior y mal vestida, con la espalda apoyada contra la puerta del pasillo, con la cabeza baja y mirándome al bies, con un rictus indescriptible de lejanía, sin decirme palabra, difuminándose) Entonces, de la misma manera que si un tambor con latidos desmesurados se me agitara por dentro y semejara una algarabía envolvente de pájaros que revolotearan pletóricos e incansables, de igual forma, y sin dudarlo, apoyada en uno de los postes de la Estación de Servicio, extraje el móvil del bolso y marqué con decisión el número que constaba en la famosa nota que desvergonzadamente, escote abajo me introdujo Jerry de madrugada al finalizar la noche de la discoteca. Y tengo que confesar que a pesar de todo, de mi altanería y seguridad por un lado, pero también de mi ladino encrespamiento por otro, no es menos cierto que me puse a esperar presa de un temblor que me hacía terriblemente dúctil, frágil y vacilante, más frágil y vacilante a  como jamás me había sentido.

– ¿ … okey ?

– ¿ Sí … ? ¿ eres tú Jerry ? – acerté a decir como si se me abriera a rajas la voz, como si se me tensasen y destensasen a la vez las venas.

– Sí, yo soy Jerry ¿ Y tú quién eres, mona … ?

(  ¿ … mona ? ah, volvían los términos deplorables, los ruines y alevosos, pero a la vez los mágicos; … volví a oír a Jerry reír, volvía a verle de pronto ofreciéndonos los vasos en la discoteca, saltando después hasta el techo en la habitación, volvía a verle cómo me cogía por la cintura sobre la cama y voltearme como si yo fuera una mariposa y él volara y yo volara con él …; era asombroso, qué vitalidad y cómo le gustaba vivir a Jerry, era un loco divino y atrevido, un loco con un pronto fascinante…)

– Yo soy Carmen … – le dije.

– … ¿ Carmen, Carmen … ? ¿ de qué Carmen me estás hablando ¿ eres Chuita ?…

. . . . . .

“ ¿ Recuerdan el famoso día aquél, en que salí de casa camino de Galapagar para verme con Olivia, pero que luego me dio por torcerlo todo y permití que Jerry me recogiera con su coche en la esquina de la gasolinera … ? Ese día, como ya dejé entrever más arriba, y entrados ya en una vertiginosa confianza –  porque yo se la otorgaba a Jerry y Jerry para estas cosas es un tío además de guapo muy guay – anduvimos sin parar de la ceca a la meca por sus bares y restaurantes viendo, bebiendo y pinchando sin parar de aquí para allá. Yo creo que además, al ir de un lado a otro, Jerry escogía las carreteras adrede porque, o bien con la capota descorrida corría como un condenado y a mí me parecía que iba a salir volando de un momento a otro y eso me producía placer y levedad, o circulábamos lentos y muy por la derecha, rozando casi los arbustos, momento que aprovechaba para, con cualquier disimulo o excusa irme encontrando y tocando, acostumbrándome a un mundo y un uso que, si me asustaba en parte y sorprendía, también lo asumía conscientemente con una especie de rubor y gozo incomunicable, porque estas verdades, oportunamente tan timoratas e íntimas, jamás, jamás solemos cometer la imprudencia de comunicarlas.

… el hecho es que, entre bromas y riéndonos por todo y por nada, y mano a mano, nos encontramos tomando unos whiskys escoceses a la barra del tugurio en el que hacía escasos minutos me había invitado a comer; minutos antes, Jerry me había regalado un sombrerito de paja de colores, monísimo (¿ te gusta más el rojo y verde ? me había dicho al dármelo, haciendo alusión a dos o tres más que se encontraban sobre las cabezas de unas maniquís de clara tendencia italiana en un lateral, sobre un extremo de la barra) y, aunque ligeramente ebrios, muy, muy ligeramente, estábamos bromeando y, con los brazos entrelazados, bebíamos y nos invitábamos a beber recíprocamente de nuestros respectivos vasos. No había mucha gente y, por el lugar en que nos encontrábamos en el bar, hasta corría un poco de brisa y el ambiente aparecía sosegado y distendido. Sin embargo, a los pocos minutos, y sin saber por dónde había accedido, se acercó a Jerry un tipo cincuentón gordo, calvo y sudoroso, con no muy buena pinta pero con traje y corbata; sin decir palabra se le apostó a la oreja y le susurró varias veces mirando para mí mientras lo hacía; me hice la loca y no le di más importancia; en realidad, aunque fuese como en una nebulosa, yo ya sabía dónde me encontraba, hasta había esnifado una rayita, por lo que tanto esto como una serie de concesiones y prácticas para mí desacostumbradas, constituyeron la señal inequívoca de que una llega, se compromete y comparte. No existe otra alternativa. Sobre el respaldo de un taburete alto, bajo el humo de su puro, y con dificultad,  el tipo gordo, calvo y sudoroso estuvo escribiendo algo en un papel; tardó poco de todas formas y acto seguido se lo entregó a Jerry; éste lo miró, luego lo hizo al tipo en cuestión, y lanzó una mueca que significaba claramente incertidumbre, posibilidad, duda, y, con parsimonia, a la altura de los ojos me lo pasó a mí. Cuando tras leer el papel y con él en la mano me encaré con Jerry para que me explicara qué quería decir, Jerry me respondió con naturalidad: pues dice que ya que eres virgen, y si follas con él, un kilo de pelas de las  de antes para mí y otros dos al contado para ti, que ése sería el trato. Me quedé entre sonriente y estupefacta, y no supe ni acaso llegue a saber nunca si eso fue así por simple atrevimiento o por audacia. El hecho es que tragué saliva deprisa porque no sabía qué hacer ni qué decir ni a quién; en todo caso, intenté creer a toda costa que aquel individuo, absolutamente inmoral y desvergonzado por demás, se habría colado repentinamente y hasta tal punto por mí que se había atrevido a … Pero el individuo, colado o no, no había desaparecido ni terminado con su polémica osadía ni la temía, sino que se había quedado a tres pasos, haciéndose el “longuis” con un vaso en la mano, mirando de reojo y esperando a todas luces la contestación que yo pudiera dar. Entonces, ante la actitud comprensiva y laxa de Jerry me esforcé por mantenerme inexpresiva y sobreponerme a aquel primer impacto, por lo que carraspeando ligeramente para disimular el desbarajuste de mi situación, bajé la cabeza y me puse a pensar con suma rapidez. Aparte de lo que deduje a simple vista como más evidente, cual era que además de conocerse entre ellos, posiblemente se conocieran muchísimo, me pregunté como si fueran disparos: ¿ por qué aquel miserable había hecho lo que había hecho pasándole a Jerry un papelucho como aquél ? ¿ por qué el muy cobarde no me lo había pedido o planteado a mí directamente ? ¿ o es que acaso yo era de Jerry y le pertenecía ? ¿ estaría dando por entendido que yo me encontraba allí, acompañándolo, con aquel propósito y finalidad, en venta o la busca ? pero ¿ … y cómo podía saber que aún era virgen, cómo lo sabía o quién se lo había dicho ? ¿ lo sabría Jerry ? ¿ y si lo sabía, cómo, por pura deducción … ? Me volaban las ideas y las preguntas bajo aquel sombrero de ala corta de colores que tan sólo hacía unos quince minutos me había puesto Jerry sobre la cabeza ¿ … es que tendrían concertado un acuerdo para casos tan claros como el mío … ? Indudablemente voy a permitirme afirmar que existen, pues ahora los conozco bien, espacios íntimos de tiempo incalculables, instantes con dimensiones que jamás nadie ajeno podrá sospechar hasta dónde nos han llevado en décimas de segundo y qué hemos pensado allí, qué hemos visto, qué hemos hecho y determinado, y porqué y con qué ánimo nos han permitido volver. Creo recordarme ahora recostada sobre la barra, haciéndome la indolente y tratando de mirar a través de los cristales de la puerta que daba a fuera, hacia el jardincillo, sin sonrojo alguno a las ramas de los árboles que oscilaban levemente un poco más allá, no sé muy bien; el caso es que levanté la cabeza con la mayor indiferencia de que fui capaz, que me enderecé, que bebí whisky con lentitud sin alterar apenas mi postura sobre el taburete, y que me puse a mirar alternativamente a los ojos de Jerry y al trozo de hielo amarillento del interior de mi vaso. Jerry continuó indiferente, con aire de : ¡ oye, tía, tú verás, a mí no me preguntes, puedes hacer lo que quieras ¿ no … ? Y ante semejante reacción no niego que continué sintiéndome golpeada en toda mi alma y en todos mis instintos por un alud de ira, y que desaté contra él un torrente mental de juramentos y maldiciones, insultos soeces y futuras venganzas; pero, a decir verdad, tampoco niego que como un resorte, sometida una parte de mi ser a un vértigo inaguantable, a toda prisa comencé a construir una trama segura para dar cobertura física a los dos millones que se me estaban ofreciendo, a los que, y no sé por qué, imaginé siéndome entregados en sendos montoncitos de billetes completamente nuevos, brillantes y sin doblar. Por lo que, decidida, y tras tomar un último sorbo con fruición y hasta el fondo, levanté la cabeza y dije con toda naturalidad sin mirar ni a uno ni a otro: bien ¿ dónde está la pasta ?

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