CURRENT POETRY – POESÍA ACTUAL – SIGLOS XX-XXI: Orión de Panthoseas ®

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Lee a continuación un extracto de la novela:

I
– Vi y oí perfectamente cómo le dijo mi hermano Luchino a mi hermano Popo, poniéndose de rodillas delante de él – “Anda, coge el picachón y escáchame la cabeza, que madre se está muriendo y no quiero ver”.
Y Popo, cogiendo el picachón, lo levantó con toda su alma y, a tres pasos de donde yo me encontraba con mi madre a  punto de expirar, lo bajó con su fuerza descomunal y le abrió a Luchino la cabeza a la mitad.
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Éste fue en realidad el primer día cierto de mi vida, justo cuando pude levantar los ojos para, a través de los cristales agrietados y rotos de la ventana, entrarme por ellos como esquirlas vivas los sesos y la sangre de mi hermano; no, no pude gritar, pero sí arañarme y desollarme los dorsos de las manos porque allí mismo, en el exiguo corral de mi casa, de entre el abono, la miseria y piedras negras impregnadas de toda clase de orines y pudrimientos, acaecía de repente el horror humano más brutal y descarnado que cualquiera pudiera imaginar, impregnando el ambiente con una carga de tragedia desolada y pura, completamente aciaga, imprevista y escalofriante.
Recuerdo bien que era al anochecer y que llovía con una lluvia fina y pertinaz bajo un frío intenso. Aquel breve ínterin quedó grabado para siempre en mi cerebro con todos sus detalles mediante una impresión profunda y acaso desmedida. Luchino había quedado despatarrado sobre el abono y el barro, y desde las canales y los aleros desvencijados del tejado, sobre la cabeza de Popo caían lengüetazos de agua-nieve revueltos con restos de hojas secas y cuajarones de hielo.
Y si afirmo que este instante constituyó el primer día cierto de mi vida, afirmo que también hizo de último, pues vi que un sinfín de cosas lo eran por última vez porque todo se iba, se retorcía, se reagrupaba sobre sí mismo y se marchaba deprisa como hacia el cielo y por encima de los tejados, y como si al hacerlo se diluyera para enseguida difuminarse por entre el claro del aire y perderse definitivamente tras el humo de las chimeneas; y puedo decir, asegurar por tanto que vi, que vi con nitidez huir y desaparecer sin dejar ningún rastro no sólo lo que siempre había visto y tenido por cierto e imperecedero, sino que además lo hizo sin que yo pudiera detenerlo ni con las manos ni con la voluntad. Yo no sabía en aquel instante por qué era aquello ni cómo sucedía, por qué las piedras, el verdín y musgo de muros y paredes, lo mismo que la edad y el conocimiento, se fundían sobre sí mismos y ya no lograba dar con ellos, pues cada cosa había perdido o estaba perdiendo de pronto la consistencia de formas, trastocando sus significados, sus posibilidades y colores, por lo que inmediatamente después ignoraba si todo ello estaría lejos de mí o cerca, si lo duro de siempre se habría caído por completo o si por el contrario, aun siendo intangible seguiría en su sitio, rígido y sosteniendo los cimientos y ataduras del mundo como hasta entonces había sido. De cualquier forma, de mis conceptos y percepciones anteriores se había escapado por completo todo. Por tanto, en el intramundo de ese enloquecido desaparecer y desaparecer ni siquiera sabía entonces qué era o en qué podría consistir la oscuridad, desconociendo por tanto acerca de las leznas con que sería capaz de agujerear el corazón de las personas, como asimismo lo tocante a no haberme parado jamás, nunca, a observar el poder que por sí mismo tenía de bajar lo alto hacia lo bajo y lo bajo emerger hacia lo alto, o sus habilidades respectivas para fundir  y diluir lo más insospechado, atraparlo, envolverlo en nada como si fuera eco y convertirlo en otra nada exacta, tal y como si por los siglos de los siglos, y de ninguna manera, hubieran  venido alguna vez a la existencia concreta, y ya fuese así su presencia así, y ya, con sus propias dimensiones. Ello ocurría cuando justo yo tenía 13 años, Luchino 14 y 15 Popo.
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Reflejo cabal de nuestra pobreza venía a ser el jergón en que yacía mi madre: lleno de agujeros y soledad. Tras siete días en coma rompió su estado, se incorporó de pronto con los brazos hacia adelante y exclamó: ¡ Madre, madre  querida… ! Cuánto, cuánto he tardado ¿ verdad ?.
Y enseguida, aunque cayó muerta para atrás, me di cuenta de que sus facciones habían recuperado una laxitud perfecta; parecía increíble que tras haberlas contraído tanto y de forma tan amarga durante los días anteriores, pudiesen aparecer ahora tan relajadas y llenas de ternura. Sin embargo yo había visto aquello. Vi aparecer en el aire a mi abuela Benita, vi cómo desplegó sus manos, cómo poco a poco las fue acercando para coger las de mi madre para luego, suavemente, llevársela. Y aunque yo en mi corazón sabía que se la había llevado, mi razón me decía que no podía ser y que mi madre estaba allí, tendida y muerta porque la veía y yo estaba con ella, y también con Luchino, a  dos pasos y muerto, y con Popo, inmóvil y temblando, helándose bajo las mil torrenteras que a mares, y heladas, caían del tejado ¿ Qué, qué había visto en realidad, qué… ?
– Pero ¿ y qué ha pasado aquí… !  clamó mi padre al entrar en el corral y descubrir el universo destrozado y boca abajo. ¡ Dios mío, Dios Santo, qué ha pasado, qué ha pasado, Dios mío, Dios mío… ! insistía una y otra vez dentro de su gabán hecho destrozado y sin saber qué hacer con las manos, ni con los pies ni con nada. Y a través de la niebla y la mampara rota del tiempo viejo que todavía se estaba yendo por entre las sombras de la casa, pude verlo cómo abandonado caía de rodillas, desgreñado y abatido junto a Luchino, intentando recoger su cabeza, juntar sus trozos y, con las manos abiertas, como extenuado y absorbido, besárselos con infinita timidez; lo vi deambular después en los reinos del candor y la ausencia, persiguiendo y acariciando inútilmente la sangre congelada de Luchino por entre cantos y chinas negras a lo largo de los hilillos de los regatos cubiertos de carámbanos, pues vi cómo la iba señalando y la seguía ensimismado con los dedos porque una y otra vez se les escapaba de las manos. Y juro, puedo jurar por mi madre muerta, que  lo vi llorar a un tiempo con los ojos y el corazón.
Y ya, al rato, como si volviera de muy lejos intentando ahormar y demostrar su impotencia ante el bestión trastornado del mundo, fue cuando reparó por fin en Popo y en su ropa salpicada por los sesos y la sangre de Luchino, y le dijo:
– Hijo ¿ pero qué haces aquí, tesoro… ?
Y lo separó de debajo del agua,  le rodeó con los brazos el cuello amoratado por los golpes y el frío, se lo restregó y lo hizo andar, lo llevó a la cocina y sopló en las brasas haciendo que se acerca a ellas. Luego, cuando salimos para coger a Luchino, recuerdo que, sin embargo, ya no lloré. Posiblemente fuese porque me encontrara en el acto primero de mi nacimiento y las cosas, aunque andaban marchando y recreándose por aquí y por allá dispersas y difusas, en todo caso, y por primera vez, se me presentaban a un tiempo luminiscentes y podía moverme por entre ellas como si se tratara de esa bulla agraz e íntima con que se abren al sol y la brisa las flores nuevas tras cruzar el océano de una tormenta. Sólo sentía que amaba, que amaba saca y radicalmente a Luchino, y a mi padre, y a Popo. Sí, sentía que amaba a Popo de igual modo a como en ese instante pretendía amar lo que de mi madre quedaba sobre el camastro… ¡ Oh, Dios de todos los desastres… !
A Luchino, como pudimos, lo dejamos tendido sobre un escaño de la cocina. Ni mi padre ni yo podíamos mirarlo con el debido detenimiento ni compasión porque la raja le abría la frente y la nariz y le llegaba hasta los dientes y no se podía resistir, pero sí lo hacía Popo, sí, pues, con los ojos más extraviados que nunca y sin poder hallar reposo con los pies en ninguna parte, aterido y temblando, no cesaba de volver insistentemente la cabeza, y con las manos, crispadas y torcidas como las tiene, no paraba de pasárselas por ella, hasta hacerse un hematoma con sangre a lo largo de la frente.
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Esta última noche Doménico necesitaría llorar por tanta hambre, desolación y frío, pero no quiere hacerlo a despecho de tanta necesidad, no, no debe, siempre  quiso ser un hombre, y tampoco quiere llorar hoy. No, no ha tenido soledad bastante, ni tampoco tiempo. Por eso, cuando las ruedas del carromato discurren un  momento por tierras blandas y el ruido permite diseccionar levemente el destino, ha hecho acopio de todo el valor de la creación, por lo que enternecido, y dirigiéndose a su mujer, tiene para ella las siguientes palabras: “esposa querida, Sita del alma ¿ dónde estas, amor de mi vida ? Aunque parece que vas con nosotros, no vayas sola por el aire,  hay gente muy mala por todas partes, estate a nuestro lado, a mi lado, como cuando nos reíamos y cogíamos margaritas por la pradera aquélla de la romería ¿ te acuerdas, te acuerdas, Sita ? Ah, para ser muchacha qué veloz eras, qué joven y también qué bella, Sita. Entonces yo componía canciones y poemas para ti y luego te los llevaba a la ventana. Sita, querida, te juro que te he amado con todas mis fuerzas, con todas las fuerzas de mi ser y de mi alma. Pero no he sido nada, nada, y hasta menos que nada de nada, sólo un borrego, un  mastuerzo como dice la gente de por aquí, Sita mía, un vagabundo que llegó a Osira y te embrujó, un atorrante y un maldito baldío, un mala sombra, una torva mala de aire, eso he sido. Yo no sabía que llevaba encima el hambre como la  peste y eso era lo que te ofrecía cuando cantaba y tocaba en la iglesia para que se salvaran las almas. Amor mío, aunque sea  tarde, perdóname; no sé dónde cogí esta enfermedad terrible con que te he matado. Oh, Sita, esposa y compañera querida, si pudiera volverte a la vida – y se le arremolinan con urgencia las lágrimas – renunciaría a aquellos ramos de flores que cogí cuando te conocí, y hasta a los claveles y las margaritas de la romería. No, no me amarías, Sita, ya lo sé, pero yo no te habría matado de hambre como lo he hecho, y ya, ya  nunca, jamás podrías morir por mi culpa”.
“Y tú y yo, hijo – dice procurando dialogar a continuación con Luchino – qué poco, qué poco hemos hablado en catorce años. Pero sí, sí, sé recuerdo que un día te dije que había un sitio en el que yo había estado y donde los árboles eran todos palmeras gigantes y la arena del mar pepitas de oro ¿ te acuerdas, Luchinico ? ¿ te acuerdas, hijo, que te lo dije ? Pues no era más que un embuste, el sueño de un embaucador, de un padre cuentista, de un puro farsante. Te quiero hijo, te quiero y, si me dejas, te lo digo ahora, te lo digo: te quiero, si, te quiero Luchino, perdóname también si me ves o me oyes, por favor, perdóname igual que quiero que me perdone mamá. Y si la encuentras, cuídala, cuídala mucho Luchinico. Mamá es tan sensible…; ¿ te acuerdas cómo era madre, cómo era mamá ¿ Y además, ya sabes que por las tardes, cuando había, a ella le gustaba ponerse en una  taza unas gotas de té. No olvides eso por nada del mundo, Luchino, hijo, por favor, no lo olvides. Por eso se murió mamá, porque yo no pude traerle a tiempo unas gotinas de té, sólo por eso se murió, hijo, sólo por eso; le entró tanta tristeza…
– Arre, arre, vamos “Negra”, vámonos de  aquí, anda, anda, guapa, y sácanos de una vez del hoyo”.
Y las palabras acerca de lo que acaba de pensar y decir parecen revolotearle y cuajársele en la boca; ahora, justo cuando el sol parece que va a poder romper la cortina de lluvia; qué bien, qué bien, así podrían llenarse de luces las praderas, llegó a pensar someramente Doménico.
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– Padre, Padre, despierte, despierte…
– Qué pasa, qué pasa…
– Padre, que madre – yo no sé – igual está viva, la acabo de ver.
– Claro, como a Luchino; como van con nosotros…
– Que no. Que la vi. Tengo aquí que hablé con ella… – señalando la sien -.
– Marita, no me vengas… Habrás tenido una pesadilla, ¿ cómo vas a hablar con tu madre si… ?
A Marita Cagilastro del Ara le tiembla la boca. Apenas puede tragar saliva porque acaba de dejar a su madre en Osira, junto a la ventana del segundo piso de su casa, desde donde se ve la hondonada, por donde pasan los osos en primavera cuando resucitan y por donde, gruñendo, ella, a menudo, ha visto a la soledad.
– Padre, déjeme bajar.
– Pero, mujer, qué vas a adelantar…  Sólo coger más frío…
– ¡ Quiero ver a mamá…!
– ¿ Otra vez… ?
– Si no la puedes ver, está…
– Sooooo, “Negra”, ordena Doménico sin preocuparse mínimamente por saber dónde se encuentran en ese momento y al fin el carro se detiene.
– ¡ Mamá, mamá…! – salta al suelo llamando Marita.
-[… esta muchacha qué voces da; menos mal que, con el frío que hace, no habrá nadie por los alrededores, que, si no…, cualquiera que la viera… ¡ Marita, habla más bajo, coño !]
– ¡ Mamá ¿ estás ahí ? ¿ puedes oírme ? ¿ estás ahí, Sita ? ¿ estás ahí, mamá… ?
Popo oye y rebulle, mueve las piernas y los hombros y de lado mira revirado, se encoge de nuevo y vuelve a tomar la postura original de abandono.
– [… con el frío tan grande que hace… y el caldero… , seguro que ya no tiene una brasa; a ver si por fin logramos salir de este frío, a ver, a ver – y se restriega las manos Doménico con ahínco]
Arrebujada en su pellizón, pegada la cara contra el cajón de los muertos, Marita Cagilastro, más que hablarle a su  madre, ha terminado murmurando palabras, luego únicamente las piensa, sólo las piensa, sólo, sólo, hasta terminar por dudar si realmente las habrá llegado a pensar o no. Pero antes de apartarse, había dicho muy bajo:
– Mamá querida, dime, por favor ¿ no has estado conmigo allá arriba, en Osira, en nuestra casa… ? Sí, sí hemos estado juntas, tú me preguntaste…
– Marita – pregunta Doménico a su hija a grandes voces tratando de evitar los ruidos del viento y el carro ¿ por qué tuteas a tu madre y a mí no… ? – le pregunta Doménico a su hija una vez en el carro.
– ¿ Cómo dice… ?
– Que por qué a tu madre la tratas de tú y a mí no; y lo repite ahuecando la mano contra el viento, poniéndola al lado de la boca.
– Porque no puedo de otra manera, Padre; usted es la autoridad, el que manda. Don Dacio y la maestra dicen que los hombres son la cabeza de…, bueno los que mandan, y por eso…
… la tabla desclavada y vuelta a clavar, la negación, el alto riesgo de morir de tristeza y frío; surge esto cuando las manos de su madre acaban de posársele en la mejilla y quiere hablar con ella, o llorar y no puede, y no puede hacerlo porque ha comido hierba y el veneno le ha dejado la sangre y las palabras detenidas y verdes, y una y otras absolutamente sordas, en realidad absolutamente indisponibles para comunicar nada a nadie.
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… y si Josám Absdrid Aldbrahim moría el diecinueve de octubre de mil novecientos treinta y siete al palidecer la tarde hasta caer rodando y ser enterrado en una fosa común, ése mismo día, su íntimo amigo Joaquín del Ara Garcés, maestro panadero y diputado de la República, mi abuelo, tras juicio sumarísimo, era enviado a la cárcel de “Hoyo Hondo” con una condena de por vida.
Ayer mismo, cuando bajé al huerto y por primera vez me encontré cara a cara con Josám, con sencillez y amabilidad me besó la mano, me dispensó entre sonrisas unos acordes de violín hechizantes y luego, me ofreció su silla pulcra de mármol maravillosamente pulido. Hecho esto, enseguida me preguntó por mi abuelo, pues hacía años – me dijo – que no se veían.
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Aquel edificio había sido cárcel en exclusiva hasta mil novecientos treinta y cuatro. Sólo tras los acontecimientos de octubre, y sobre todo tras el advenimiento de la guerra civil con su prodigiosa capacidad para generar expósitos, huérfanos y desamparados de toda laya y condición, habría de ser el momento oportuno para ser redistribuidas sus estancias  para ejercer también y al mismo tiempo no sólo de cárcel, sino de inclusa, orfanato y correccional de menores.
Yendo hacia él, y visto de lejos, se vislumbra un caserón de piedra antiquísimo, rectangular y de enormes proporciones, un edificio oscuro y prácticamente circundado por el río y dos pequeños tesos a cuya entrada principal, significada con una bandera nacional ondeando en un mástil inclinado, se accede a través de dos descomunales y viejísimas  hileras de árboles bananos,  salpicados a intervalos por altísimos cipreses.
Cuando llegan determinados reos a un centro de reclusión, el alcaide, o quien haga sus veces, ya conoce de antemano a quién va a recibir, sabe bien de quién se trata. Por eso, a veces, no sólo espera meramente al reo, sino que previamente difunde entre los penados o futuros compañeros…
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Con angustia, ambos se alejaron hacia el interior de la oscuridad estirando el cuello, gritando para sus adentros como obsesos y preguntándose uno al otro secreta y mutuamente quiénes eran y de dónde venían, cuáles eran sus nombres y por qué y por qué tocante a todo cuanto en ese momento desconocían. Con rapidez y frenesí fruncieron la frente porque nada de lo acontecido se les hacía comprensible, pero, reaccionando, se dieron prisa y cada uno de ellos empezó a reivindicar su estancia en el mundo y a afirmarla, dado que de repente el frío ya no era frío ni por los jirones del alma lograba entrar el viento helado de siempre para devastarla y consumírsela; no, no, había vuelto el calor y este calor los hacía bullir en pleno invierno crudo sin esperarlo, a bocajarro, intensísimamente brillaba con resplandor desmesurado la primavera, era tal, que subía por las enramadas secas de los árboles y los instantes y los verdecía, transformándolos a todos ellos sin límite: por fin, era la hora limpia y de libertad en prisión. Ambos, ambos a partir de ese momento, comenzaban a saberlo.
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El magnífico coro, de alabastro y sillería  repujada, fue ocupado a la antigua usanza por las hermanas y Marita: ésta, en el centro, con un vestido desmayado y recto hasta los pies del color del centeno; a la espalda, la  hermana Carmen, quien, desde el atril principal, con solvencia, habría de comenzar a  dirigir todos y cada uno de los preparativos desde el mismo inicio.
… y fue tal que, ya, con la misma antífona con que comenzó a definirse el Asperges, en el ámbito de la catedral era percibida una especie de ebullición y ensalmo, como si una brisa suave de procedencia desconocida entrara para besar con mesura exquisita y temple los bóvedas y espacios catedralicios, una brisa limpia y subyugante  tras un perfecto i9ncensamiento a base de mezcla exacta de benjuí y olíbano recién preparados y frescos.
– Dominus bobiscum – dijo el obispo, comenzada la misa mientras abría los brazos hacia  la multitud.
– Et cum spiritu tuo – le devolvió el coro con presteza y atención impecables.
Pero fue con el Kyrie cuando una voz se alzó infinita y pura sobre todas las voces, fue en ese momento cuando un espíritu se elevó sobre los espíritus para recorrer con excelsitud todos y cada uno de los troncos y nervaduras de la cúpula mayor haciéndolos arder y que de ellos renaciera el silencio para escuchar, cuando los  presentes se sintieron transportados, arrebatados, junto a los inclasificables rostros angélicos y estremecidos allí por el amor divino mientras flotaban durante breves instante en un inefable mar de armoniosa cadencia e irrefrenable luz.
… y de igual forma, exactamente igual aconteció cuando, aún sin haber terminado de regresar a su compostura natural, cuando el obispo celebrante exclamó “Gloria in excelsis Deo” y las voces gregorianas prosiguieron proclamando “.. e in terra pax hominibus” en medio de un delirio dulce y a la vez estremecedor, cuando el coro, dirigiéndose a lo alto, avanzó para insistir afirmando por segunda  vez “qui tollis percata mundi” y cuando, por un instante, durante una exigua fracción de tiempo y mundo, cada uno de los asistentes obtuvo la sensación de hallarse rodeado del indudable y mismo aliento de Dios, el cual magnánimamente los absolvía o bien, implacable, les interrogaba acerca de  sus muchos, antiguos y gravísimos pecados.
¿… de qué serviría delinear en su pureza El Credo cuando la voz portentosa y solitaria de Marita interpretó el “et incarnatus est”, o bien y posteriormente el Sanctus, jaculatoria ésta de alabanza que semejó exaltar a  los presentes a tal devoción que hizo que se inclinasen en tierra ante la  misma faz del Altísimo, rodeado de sus excelsas huestes celestiales ?
Todo, y tan rápido, se había consumado…
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I

– Vi y oí perfectamente cómo le dijo mi hermano Luchino a mi hermano Popo, poniéndose de rodillas delante de él – “Anda, coge el picachón y escáchame la cabeza, que madre se está muriendo y no quiero ver”.

Y Popo, cogiendo el picachón, lo levantó con toda su alma y, a tres pasos de donde yo me encontraba con mi madre a  punto de expirar, lo bajó con su fuerza descomunal y le abrió a Luchino la cabeza a la mitad.

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Éste fue en realidad el primer día cierto de mi vida, justo cuando pude levantar los ojos para, a través de los cristales agrietados y rotos de la ventana, entrarme por ellos como esquirlas vivas los sesos y la sangre de mi hermano; no, no pude gritar, pero sí arañarme y desollarme los dorsos de las manos porque allí mismo, en el exiguo corral de mi casa, de entre el abono, la miseria y piedras negras impregnadas de toda clase de orines y pudrimientos, acaecía de repente el horror humano más brutal y descarnado que cualquiera pudiera imaginar, impregnando el ambiente con una carga de tragedia desolada y pura, completamente aciaga, imprevista y escalofriante.

Recuerdo bien que era al anochecer y que llovía con una lluvia fina y pertinaz bajo un frío intenso. Aquel breve ínterin quedó grabado para siempre en mi cerebro con todos sus detalles mediante una impresión profunda y acaso desmedida. Luchino había quedado despatarrado sobre el abono y el barro, y desde las canales y los aleros desvencijados del tejado, sobre la cabeza de Popo caían lengüetazos de agua-nieve revueltos con restos de hojas secas y cuajarones de hielo.

Y si afirmo que este instante constituyó el primer día cierto de mi vida, afirmo que también hizo de último, pues vi que un sinfín de cosas lo eran por última vez porque todo se iba, se retorcía, se reagrupaba sobre sí mismo y se marchaba deprisa como hacia el cielo y por encima de los tejados, y como si al hacerlo se diluyera para enseguida difuminarse por entre el claro del aire y perderse definitivamente tras el humo de las chimeneas; y puedo decir, asegurar por tanto que vi, que vi con nitidez huir y desaparecer sin dejar ningún rastro no sólo lo que siempre había visto y tenido por cierto e imperecedero, sino que además lo hizo sin que yo pudiera detenerlo ni con las manos ni con la voluntad. Yo no sabía en aquel instante por qué era aquello ni cómo sucedía, por qué las piedras, el verdín y musgo de muros y paredes, lo mismo que la edad y el conocimiento, se fundían sobre sí mismos y ya no lograba dar con ellos, pues cada cosa había perdido o estaba perdiendo de pronto la consistencia de formas, trastocando sus significados, sus posibilidades y colores, por lo que inmediatamente después ignoraba si todo ello estaría lejos de mí o cerca, si lo duro de siempre se habría caído por completo o si por el contrario, aun siendo intangible seguiría en su sitio, rígido y sosteniendo los cimientos y ataduras del mundo como hasta entonces había sido. De cualquier forma, de mis conceptos y percepciones anteriores se había escapado por completo todo. Por tanto, en el intramundo de ese enloquecido desaparecer y desaparecer ni siquiera sabía entonces qué era o en qué podría consistir la oscuridad, desconociendo por tanto acerca de las leznas con que sería capaz de agujerear el corazón de las personas, como asimismo lo tocante a no haberme parado jamás, nunca, a observar el poder que por sí mismo tenía de bajar lo alto hacia lo bajo y lo bajo emerger hacia lo alto, o sus habilidades respectivas para fundir  y diluir lo más insospechado, atraparlo, envolverlo en nada como si fuera eco y convertirlo en otra nada exacta, tal y como si por los siglos de los siglos, y de ninguna manera, hubieran  venido alguna vez a la existencia concreta, y ya fuese así su presencia así, y ya, con sus propias dimensiones. Ello ocurría cuando justo yo tenía 13 años, Luchino 14 y 15 Popo.

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Reflejo cabal de nuestra pobreza venía a ser el jergón en que yacía mi madre: lleno de agujeros y soledad. Tras siete días en coma rompió su estado, se incorporó de pronto con los brazos hacia adelante y exclamó: ¡ Madre, madre  querida… ! Cuánto, cuánto he tardado ¿ verdad ?.

Y enseguida, aunque cayó muerta para atrás, me di cuenta de que sus facciones habían recuperado una laxitud perfecta; parecía increíble que tras haberlas contraído tanto y de forma tan amarga durante los días anteriores, pudiesen aparecer ahora tan relajadas y llenas de ternura. Sin embargo yo había visto aquello. Vi aparecer en el aire a mi abuela Benita, vi cómo desplegó sus manos, cómo poco a poco las fue acercando para coger las de mi madre para luego, suavemente, llevársela. Y aunque yo en mi corazón sabía que se la había llevado, mi razón me decía que no podía ser y que mi madre estaba allí, tendida y muerta porque la veía y yo estaba con ella, y también con Luchino, a  dos pasos y muerto, y con Popo, inmóvil y temblando, helándose bajo las mil torrenteras que a mares, y heladas, caían del tejado ¿ Qué, qué había visto en realidad, qué… ?

– Pero ¿ y qué ha pasado aquí… !  clamó mi padre al entrar en el corral y descubrir el universo destrozado y boca abajo. ¡ Dios mío, Dios Santo, qué ha pasado, qué ha pasado, Dios mío, Dios mío… ! insistía una y otra vez dentro de su gabán hecho destrozado y sin saber qué hacer con las manos, ni con los pies ni con nada. Y a través de la niebla y la mampara rota del tiempo viejo que todavía se estaba yendo por entre las sombras de la casa, pude verlo cómo abandonado caía de rodillas, desgreñado y abatido junto a Luchino, intentando recoger su cabeza, juntar sus trozos y, con las manos abiertas, como extenuado y absorbido, besárselos con infinita timidez; lo vi deambular después en los reinos del candor y la ausencia, persiguiendo y acariciando inútilmente la sangre congelada de Luchino por entre cantos y chinas negras a lo largo de los hilillos de los regatos cubiertos de carámbanos, pues vi cómo la iba señalando y la seguía ensimismado con los dedos porque una y otra vez se les escapaba de las manos. Y juro, puedo jurar por mi madre muerta, que  lo vi llorar a un tiempo con los ojos y el corazón.

Y ya, al rato, como si volviera de muy lejos intentando ahormar y demostrar su impotencia ante el bestión trastornado del mundo, fue cuando reparó por fin en Popo y en su ropa salpicada por los sesos y la sangre de Luchino, y le dijo:

– Hijo ¿ pero qué haces aquí, tesoro… ?

Y lo separó de debajo del agua,  le rodeó con los brazos el cuello amoratado por los golpes y el frío, se lo restregó y lo hizo andar, lo llevó a la cocina y sopló en las brasas haciendo que se acerca a ellas. Luego, cuando salimos para coger a Luchino, recuerdo que, sin embargo, ya no lloré. Posiblemente fuese porque me encontrara en el acto primero de mi nacimiento y las cosas, aunque andaban marchando y recreándose por aquí y por allá dispersas y difusas, en todo caso, y por primera vez, se me presentaban a un tiempo luminiscentes y podía moverme por entre ellas como si se tratara de esa bulla agraz e íntima con que se abren al sol y la brisa las flores nuevas tras cruzar el océano de una tormenta. Sólo sentía que amaba, que amaba saca y radicalmente a Luchino, y a mi padre, y a Popo. Sí, sentía que amaba a Popo de igual modo a como en ese instante pretendía amar lo que de mi madre quedaba sobre el camastro… ¡ Oh, Dios de todos los desastres… !

A Luchino, como pudimos, lo dejamos tendido sobre un escaño de la cocina. Ni mi padre ni yo podíamos mirarlo con el debido detenimiento ni compasión porque la raja le abría la frente y la nariz y le llegaba hasta los dientes y no se podía resistir, pero sí lo hacía Popo, sí, pues, con los ojos más extraviados que nunca y sin poder hallar reposo con los pies en ninguna parte, aterido y temblando, no cesaba de volver insistentemente la cabeza, y con las manos, crispadas y torcidas como las tiene, no paraba de pasárselas por ella, hasta hacerse un hematoma con sangre a lo largo de la frente.

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Esta última noche Doménico necesitaría llorar por tanta hambre, desolación y frío, pero no quiere hacerlo a despecho de tanta necesidad, no, no debe, siempre  quiso ser un hombre, y tampoco quiere llorar hoy. No, no ha tenido soledad bastante, ni tampoco tiempo. Por eso, cuando las ruedas del carromato discurren un  momento por tierras blandas y el ruido permite diseccionar levemente el destino, ha hecho acopio de todo el valor de la creación, por lo que enternecido, y dirigiéndose a su mujer, tiene para ella las siguientes palabras: “esposa querida, Sita del alma ¿ dónde estas, amor de mi vida ? Aunque parece que vas con nosotros, no vayas sola por el aire,  hay gente muy mala por todas partes, estate a nuestro lado, a mi lado, como cuando nos reíamos y cogíamos margaritas por la pradera aquélla de la romería ¿ te acuerdas, te acuerdas, Sita ? Ah, para ser muchacha qué veloz eras, qué joven y también qué bella, Sita. Entonces yo componía canciones y poemas para ti y luego te los llevaba a la ventana. Sita, querida, te juro que te he amado con todas mis fuerzas, con todas las fuerzas de mi ser y de mi alma. Pero no he sido nada, nada, y hasta menos que nada de nada, sólo un borrego, un  mastuerzo como dice la gente de por aquí, Sita mía, un vagabundo que llegó a Osira y te embrujó, un atorrante y un maldito baldío, un mala sombra, una torva mala de aire, eso he sido. Yo no sabía que llevaba encima el hambre como la  peste y eso era lo que te ofrecía cuando cantaba y tocaba en la iglesia para que se salvaran las almas. Amor mío, aunque sea  tarde, perdóname; no sé dónde cogí esta enfermedad terrible con que te he matado. Oh, Sita, esposa y compañera querida, si pudiera volverte a la vida – y se le arremolinan con urgencia las lágrimas – renunciaría a aquellos ramos de flores que cogí cuando te conocí, y hasta a los claveles y las margaritas de la romería. No, no me amarías, Sita, ya lo sé, pero yo no te habría matado de hambre como lo he hecho, y ya, ya  nunca, jamás podrías morir por mi culpa”.

“Y tú y yo, hijo – dice procurando dialogar a continuación con Luchino – qué poco, qué poco hemos hablado en catorce años. Pero sí, sí, sé recuerdo que un día te dije que había un sitio en el que yo había estado y donde los árboles eran todos palmeras gigantes y la arena del mar pepitas de oro ¿ te acuerdas, Luchinico ? ¿ te acuerdas, hijo, que te lo dije ? Pues no era más que un embuste, el sueño de un embaucador, de un padre cuentista, de un puro farsante. Te quiero hijo, te quiero y, si me dejas, te lo digo ahora, te lo digo: te quiero, si, te quiero Luchino, perdóname también si me ves o me oyes, por favor, perdóname igual que quiero que me perdone mamá. Y si la encuentras, cuídala, cuídala mucho Luchinico. Mamá es tan sensible…; ¿ te acuerdas cómo era madre, cómo era mamá ¿ Y además, ya sabes que por las tardes, cuando había, a ella le gustaba ponerse en una  taza unas gotas de té. No olvides eso por nada del mundo, Luchino, hijo, por favor, no lo olvides. Por eso se murió mamá, porque yo no pude traerle a tiempo unas gotinas de té, sólo por eso se murió, hijo, sólo por eso; le entró tanta tristeza…

– Arre, arre, vamos “Negra”, vámonos de  aquí, anda, anda, guapa, y sácanos de una vez del hoyo”.

Y las palabras acerca de lo que acaba de pensar y decir parecen revolotearle y cuajársele en la boca; ahora, justo cuando el sol parece que va a poder romper la cortina de lluvia; qué bien, qué bien, así podrían llenarse de luces las praderas, llegó a pensar someramente Doménico.

. . . . . . . . . .

– Padre, Padre, despierte, despierte…

– Qué pasa, qué pasa…

– Padre, que madre – yo no sé – igual está viva, la acabo de ver.

– Claro, como a Luchino; como van con nosotros…

– Que no. Que la vi. Tengo aquí que hablé con ella… – señalando la sien -.

– Marita, no me vengas… Habrás tenido una pesadilla, ¿ cómo vas a hablar con tu madre si… ?

A Marita Cagilastro del Ara le tiembla la boca. Apenas puede tragar saliva porque acaba de dejar a su madre en Osira, junto a la ventana del segundo piso de su casa, desde donde se ve la hondonada, por donde pasan los osos en primavera cuando resucitan y por donde, gruñendo, ella, a menudo, ha visto a la soledad.

– Padre, déjeme bajar.

– Pero, mujer, qué vas a adelantar…  Sólo coger más frío…

– ¡ Quiero ver a mamá…!

– ¿ Otra vez… ?

– Si no la puedes ver, está…

– Sooooo, “Negra”, ordena Doménico sin preocuparse mínimamente por saber dónde se encuentran en ese momento y al fin el carro se detiene.

– ¡ Mamá, mamá…! – salta al suelo llamando Marita.

-[… esta muchacha qué voces da; menos mal que, con el frío que hace, no habrá nadie por los alrededores, que, si no…, cualquiera que la viera… ¡ Marita, habla más bajo, coño !]

– ¡ Mamá ¿ estás ahí ? ¿ puedes oírme ? ¿ estás ahí, Sita ? ¿ estás ahí, mamá… ?

Popo oye y rebulle, mueve las piernas y los hombros y de lado mira revirado, se encoge de nuevo y vuelve a tomar la postura original de abandono.

– [… con el frío tan grande que hace… y el caldero… , seguro que ya no tiene una brasa; a ver si por fin logramos salir de este frío, a ver, a ver – y se restriega las manos Doménico con ahínco]

Arrebujada en su pellizón, pegada la cara contra el cajón de los muertos, Marita Cagilastro, más que hablarle a su  madre, ha terminado murmurando palabras, luego únicamente las piensa, sólo las piensa, sólo, sólo, hasta terminar por dudar si realmente las habrá llegado a pensar o no. Pero antes de apartarse, había dicho muy bajo:

– Mamá querida, dime, por favor ¿ no has estado conmigo allá arriba, en Osira, en nuestra casa… ? Sí, sí hemos estado juntas, tú me preguntaste…

– Marita – pregunta Doménico a su hija a grandes voces tratando de evitar los ruidos del viento y el carro ¿ por qué tuteas a tu madre y a mí no… ? – le pregunta Doménico a su hija una vez en el carro.

– ¿ Cómo dice… ?

– Que por qué a tu madre la tratas de tú y a mí no; y lo repite ahuecando la mano contra el viento, poniéndola al lado de la boca.

– Porque no puedo de otra manera, Padre; usted es la autoridad, el que manda. Don Dacio y la maestra dicen que los hombres son la cabeza de…, bueno los que mandan, y por eso…

… la tabla desclavada y vuelta a clavar, la negación, el alto riesgo de morir de tristeza y frío; surge esto cuando las manos de su madre acaban de posársele en la mejilla y quiere hablar con ella, o llorar y no puede, y no puede hacerlo porque ha comido hierba y el veneno le ha dejado la sangre y las palabras detenidas y verdes, y una y otras absolutamente sordas, en realidad absolutamente indisponibles para comunicar nada a nadie.

. . . . . . . . .

… y si Josám Absdrid Aldbrahim moría el diecinueve de octubre de mil novecientos treinta y siete al palidecer la tarde hasta caer rodando y ser enterrado en una fosa común, ése mismo día, su íntimo amigo Joaquín del Ara Garcés, maestro panadero y diputado de la República, mi abuelo, tras juicio sumarísimo, era enviado a la cárcel de “Hoyo Hondo” con una condena de por vida.

Ayer mismo, cuando bajé al huerto y por primera vez me encontré cara a cara con Josám, con sencillez y amabilidad me besó la mano, me dispensó entre sonrisas unos acordes de violín hechizantes y luego, me ofreció su silla pulcra de mármol maravillosamente pulido. Hecho esto, enseguida me preguntó por mi abuelo, pues hacía años – me dijo – que no se veían.

. . . . . . . . .

Aquel edificio había sido cárcel en exclusiva hasta mil novecientos treinta y cuatro. Sólo tras los acontecimientos de octubre, y sobre todo tras el advenimiento de la guerra civil con su prodigiosa capacidad para generar expósitos, huérfanos y desamparados de toda laya y condición, habría de ser el momento oportuno para ser redistribuidas sus estancias  para ejercer también y al mismo tiempo no sólo de cárcel, sino de inclusa, orfanato y correccional de menores.

Yendo hacia él, y visto de lejos, se vislumbra un caserón de piedra antiquísimo, rectangular y de enormes proporciones, un edificio oscuro y prácticamente circundado por el río y dos pequeños tesos a cuya entrada principal, significada con una bandera nacional ondeando en un mástil inclinado, se accede a través de dos descomunales y viejísimas  hileras de árboles bananos,  salpicados a intervalos por altísimos cipreses.

Cuando llegan determinados reos a un centro de reclusión, el alcaide, o quien haga sus veces, ya conoce de antemano a quién va a recibir, sabe bien de quién se trata. Por eso, a veces, no sólo espera meramente al reo, sino que previamente difunde entre los penados o futuros compañeros…

. . . . . . . . .

Con angustia, ambos se alejaron hacia el interior de la oscuridad estirando el cuello, gritando para sus adentros como obsesos y preguntándose uno al otro secreta y mutuamente quiénes eran y de dónde venían, cuáles eran sus nombres y por qué y por qué tocante a todo cuanto en ese momento desconocían. Con rapidez y frenesí fruncieron la frente porque nada de lo acontecido se les hacía comprensible, pero, reaccionando, se dieron prisa y cada uno de ellos empezó a reivindicar su estancia en el mundo y a afirmarla, dado que de repente el frío ya no era frío ni por los jirones del alma lograba entrar el viento helado de siempre para devastarla y consumírsela; no, no, había vuelto el calor y este calor los hacía bullir en pleno invierno crudo sin esperarlo, a bocajarro, intensísimamente brillaba con resplandor desmesurado la primavera, era tal, que subía por las enramadas secas de los árboles y los instantes y los verdecía, transformándolos a todos ellos sin límite: por fin, era la hora limpia y de libertad en prisión. Ambos, ambos a partir de ese momento, comenzaban a saberlo.

. . . . . . . .

El magnífico coro, de alabastro y sillería  repujada, fue ocupado a la antigua usanza por las hermanas y Marita: ésta, en el centro, con un vestido desmayado y recto hasta los pies del color del centeno; a la espalda, la  hermana Carmen, quien, desde el atril principal, con solvencia, habría de comenzar a  dirigir todos y cada uno de los preparativos desde el mismo inicio.

… y fue tal que, ya, con la misma antífona con que comenzó a definirse el Asperges, en el ámbito de la catedral era percibida una especie de ebullición y ensalmo, como si una brisa suave de procedencia desconocida entrara para besar con mesura exquisita y temple los bóvedas y espacios catedralicios, una brisa limpia y subyugante  tras un perfecto i9ncensamiento a base de mezcla exacta de benjuí y olíbano recién preparados y frescos.

– Dominus bobiscum – dijo el obispo, comenzada la misa mientras abría los brazos hacia  la multitud.

– Et cum spiritu tuo – le devolvió el coro con presteza y atención impecables.

Pero fue con el Kyrie cuando una voz se alzó infinita y pura sobre todas las voces, fue en ese momento cuando un espíritu se elevó sobre los espíritus para recorrer con excelsitud todos y cada uno de los troncos y nervaduras de la cúpula mayor haciéndolos arder y que de ellos renaciera el silencio para escuchar, cuando los  presentes se sintieron transportados, arrebatados, junto a los inclasificables rostros angélicos y estremecidos allí por el amor divino mientras flotaban durante breves instante en un inefable mar de armoniosa cadencia e irrefrenable luz.

… y de igual forma, exactamente igual aconteció cuando, aún sin haber terminado de regresar a su compostura natural, cuando el obispo celebrante exclamó “Gloria in excelsis Deo” y las voces gregorianas prosiguieron proclamando “.. e in terra pax hominibus” en medio de un delirio dulce y a la vez estremecedor, cuando el coro, dirigiéndose a lo alto, avanzó para insistir afirmando por segunda  vez “qui tollis percata mundi” y cuando, por un instante, durante una exigua fracción de tiempo y mundo, cada uno de los asistentes obtuvo la sensación de hallarse rodeado del indudable y mismo aliento de Dios, el cual magnánimamente los absolvía o bien, implacable, les interrogaba acerca de  sus muchos, antiguos y gravísimos pecados.

¿… de qué serviría delinear en su pureza El Credo cuando la voz portentosa y solitaria de Marita interpretó el “et incarnatus est”, o bien y posteriormente el Sanctus, jaculatoria ésta de alabanza que semejó exaltar a  los presentes a tal devoción que hizo que se inclinasen en tierra ante la  misma faz del Altísimo, rodeado de sus excelsas huestes celestiales ?

Todo, y tan rápido, se había consumado…

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