CURRENT POETRY – POESÍA ACTUAL – SIGLOS XX-XXI: Orión de Panthoseas ®

La triple resurrección de Argimiro Díaz

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Lee a continuación un extracto de este relato:

…por tanto, y con arranque explosivo ante semejante incertidumbre, intentó desprenderse de aquel depósito inmundo en que se encontraba y saltar fuera, por lo que tiró y tiró a un tiempo de piernas y brazos al objeto de removerse y librarse violentamente, pero ni las piernas ni los brazos le respondieron, y el intento quedó reducido a una imponente frustración de un esfuerzo baldío; pero, aun así, bajo el síndrome por eludir aquel destino inexorable, probó primero a gritar con todas sus fuerzas, luego a decir o emitir algún sonido, hacerse oír por alguien, pero hubo de justificar esta imposibilidad porque se acordó con desconsuelo de que tenía la boca encajada por el pañuelo y porque la garganta la sentía como un nudo duro, descomunal y sin respuesta; por fin, cercano al llanto y previendo cercana la desesperación, apretó cuanto pudo los párpados y empezó a asumir que, efectivamente, debería ser sepultado sin queja alguna y sin remedio; de esta forma pudo constatar su ubicación real porque oyó majar a la cigüeña en lo alto de la torre de la iglesia y porque le llegaba el olor de aquel par de olivos que creían en el cementerio, acodados los troncos sobre la pared sur del templo, mezclado con el dulzón a tierra y a hueso revenido; por tanto, no, no había duda alguna de que, de un momento a otro, de modo fatal e irremediable bajarían la caja con las sogas y empezarían de inmediato a echarle tierra encima; de aquí que de todo punto impotente, con la mente desvanastrada y con completo desconcierto emocional, le diese por imaginarse a sí mismo como una de aquellas momias catalépticas desenterradas al cabo del tiempo a que tantas veces hiciera referencia su abuelo mientras se calentaban a las lumbres en los inviernos, muertos vueltos boca abajo con dientes y uñas desgastados a fuerza de arañar y roer desesperados contra paredes y techos de los féretros por haber sido enterrados vivos bajo un espesor de tierra de dos metros, tal cual intuía que en breves instantes podría verse él;
… y si disponer de algunos segundos constituía de todo punto la necesidad más crucial y apremiante para salvarse, todo ello terminó desplomándose cuando don Eliseo Galíndez, con su típica voz atiplada y sometida a los monótonos latines del evento, terminó por pronunciar aquel “…requiem aeternam, dona eis, Domine; et lux perpetua luceat eis…”; determinante, seguido de un reguero de bendiciones finales…

[… fue a través de esta lucha sin cuartel por saber y recuperar quién era como llegó a la conclusión de que olía a cera quemada, de que tenía una mano sobre otra y ambas reposándole a la altura del pecho, que tenía los pies atados y que también un pañuelo negro le bajaba desde la cabeza a lo largo de la cara sujetándole la mandíbula, como asimismo se dio cuenta de que un murmullo de voces fluctuantes, cual si procediesen de alguna parte sideral del mundo, se le iba acercando y haciéndosele claras las palabras que traía, por lo que fue así como logró constatar que pertenecían a don Eliseo Galíndez, el párroco, el cual cíclicamente, y una y otra vez, terminaba repitiendo “… paaaater nosssssster…”, subiendo y bajando el tono con aquella manera rutinaria y suya conocida tan por todos, cual era la de alargar exageradamente las inflexiones resignadas y dramáticas así en enterramientos como en misas de difuntos; sin duda debía encontrarse – pensó en medio de una nebulosa cada vez más desafiante – dentro de un ataúd, justo al lado de una fosa inmensa y profunda abierta para él; ¡ ah, si Florentina…! acertó a pensar esperanzado, al tiempo que, creyendo haber visto como en un relámpago el andamiaje pasado de su vida, temió por las terribles desdichas de su alma;

…por tanto, y con arranque explosivo ante semejante incertidumbre, intentó desprenderse de aquel depósito inmundo en que se encontraba y saltar fuera, por lo que tiró y tiró a un tiempo de piernas y brazos al objeto de removerse y librarse violentamente, pero ni las piernas ni los brazos le respondieron, y el intento quedó reducido a una imponente frustración de un esfuerzo baldío; pero, aun así, bajo el síndrome por eludir aquel destino inexorable, probó primero a gritar con todas sus fuerzas, luego a decir o emitir algún sonido, hacerse oír por alguien, pero hubo de justificar esta imposibilidad porque se acordó con desconsuelo de que tenía la boca encajada por el pañuelo y porque la garganta la sentía como un nudo duro, descomunal y sin respuesta; por fin, cercano al llanto y previendo cercana la desesperación, apretó cuanto pudo los párpados y empezó a asumir que, efectivamente, debería ser sepultado sin queja alguna y sin remedio; de esta forma pudo constatar su ubicación real porque oyó majar a la cigüeña en lo alto de la torre de la iglesia y porque le llegaba el olor de aquel par de olivos que creían en el cementerio, acodados los troncos sobre la pared sur del templo, mezclado con el dulzón a tierra y a hueso revenido; por tanto, no, no había duda alguna de que, de un momento a otro, de modo fatal e irremediable bajarían la caja con las sogas y empezarían de inmediato a echarle tierra encima; de aquí que de todo punto impotente, con la mente desvanastrada y con completo desconcierto emocional, le diese por imaginarse a sí mismo como una de aquellas momias catalépticas desenterradas al cabo del tiempo a que tantas veces hiciera referencia su abuelo mientras se calentaban a las lumbres en los inviernos, muertos vueltos boca abajo con dientes y uñas desgastados a fuerza de arañar y roer desesperados contra paredes y techos de los féretros por haber sido enterrados vivos bajo un espesor de tierra de dos metros, tal cual intuía que en breves instantes podría verse él;

… y si disponer de algunos segundos constituía de todo punto la necesidad más crucial y apremiante para salvarse, todo ello terminó desplomándose cuando don Eliseo Galíndez, con su típica voz atiplada y sometida a los monótonos latines del evento, terminó por pronunciar aquel “…requiem aeternam, dona eis, Domine; et lux perpetua luceat eis…”; determinante, seguido de un reguero de bendiciones finales…]

2 comentarios »

  1. Excelente relato, Antonio. Acabar enterrado vivo es impactante, pero cuando esto le ocurre a un cura… Se ve, creo adivinar, que fuiste monaguillo en el pueblo y que conoces al dedicllo los entresijos de las ceremonias que en aqullos lejanos años 50 se practicaban. Me ha encantado el estilo, el ambiente y, cómo no, la singularidad del relato.
    Salud.

    Comentario por Julio G. Alonso — 24/01/13 @ 10:38 pm | Responder

  2. … algo hay de aquello que dices, sí, las cosass conocidas se atienen mucho mejor a la realidad con que fueron, aunque no olvidemos que nos encontramos frente a la imaginación en y por sí misma (aunque no sea mucha, me temo); mi gratitud, compañero, por pasasr; un abrazo hondo;; Orión

    Comentario por oriondepanthoseas — 25/01/13 @ 12:55 am | Responder


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