CURRENT POETRY – POESÍA ACTUAL – SIGLOS XX-XXI: Orión de Panthoseas ®

La mujer que quería recuperar la tranquilidad

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Lee a continuación un extracto de la novela:

De ello vengo a darme cuenta ahora, dado que, a la vez de sentirme interiormente y por completo fuera de mi sitio, insistentemente me noto como aturdida y asustada. Ha sido el primer día de clase después de las vacaciones de verano, y a las siete de la mañana he cogido el Metro y he ido en él de pie, apretujada contra una barra metálica que se me hundía en la frente debido a las sucesivas avalanchas de estudiantes y trabajadores que sucesivamente entraban. Menos mal que conseguí agarrarme a ella como una desesperada y eso impidió que pudiera caerme o terminaran por arrastrarme.
Sin duda debí haber salido un poco antes de casa para poder sentarme e ir un poco más tranquila. Porque, no obstante estar pendiente de que quedase libre algún asiento próximo y conseguirlo, me doy cuenta de que ha pasado a resultarme prácticamente imposible. Y es que en el Metro hace falta ser rápido, adelantarse con decisión y ocupar lo que quede. Y no soy ya joven ni estoy entrenada. Jo, parece mentira, pero todo me resulta tan, acaso tan violento y nuevo. Es como si de pronto echara a andar por vez primera y tuviera que hacerlo no ya andando sino corriendo, disparada, en competición. Además, y a esas horas de la mañana,  parece como si todo, menos pensar, resultara mucho más difícil.
En el autobús nos respetábamos el asiento. Salvo puntuales alteraciones debidas a viajeros ocasionales, cada mañana nos encontrábamos  prácticamente los mismos. Habíamos llegado a conocernos sin darnos cuenta los nombres, los gustos, los gestos y nuestros respectivos lugares de subida y bajada. De este modo, íbamos percibiendo – al menos a mí me ocurría, porque bajaba al final del trayecto – el hueco de soledad que aparecía e iba rodeándonos a medida que cada compañero descendía y durante unos segundos lo veíamos alejarse por la ventanilla.
Y no, nunca logré evadirme por completo de esta sensación, la  cual semejaba pequeños desgarros que, aunque naturales y lógicos, se me mantuvieron porque, entre más y más días transcurrían, incluso años, más se incrementaba el efecto de esta sensación de proximidad y de casi pertenencia que propicia el hecho de coincidir unos con otros durante unos pocos minutos en el autobús a lo largo de tanto tiempo. Y yo, ante esta afirmación diría que sí, que incluso se llega a adquirir un cariño inconsciente, un cariño que llega a comprender y a tolerar, a perdonar incluso el exabrupto puntual, la tos e incluso el humo del cigarro, el pisotón, la agresividad y el cansancio, y cómo no, el sueño.
Todo esto me había parecido no sólo algo mío, sino de los que íbamos, como si de forma callada y paulatina este sentimiento nos lo hubiésemos apropiado y repartido a lo largo y ancho del autocar entre todos. En consecuencia, nuestras pequeñas o grandes neuras – las de cada uno –  las que íbamos conociendo y humanizando, incorporándolas a aquella pequeña familia extraformal y repentina de manera sucesiva y tácita, rehabilitándolas así cuando nos sonreíamos mutuamente en silencio o nos disculpábamos con prontitud y cortesía (… es verdad que no siempre; cualquiera sabe que suelen surgir fobias instintivas e incluso duraderas, envidias y odios, y que, además, simplemente surgen porque existen días desgraciados, terribles yo diría) y hasta percibir todo ello con afecto cuando hacíamos ver al preocupado infractor de algo que no, que no era nada, que no pasaba nada, que faltaría más y todas esas deferencias que suelen hacerse comprender con tal de aliviarle el corazón a alguien sin más explicaciones, y porque, a lo mejor, en ese momento, esas explicaciones no las hay, o no han existido nunca, sobre todo en las horas finales del día, las que se convierten en piedras y van retumbando con nosotros por las escaleras al entrar en casa, en los ascensores y a lo largo de los pasillos.
A veces qué deprisa se piensa y cómo se inscribe en la memoria. Nunca había reflexionado acerca de que se produjera de este modo. Aunque procuraré estar vigilante y muy atenta a todo cuanto de aquí en adelante vaya a pensar y hacer – pues ello devendrá en esencial para mi recuperación total – empiezo a repasar y a darme cuenta de la actividad, de las muchas actividades tanto internas como externas que desarrollamos de manera absolutamente inconsciente. Acaso me esté ayudando a descubrir estas pequeñas percepciones la nueva situación anímica de después del divorcio, incluso esta innovación de coger el Metro lleno de gente, que hoy me impidió hacerme con un asiento porque los jóvenes son más rápidos que yo, y porque el apretujón fue tan grande que apenas pude moverme sin llegar a saber si, efectivamente, alguien me había puesto o no la mano adrede y de forma persistente sobre el muslo. No logré saberlo. Antes bien, estuve aguantando y resistiendo nerviosa por no gritar y sin siquiera poder mover la cabeza ni bajar los brazos, dado que un sinfín de manos se cruzaban para cogerse a la barra por encima y por debajo de las mías y en todas direcciones. Era tanto el agobio que intenté respirar hondo pero tampoco lo conseguí, por lo que llevé la cabeza envarada y levantada la barbilla por encima de un codo afilado que me la subía y subía como si por momentos me pretendiera ahogar.
A medida que fueron quedando atrás las estaciones más fuertes, así fue disminuyendo la presión. Ayer, por la noche, cogí un plano de la red y comprobé que por algunas de ellas no había pasado en mi vida. Tendré que aprendérmelas para saber dónde me encuentro en cada momento del trayecto. Me agobia, me dispersa mucho no saberlo. Lo más importante es que debo hacer trasbordo en Cuatro Caminos y luego bajarme en Valdeacederas. Por primera vez  en dieciocho o veinte años no me encontraré, antes de entrar en el colegio, con Amalia y Rodolfo…
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Hace frío en Madrid, y, como solía decir Moravia, ya se sabe – parece como si estas frialdades le penetraran a una dentro y le produjeran por todas partes escalofríos e inseguridades. Claro que, en mi caso, para ello no hace falta mucho. Menos mal que he retomado la lectura y estoy devorando con ansia descomunal el último medio siglo, eso sí, con dos  excepciones: Cien  años de soledad y El perfume, que los he releído no sólo con ganas, sino con ansia y placer.
El teléfono se encuentra en calma (siempre temo que un día suene y sea Andrés con alguna embajada insostenible y desbarajustada) Chispas, mi gato, se acerca despacio con los pelos hirsutos y la cola levantada, ronronea bajo mis piernas y lo miro mientras se pavonea con la cabeza levantada, la cual restriega contra la pata de la silla. Me entra el frío de Madrid, me da tumbos la tristeza y me produce una impregnación súbita de apatía. Estar más de acuerdo con Dostoieski que con Nietzche, tocante a combatir y no celebrar estos espasmos de maldad inhibitoria, me da un poco de consuelo, me ayuda mientras lo pienso. De modo que voy a moverme ahora mismo, a dejar los papeles y a meterme en la ducha, a estrangular la abulia.
Antes, sin embargo, quiero dejar algo reseñado. Desde hace unos días he venido observando que, cuando ha hecho bueno y, después de comer, al abrigo de la terraza he salido con la hamaca a tomar el sol, dos terrazas más allá, y sistemáticamente, aparece un chico que se desnuda de medio cuerpo para arriba, se queda quieto y no deja de mirarme descaradamente de frente. Y lo hace como si fuera para él un rito: de forma lenta, parsimoniosa. Diría que incluso casi, casi, hasta elegante. Y aunque yo hago hincapié para moverme en la hamaca porque me pone nerviosa y la remuevo, y busco que la postura me enfoque hacia él de manera distinta, estoy segura de que sabe que lo estoy viendo, intuyo que lo sabe muy bien a través de los pequeños giros que llevo a cabo con disimulo para mirarlo y ver si está allí o sólo por saber qué hace. O, mismamente, al coger el cigarrillo, pues tras aspirar con inquietud y fruición, procuro luego expulsar el humo en esta o aquella dirección como si una necesidad me obligara a mover la cabeza para esquivarlo de los ojos, pero que en realidad no consiste más que en una excusa que me sirve para mirar de nuevo a su terraza y disipar la insistencia por mi parte y, quizá, también, un poco la morbosidad placentera que el contexto me produce. No sé, ya lleva así varios días, o los llevo yo, o los dos a un tiempo. Porque yo, claro está, no quiero perder mi espacio vital. Faltaría más, que no pudiera salir ni siquiera en bata a la terraza a tomar un poquito el sol… La verdad es que no me quita ojo. Nunca había visto tanta ¿ cómo diría ? tanto descaro ¿ no ? Anteayer creo que me llegó a sonreír, y ayer mismo me pareció que también, no estoy segura, me parece que intentó buscarme la cara. Jo, yo, por supuesto, he hecho como si no lo hubiera visto y, naturalmente, mucho menos se me ha ocurrido sonreírle. Pero sí, sí, que entreabrí  – sólo para fastidiarlo – un poquitín la basta sobre el muslo, así, dejándola caer más de un lado, como muy natural, como muy descuidada.
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Tenía la corazonada de la paciencia y había tomado la asunción del dolor como requisito necesario que soportar mientras esperaba el retorno. Ocurría esto cuando Andrés, con el pretexto de que de repente y de noche, se despertaba y se ponía a toser a causa del tabaco, se marchaba a dormir a la cama turca del cuarto de los trastos. Era el tiempo en el que los fines de semana, con sus hijos alrededor, yo miraba con melancolía a otras parejas y aspiraba a vernos dando un paseo tranquilo con nuestros hijos, pausados y con un poco de amor y sosiego por cualquier parte. Sé que esperé día y noche y por la mañana y por la tarde, y que se me erizaba el vello porque iba percibiendo en cambio, y con claridad, que eso nunca llegaría porque nuestra vida no tenía marcha atrás y se deterioraba más y más y de forma incontenible.
Ahora sé que esto tiene lugar tras variar de forma paulatina y el paisaje interior comienza a desconocerse de manera definitiva, cuando se espesa y pueden presentirse con mucha antelación mentiras y engaños, la postergación silenciosa, los gestos imprecisos y huecos, cuando se detecta netamente vidriosa la mirada hacia el tonto, la salmodia roma del pensamiento y a nuestro lado crecen desmesuradamente la estulticia y la soledad ¿ Qué era yo entonces ? ¿puedo recordarlo ahora ? Quizá sí: una mujer desorientada, aturdida, apeada y menguada, mirando a ninguna parte y a todas porque las luces conocidas, una a una, iban apagándoseme mientras oía correr otras formas y tiempos, otras personas, revolotear otras ideas con sus respectivos gritos y valores, tan nuevos siempre. Recuerdo que, incluso en un momento, me pareció ser víctima de una trampa irreverente, pero que, levantándome entre sollozos, me pregunté ¿ víctima de qué… ? Y sé que me hacía esta pregunta porque ya, sin duda, un matrimonio roto constituía algo muy común socialmente, casi vulgar diría, sólo que, en esta ocasión, no era el de nadie sino el mío, y ello me hacía temblar y considerar como un puñal el tiempo, a la vez que, y por primera vez, perdido. Fue una sensación desagradable en extremo, mucho. Me ha costado salir de éste sentimiento, el cual, en el fondo, tal vez no consista más que en una inmensa frustración respecto de los propósitos que concebimos los días de cerezas, cuando no hace más que despertar el verano y uno no percibe – quizás porque le resulte simplemente imposible, tal es la ilusión cegadora del enamoramiento – las nieblas que vendrán y los granizos profundos que tal vez rompan todo y acaben por arrasarlo. Lo digo así por no ser demasiado prosaica, y porque necesito darme un poquito de cerveza y canto emocional, algo que me suba a la cabeza y me eleve el tono vital a través – como decía Blas de Otero – de lo que ahora me queda únicamente: la palabra. Y no mucha.
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Sin duda, ponerme a prueba, reinterpretar las situaciones y el ánimo, me parece correcto, aunque duro. Y es que necesito, necesito del enfrentamiento con las hilachas del pasado, ir asentando los materiales, mis vértebras por llamarlos de alguna manera. Necesito sacar a la luz mis corrientes internas, mis oscuros y peores ríos de ser y mujer.
No ocurre así en el colegio. El padre Jeremías, Jefe de Estudios, me tira los tejos con descaro. Qué barbaridad. Le ha dado por salir corriendo de sus clases de religión y, en lugar de dedicarse a revisar los servicios que son de su incumbencia, lo que hace es buscarme como un loco en la sala de profesores o donde me encuentre y proponerme cuestiones disparatadas, tanto en el interior del colegio como fuera. Le he cogido miedo y aprensión. Ha perdido el pudor natural – si es que alguna vez realmente lo tuvo – y su propio vértigo lo está arrollando. En realidad, si no fuera por la situación tan débil y extrema en que me encuentro… Estoy segura de que el granuja me ve sola e indefensa, y claro… Isolina me anima a que le prepare una encerrona y lo ponga contra las cuerdas, o en evidencia ante alguien para que me deje en paz, pero, aunque no es mi estilo, estoy segura de que se lo merece por garrapatas y lascivo, y también porque se da cuenta de que puede influir para que mi situación laboral varíe y pueda reencontrar la normalidad que tuvo. Mejor no les cuento ni refiero dicho alguno, pero el hecho es que, con descuido o sin él, el otro día, y al pasar junto a una mesa, el muy… me rozó lo que quiso el culo, el muy cerdón. Se habrá dicho ¡ esta pobre, divorciada de la vida y necesitada sin remedio… qué mejor que el celo de su  Jefe de Estudios y el secreto y lealtad del capellán… ! ¡ El muy canalla, el muy…!
Después de todo, este ataque obsesivo me ha llevado a preguntarme íntimamente si el hombre y cura Jeremías, no habrá descubierto con audacia algún ribete nuevo en mí, algo de lo que durante estas semanas he venido ocultando celosamente. Una de las vertientes delicadas que consideró mi psiquiatra en su día fue, precisamente, el comportamiento sexual que podría tener en el futuro. Y, aunque parece ser que a la mayoría de las afectadas por depresiones este aspecto les decae o se les inhibe de forma natural durante un tiempo, me alertó, no obstante, para que me observara una vez hubiese superado los primeros tramos del tratamiento y pudiera reaccionar con sobriedad. De este modo, reconozco que, en una de las ocasiones  en las que me retiraba de la terraza, después de tomar el sol y ver al cuore en la suya, me quedé espiándolo con excesivo interés desde un lateral de la cortina. En ese momento me di cuenta de que, a medida que lo miraba, la libido me iba provocando un ligero sofoco de entusiasmo, y de que luego, al irme, y mientras me dirigía a la ducha, ese sofoco me inclinaba a hilvanar un pensamiento agradable que me lanzaba a hacia un estado intenso de deseo, por no decir exuberante y fantástico.  Intenté echarle la culpa  al sol, al calorcito de la bata, a ese sopor en que uno se sume con facilidad después de comer… Pero no, pues recuerdo muy bien que me sobresalté, y porque, ya, dentro de la ducha, con el agua plácida y tibia cayéndome encima y resbalándome, recogía sin duda el impulso del bienestar, es cierto, pero también mantenía el deseo nítido, debo confesar que con vehemencia, con ansiedad y hasta con exacerbación, e incluso, y acaso, con disponibilidad. Aquello, efectivamente, puso en evidencia que, en mi caso, la depresión no me había inhibido en absoluto la sexualidad, ni me la había dañado, antes bien, me la había dotado de una intensidad nada acorde a mi degradado estado mental y afectivo.
Fue entonces cuando, procurando seguir aquellas primeras indicaciones médicas, decidí observarme mejor y hacerme un chequeo riguroso a mí misma, consistente en provocarme situaciones de análisis y dándoles continuidad, para enseguida, inmediatamente, tomar decisiones. Y es aquí donde encaja mi preocupación en cuanto a si Jeremías ha llegado o no a notarme algún matiz o desliz inconsciente en este sentido. Y ya ven, si en cuanto mujer no me importa demasiado, sí me interesa en cambio, y mucho, a efectos de mi propio conocimiento. La primera impresión apunta a que mi sexualidad es más sensible y expeditiva que lo que imaginaba. Aunque también pueda ser debido a este largo período in albis y todo esté tendiendo a incentivar el apetito, a desorbitármelo para que yo, al fin, restablezca sus funciones y le proporcione un cauce adecuado, aunque todavía no sepa con ocasión de qué ni de qué manera.
Adentrarme en mí sin inhibiciones me produce pautas contradictorias. Si atiendo estrictamente a razones de ética y estética, a vanidad personal o a egocentrismo, podría decir que no me gusta y habría dicho una verdad concluyente. Pero a continuación me reprocho diciéndome que, en realidad, lo que tengo es miedo, miedo porque jamás ni nunca en mi vida me vi a mí misma, y que no me vi porque me ignoré y, por tanto, sin poder reflexionar que detrás de mi ser aparente, el de carne y hueso, habitaba la Regina mujer con las mismas posibilidades que cualquier otra. Confieso que al escribirlo me da resque, que tiemblo y siento escalofríos, y que para continuar debo medirlo y sopesarlo con distancia y frialdad, tragar saliva incluso y, con determinación afirmarme en quien soy y como soy. Mejor hago un alto y llamo por teléfono a mi hija. Me tomaré un yogourt y, luego, si es que, volveré a escribir. Sí, será mejor, un alto me hará bien…
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Yo sabía, porque lo había vivido, que el tipo y las maneras de trato y relación en aquel ambiente eran muy directos y abiertos, un ambiente donde la confianza consistía en algo que debía presuponerse desde luego y ser admitido per se. Sin duda, un modo avanzado que venía a romper tabúes y complejos ñoños, que actualizaba y ponía al día las movidas sociales últimas, progresismo incluido. De cualquier forma, yo conocía bastante bien a Rufino y a Sofía y no me importaba, pero tampoco parecía oportuno negarme a conocer a nueva gente. Ángel, el numismático, además de ser un hombre normal, era buena persona. Pertenecía a un pequeño banco donde era Jefe de Sección, y, de vez en cuando, se ponía el chandall y se iba a hacer footing a la Casa de Campo. Tenían tres chicos más jóvenes que los nuestros. Manoli Valle era guapilla, eso sí, pero con dos tetas fundamentales y un tipo fino que, por añadidura, venía a resaltárselas. Me había dado cuenta, naturalmente, en reuniones convencionales y distendidas anteriores, pero la observación en cuanto mujer había sido positiva. Donde todo comenzó a variar fue después de haber pasado con ellos las horas lúdicas de dos o tres fines de semana. Durante un tiempo, Ángel y yo habíamos superado la barrera de las cortesías y, entre los seis, parecía fluir al fin un río de amistad que, por otro lado, conllevaba, como suele ocurrir, el germen de lo nuevo pero, también, de lo especulativo. Íbamos al cine o al teatro, salíamos de paseo o jugábamos a las cartas en casa y Andrés parecía tender a beber menos, a fumar menos… No conseguí saber si esnifaba menos o no.
Pues bien, un día empecé a darme cuenta de que Manoli Valle – en función de la confianza, decía ella, sin duda excusándose – había empezado a adoptar posturas típicas de seducción pero siempre delatoras, tales como subirse las faldas sobre los muslos, a dejar que se le vieran con relativa facilidad las bragas o desabrocharse los botones superiores de la blusa por donde Andrés, mucho más que Rufino, entraba a muerte con todos sus instintos y bagajes.
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Me veía de nuevo en la biblioteca, con el abrigo puesto y con las manos apretándolo al cuello, más bien contra la garganta, debido al frío, y castañeándome los dientes.
.- ¡ Reginita, hija mía… ! – se dirigía a mí solícita mi abuela Alba -. Mira, mira este hombre, deja, no hace frío – y señaló con la mano en el aire el abrigo, con ademán de quitármel de encima de los hombros.
.- o¡ Nooo… ! – grité yo asustada y retrocediendo.
.- Regina, hija, mira… – insistió ella volviendo a señalar a Jeremías, quien ahora se había transformado en El Cuore vestido de sacerdote y se me acercaba dispuesto a todo.
.- ¡ Isolina, Isolina…! – pedí ayuda aterrada dirigiéndome a una puerta, pero tuve conciencia de que Isolina no se encontraba tras ella, pues la puerta se abrió y quedó transformada en la terraza de El Cuore  a la vez acompañado por mi abuela, y ambos de acuerdo, felices y sonrientes.
.- ¡ Abuela… ! – exclamé para reprenderla. Pero enseguida me arrepentí, sonreí también y de golpe me despojé del abrigo, dejándolo caer el suelo. Entonces me di cuenta de que estaba desnuda. Mi abuela Alba y El Cuore empezaron a caminar y venían decididos a mi encuentro.
¡ Hola, hola… !  – oí decir a alguien de repente. Sobresaltada, abrí los ojos y me removí. Eran Isolina y su madre. Habían vuelto.
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Del fondo de Madrid sale un vapor lento que va hacia arriba, y tras desdibujar los tejados, continúa ascendiendo hasta difuminarse como hizo el humo. Todo, todo desaparece, pienso y me digo pestañeando despacio, buscando para apropiarme de un pequeño cariño, de una exigua razón, de una cercanía ajena. Llevo la mano al corazón y, al dejarla, me acuerdo de mi hija y luego de Javier y de Andrés… Pero paso con precipitación un trapo por la memoria y consigo que aparezcan no obstante y a pesar de lo que ocurre con caras sonrientes, sin duda con los gestos más hermosos con que los llegué a ver jamás. Sigo hablándome con el roce de los párpados, haciendo lugar para el momento dulce, sereno y cálido que necesito. En realidad quiero quedarme en él un instante, sólo un poco para no entregarme a una lágrima y deambular por el salón y las habitaciones con las manos sobre la cabeza como si fuera un acordeón desvencijado y sin freno.
Con los ojos mojados me he sentado, he cogido el cuaderno con muecas en los labios y he estirado las piernas observándome los dedos desnudos, descubriendo su sencillez de movimientos y el silencio, su enorme silencio ¡ No, ya no soy la misma…! He reflexionado mentalmente fatigada. Y en el vertiginoso alumbramiento de recuerdos, sin orden ni concierto todo reaparece, se mezcla e inflama,  grita mil veces y vuelve a responder contra sí mismo ¡ No, no… ¡ digo airada, y me corto en seco este río de excitación. Necesito a toda costa un poco de sosiego, entrar en la paz. Entonces, he levantado la cabeza y he dejado de pensar y escribir, de pensar, de pensar, sobre todo de pensar… ¡ Ah, si pudiera seguir así, sin acordarme ni de Jeremías ni de nada – me he dicho – sin malos tragos ni malos sueños, si pudiera descansar un poco, si pudiera…, cuánta, qué satisfacción sería… ¡
Termino suspirando, dándole para arriba a la nariz, apretándome las sienes y con la cara baja, oculta entre las rodillas. Así me quedo un rato.
Pero hace calor, de nuevo hace calor, qué calor Dios mío, qué calor… Me he levantado a rebajar la calefacción y he dicho en alto que ya, que ya está bien… ¿ A qué me habré referido, Dios mío, a qué ? En este momento no logro saberlo, imposible, de ningún modo. Quizá lo he dicho porque necesito oírmelo decir, o por necesidad de darme una brizna de razón, o simplemente saber que estoy en algo cierto y agarrarme a ello con firmeza, como a un clavo ardiendo.  En tanto, me entran deseos irresistibles de andar, de ir de un lado a otro de la casa y  gritar sin parar, de apartarme de encima zumbidos de avispas, de cerrar los puños y de golpear fuerte, terriblemente fuerte y sin descanso contra la pared. Estoy notando que la comisura de los labios me tira, y que escribo y siento dificultad para saber qué hago. Me detengo, reflexiono y lucho para mantener la consciencia, pero, en realidad parece como si escribiera, como si estuviera escribiendo sin saber por qué. No sé, casi no sé dónde estoy. Noto que poco a poco se me aproxima un vahído. Sigo, pero voy a caer, lo sé, y no sé si…
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Y, entonces, fue cuando el timbre de la puerta sonó. Y aunque apenas lo oí desde tan lejos, me di prisa a enfundarme el albornoz y fui a abrir. Y aunque la llamada había sido inesperada, tiré de la puerta sin pensar. Y, oh Dios, allí estaba El Cuore, desmedido, tremendo, con los pantalones a medio bajar y con el miembro erecto e imponente. Decidido, y sin darme tiempo a nada, avanzó, cerró de un empujón la puerta y yo me quedé allí, completamente estática y estupefacta, desarbolada, sin posibilidad de reacción alguna.
¿ Pude acaso y a ultranza reavivar la consciencia… ? ¿ pude huir, pude gritar… ? ¿ qué pude hacer, y cómo, y de qué manera… ? ¿ pero, y quería hacerlo… ? La cuestión es que inmediatamente me atrajo hacia sí, me abrió el albornoz, me lo quitó y sin miramiento lo tiró al suelo; a continuación, y  sin saber cómo aún, me desprendió la parte inferior del bikini para acto seguido, sin mediar palabra y sin pedir disculpa de ninguna clase, me derribó sobre la moqueta y empezó a besarme y morderme con desesperación por todas partes. Yo, si bien es verdad que me dejé llevar tácitamente al principio, luego, si embargo, empecé a reaccionar también y a seguirle dando vueltas violentas y desasosegadas por el suelo, y él, incansable, a rozarme y acariciarme con el miembro los mulos, el vientre, de abajo a arriba y de arriba abajo, y a ribetearme los pechos. Creí morir.
Yo no podía saber cómo debía desarrollarse aquello y, sin duda en el delirio, me abandoné por completo. Pero es que, además, tampoco había hecho nunca el amor sobre una moqueta ni de aquella manera, ya que todo me daba vueltas y un deseo ansioso y desmedido me enturbiaba los ayes de placer y también, y por entero, sé que me privaba de toda posibilidad de todo discernimiento. Cuando al fin y definitivamente me penetró y apretó y apretó sin descanso como si el mundo fuera a fundirse en mis entrañas, fue cuando entré en éxtasis total, cuando perdí todo atisbo de control, y cuando, inconscientemente, sólo deseaba y deseaba que nunca terminaran los orgasmos infinitos,  pues únicamente yo era y yacía sobre el mar del ser, sobre la felicidad única y  perfecta.
Sí recuerdo que después, y poco a poco, empezaron a decrecer y a abandonarme los jadeos, a relajárseme los muslos y los brazos, momento en el que entorné los ojos y sentí un inmenso agradecimiento hacía aquél desconocido al que mecánicamente acariciaba. Me toqué la frente y sudaba, sudaba copiosamente.  No sé cuánto tiempo estaría tumbada en el suelo. Lo más probable es que no mucho, lo más probable es que el frío me hiciera mella y me ayudara a tomar conciencia de lo acaecido, de dónde me encontraba y de la nueva situación que se acababa de crear. Eso sí, como en un relámpago pensé en la probabilidad del embarazo. Pero me respaldó la memoria al señalarme que aún faltaban dos días para el período fecundo. Entonces, con alivio, respiré.
… e ineludiblemente, a partir de ese instante y día nada ha sido igual.
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No sabía en absoluto a qué o a quién me tendría que enfrentar, qué hacer o qué decir ¿  Matarnos… ? Se me representó como algo heterogéneo pero de repente real. ¿ Estaría El Cuore loco por sí o habría enloquecido… ? ¿ No serían celos después de… ? Sí, esto sería ¡ qué podría ser si no ¡ Aunque, de ser así, el problema existiría entre ellos y nada más. Le diría en ese caso que… El ascensor se detuvo y me interrumpió. Con sigilo y precaución empujé la puerta y salí asomando la cabeza. De inmediato oí voces. Eran de hombres airados que al mismo tiempo daban golpes secos y se proferían  entre sí amenazas. De repente se abrió la puerta más próxima de la planta y quedé frente a frente al cuore, al tal Joe. Lo miré fijamente mientras me cambiaba el bolso de mano. Detrás descubrí una situación muy alterada, pero él, cuadrándose delante de mí, dijo en alto:
.- Hombre, aquí está la gran zorra, la viciosilla de la profe. Pasa, ven aquí profe. Así no tendré que salir a rajarte y cortarte las tetas y asarlas – y con una pistola en la mano se acercó al umbral, me cogió por la muñeca y  tiró de mí hacia dentro como si fuera cualquier cosa.
En el hall vi paralizado a Abdal, a dos mujeres y tres hombres más. Recuerdo que había desorden y que se percibía un olor acre y denso, difícil de identificar.
.- Bueno, pues aquí la tenéis a la profe, a la guarrona de este joío negro de mierda – continuó – Pero eso sí, está muy buena ¿ a que sí, Gitano… ? Mejor que éstas – dijo señalando a las mujeres y dirigiéndose con dureza y tono cínico a los hombres –. Y qué ¿ es que a ésta no  la vais a follar, no vais a follar a la profe chochona… ? ¿ eh, eh… ? ¡ desde cuándo no… !
Y tras un silencio tenso, y al ritmo de movimientos apremiantes de pistola, autoritario prosiguió exigiendo a los desconocidos con desdén:
E inmediatamente, como si fueran fieras, o trenes que uno tras otro fueran descarrilando, los tres hombres me violaron. Lo hicieron como auténticos salvajes, se tiraron sobre mí como verdaderas bestias y sin el menor miramiento. Oh Dios. Yo no era un ser humano, yo no era nada, yo sólo…Déjenme, déjenme llorar aunque sea a escondidas un poco, antes de que pueda seguir.
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¡ Hijo de un violador…! Me repetía una y otra vez huyendo de los tres bárbaros e imaginando a Abdal, mirando ensimismada a través de unas pupilas inmóviles. Entonces deseaba con todas mis fuerzas cogerme el sexo, arrancármelo y separármelo para siempre. Sólo el latir del corazón me empujaba a vivir, pues me hacía recordar que yo estaba en él y eso me daba un atisbo de fe.
Pero de pronto volvía y me decía que aquel hijo de violador sería un mal hijo, sería otra bestia, otro perro… Maldito, maldito ¿ quién sería… ? Dios bendito, yo no lo quería ni podría quererlo nunca. Posiblemente tuviera cuarenta y siete años ya y, por añadidura, podría matarme en el nacimiento, o hacer que quedara lela, o mal de los nervios, o idiota para el resto de mi vida si es que llegaba a resucitar y salir de allí. Qué mala suerte, qué desgracia, qué desgracia, me lamenté hasta la saciedad y sumirme en la desesperación. Pero se levantaba el silencio más aterrador. Si alguna vez debí necesitar dulzura, estoy segura de que fue entonces. Porque sólo, sólo el hecho de desearla, hubiera sido acogedor, sólo.
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Toledo está cerca. Cojo a mi hijo en mi vientre y, con calma, nos vamos en tren, mirando por la ventanilla cómo corren los surcos, cómo pasan los árboles y coches, y sintiendo cómo hilan e hilan los husos inexactos de las horas. Entretanto, saco el viejo cuaderno, en el que tomo mis notas, y garabateo mil veces intentando construir un poema, pues alguna cosa, alguna señal íntima y querida, y poética a la vez, quisiera dejar a este hijo como resquicio de que he vivido, algo donde pueda depositar las voces más vivas y puras que haya sabido oír a través del corazón.
Después de tanta digresión interna y tanto avatar de vida, una o uno se detiene y, entonces, surgen, aparecen momentos en los que semeja tener asiento un cierto fluir, un fluir que contuviera como cierta necesidad de avisar, de atestiguar, la imperiosidad de comunicar a alguien que se acerca cuanto ha visto acontecer, su cómo y, si es posible, y para que lo comprenda, su porqué. Es una disposición que, como en un relámpago, parece concitar un tiemblo de lucidez y apoyo con que honrar siquiera un día, un rato de existencia, la ocasión de poner a salvo la sustitución de un viejo grito por un silencio digno y acendrado sobre el papel.
Cuando estoy con Javier, ahora parapléjico, y le cojo las manos y le miro a los ojos, es como si conmigo estuvieran las madres del mundo, sobre todo cuando logro bajar a los abismos de su alma e intento sacarlo y traerlo a tierra firme. Tiene, oh Señor, veintitrés años. Era alto, fuerte y hermoso como fue su padre, y por delante se le abría un porvenir brillante y, de repente, apenas tiene fuerzas para sostenerse en una silla de ruedas y mirarme, no acaba de admitir lo que me ha sucedido como desgracia, por lo que sigue rechazando mi embarazo. Y lucho, y hago esfuerzos porque quiero entrar en él y comprenderlo. Le aprieto las manos y bajo la cabeza para que entienda mi dolor como yo el suyo, este trance común, en el que abruptamente y, en definitiva, nos ha colocado la vida tanto a uno como a otro.
No le he dicho nada de su padre…
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De ello vengo a darme cuenta ahora, dado que, a la vez de sentirme interiormente y por completo fuera de mi sitio, insistentemente me noto como aturdida y asustada. Ha sido el primer día de clase después de las vacaciones de verano, y a las siete de la mañana he cogido el Metro y he ido en él de pie, apretujada contra una barra metálica que se me hundía en la frente debido a las sucesivas avalanchas de estudiantes y trabajadores que sucesivamente entraban. Menos mal que conseguí agarrarme a ella como una desesperada y eso impidió que pudiera caerme o terminaran por arrastrarme.Sin duda debí haber salido un poco antes de casa para poder sentarme e ir un poco más tranquila. Porque, no obstante estar pendiente de que quedase libre algún asiento próximo y conseguirlo, me doy cuenta de que ha pasado a resultarme prácticamente imposible. Y es que en el Metro hace falta ser rápido, adelantarse con decisión y ocupar lo que quede. Y no soy ya joven ni estoy entrenada. Jo, parece mentira, pero todo me resulta tan, acaso tan violento y nuevo. Es como si de pronto echara a andar por vez primera y tuviera que hacerlo no ya andando sino corriendo, disparada, en competición. Además, y a esas horas de la mañana,  parece como si todo, menos pensar, resultara mucho más difícil.En el autobús nos respetábamos el asiento. Salvo puntuales alteraciones, por viajeros ocasionales, cada mañana nos encontrábamos  prácticamente los mismos. Habíamos llegado a conocernos sin darnos cuenta los nombres, los gustos, los gestos y nuestros respectivos lugares de subida y bajada. De este modo, íbamos percibiendo – al menos a mí me ocurría, porque bajaba al final del trayecto – el hueco de soledad que aparecía e iba rodeándonos a medida que cada compañero descendía y durante unos segundos lo veíamos alejarse por la ventanilla.Y no, nunca logré evadirme por completo de esta sensación, la  cual semejaba pequeños desgarros que, aunque naturales y lógicos, se me mantuvieron porque, entre más y más días transcurrían, incluso años, más se incrementaba el efecto de esta sensación de proximidad y de casi pertenencia que propicia el hecho coincidir unos con otros durante unos pocos minutos en el autobús a lo largo de tanto tiempo. Y yo, ante esta afirmación diría que sí, que incluso se llega a adquirir un cariño inconsciente, un cariño que llega a comprender y a tolerar, a perdonar incluso el exabrupto puntual, la tos e incluso el humo del cigarro, el pisotón, la agresividad y el cansancio, y cómo no, el sueño.Todo esto me había parecido no sólo algo mío, sino de los que íbamos, como si de forma callada y paulatina este sentimiento nos lo hubiésemos apropiado y repartido a lo largo y ancho del autocar entre todos. En consecuencia, nuestras pequeñas o grandes neuras – las de cada uno –  las que íbamos conociendo y humanizando, incorporándolas a aquella pequeña familia extraformal y repentina de manera sucesiva y tácita, rehabilitándolas así cuando nos sonreíamos mutuamente en silencio o nos disculpábamos con prontitud y cortesía (… es verdad que no siempre; cualquiera sabe que suelen surgir fobias instintivas e incluso duraderas, envidias y odios, y que, además, simplemente surgen porque existen días desgraciados, terribles yo diría) y hasta percibir todo ello con afecto cuando hacíamos ver al preocupado infractor de algo que no, que no era nada, que no pasaba nada, que faltaría más y todas esas deferencias que suelen hacerse comprender con tal de aliviarle el corazón a alguien sin más explicaciones, y porque, a lo mejor, en ese momento, esas explicaciones no las hay, o no han existido nunca, sobre todo en las horas finales del día, las que se convierten en piedras y van retumbando con nosotros por las escaleras al entrar en casa, en los ascensores y a lo largo de los pasillos.A veces qué deprisa se piensa y cómo se inscribe en la memoria. Nunca había reflexionado acerca de que se produjera de este modo. Aunque procuraré estar vigilante y muy atenta a todo cuanto de aquí en adelante vaya a pensar y hacer – pues ello devendrá en esencial para mi recuperación total – empiezo a repasar y a darme cuenta de la actividad, de las muchas actividades tanto internas como externas que desarrollamos de manera absolutamente inconsciente. Acaso me esté ayudando a descubrir estas pequeñas percepciones la nueva situación anímica de después del divorcio, incluso esta innovación de coger el Metro lleno de gente, que hoy me impidió hacerme con un asiento porque los jóvenes son más rápidos que yo, y porque el apretujón fue tan grande que apenas pude moverme sin llegar a saber si, efectivamente, alguien me había puesto o no la mano adrede y de forma persistente sobre el muslo. No logré saberlo. Antes bien, estuve aguantando y resistiendo nerviosa por no gritar y sin siquiera poder mover la cabeza ni bajar los brazos, dado que un sinfín de manos se cruzaban para cogerse a la barra por encima y por debajo de las mías y en todas direcciones. Era tanto el agobio que intenté respirar hondo pero tampoco lo conseguí, por lo que llevé la cabeza envarada y levantada la barbilla por encima de un codo afilado que me la subía y subía como si por momentos me pretendiera ahogar.A medida que fueron quedando atrás las estaciones más fuertes, así fue disminuyendo la presión. Ayer, por la noche, cogí un plano de la red y comprobé que por algunas de ellas no había pasado en mi vida. Tendré que aprendérmelas para saber dónde me encuentro en cada momento del trayecto. Me agobia, me dispersa mucho no saberlo. Lo más importante es que debo hacer trasbordo en Cuatro Caminos y luego bajarme en Valdeacederas. Por primera vez  en dieciocho o veinte años no me encontraré, antes de entrar en el colegio, con Amalia y Rodolfo…

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Hace frío en Madrid, y, como solía decir Moravia, ya se sabe – parece como si estas frialdades le penetraran a una dentro y le produjeran por todas partes escalofríos e inseguridades. Claro que, en mi caso, para ello no hace falta mucho. Menos mal que he retomado la lectura y estoy devorando con ansia descomunal el último medio siglo, eso sí, con dos  excepciones: Cien  años de soledad y El perfume, que los he releído no sólo con ganas, sino con ansia y placer.El teléfono se encuentra en calma (siempre temo que un día suene y sea Andrés con alguna embajada insostenible y desbarajustada) Chispas, mi gato, se acerca despacio con los pelos hirsutos y la cola levantada, ronronea bajo mis piernas y lo miro mientras se pavonea con la cabeza levantada, la cual restriega contra la pata de la silla. Me entra el frío de Madrid, me da tumbos la tristeza y me produce una impregnación súbita de apatía. Estar más de acuerdo con Dostoieski que con Nietzche, tocante a combatir y no celebrar estos espasmos de maldad inhibitoria, me da un poco de consuelo, me ayuda mientras lo pienso. De modo que voy a moverme ahora mismo, a dejar los papeles y a meterme en la ducha, a estrangular la abulia.Antes, sin embargo, quiero dejar algo reseñado. Desde hace unos días he venido observando que, cuando ha hecho bueno y, después de comer, al abrigo de la terraza he salido con la hamaca a tomar el sol, dos terrazas más allá, y sistemáticamente, aparece un chico que se desnuda de medio cuerpo para arriba, se queda quieto y no deja de mirarme descaradamente de frente. Y lo hace como si fuera para él un rito: de forma lenta, parsimoniosa. Diría que incluso casi, casi, hasta elegante. Y aunque yo hago hincapié para moverme en la hamaca porque me pone nerviosa y la remuevo, y busco que la postura me enfoque hacia él de manera distinta, estoy segura de que sabe que lo estoy viendo, intuyo que lo sabe muy bien a través de los pequeños giros que llevo a cabo con disimulo para mirarlo y ver si está allí o sólo por saber qué hace. O, mismamente, al coger el cigarrillo, pues tras aspirar con inquietud y fruición, procuro luego expulsar el humo en esta o aquella dirección como si una necesidad me obligara a mover la cabeza para esquivarlo de los ojos, pero que en realidad no consiste más que en una excusa que me sirve para mirar de nuevo a su terraza y disipar la insistencia por mi parte y, quizá, también, un poco la morbosidad placentera que el contexto me produce. No sé, ya lleva así varios días, o los llevo yo, o los dos a un tiempo. Porque yo, claro está, no quiero perder mi espacio vital. Faltaría más, que no pudiera salir ni siquiera en bata a la terraza a tomar un poquito el sol… La verdad es que no me quita ojo. Nunca había visto tanta ¿ cómo diría ? tanto descaro ¿ no ? Anteayer creo que me llegó a sonreír, y ayer mismo me pareció que también, no estoy segura, me parece que intentó buscarme la cara. Jo, yo, por supuesto, he hecho como si no lo hubiera visto y, naturalmente, mucho menos se me ha ocurrido sonreírle. Pero sí, sí, que entreabrí  – sólo para fastidiarlo – un poquitín la basta sobre el muslo, así, dejándola caer más de un lado, como muy natural, como muy descuidada.
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Tenía la corazonada de la paciencia y había tomado la asunción del dolor como requisito necesario que soportar mientras esperaba el retorno. Ocurría esto cuando Andrés, con el pretexto de que de repente y de noche, se despertaba y se ponía a toser a causa del tabaco, se marchaba a dormir a la cama turca del cuarto de los trastos. Era el tiempo en el que los fines de semana, con sus hijos alrededor, yo miraba con melancolía a otras parejas y aspiraba a vernos dando un paseo tranquilo con nuestros hijos, pausados y con un poco de amor y sosiego por cualquier parte. Sé que esperé día y noche y por la mañana y por la tarde, y que se me erizaba el vello porque iba percibiendo en cambio, y con claridad, que eso nunca llegaría porque nuestra vida no tenía marcha atrás y se deterioraba más y más y de forma incontenible.Ahora sé que esto tiene lugar tras variar de forma paulatina y el paisaje interior comienza a desconocerse de manera definitiva, cuando se espesa y pueden presentirse con mucha antelación mentiras y engaños, la postergación silenciosa, los gestos imprecisos y huecos, cuando se detecta netamente vidriosa la mirada hacia el tonto, la salmodia roma del pensamiento y a nuestro lado crecen desmesuradamente la estulticia y la soledad ¿ Qué era yo entonces ? ¿puedo recordarlo ahora ? Quizá sí: una mujer desorientada, aturdida, apeada y menguada, mirando a ninguna parte y a todas porque las luces conocidas, una a una, iban apagándoseme mientras oía correr otras formas y tiempos, otras personas, revolotear otras ideas con sus respectivos gritos y valores, tan nuevos siempre. Recuerdo que, incluso en un momento, me pareció ser víctima de una trampa irreverente, pero que, levantándome entre sollozos, me pregunté ¿ víctima de qué… ? Y sé que me hacía esta pregunta porque ya, sin duda, un matrimonio roto constituía algo muy común socialmente, casi vulgar diría, sólo que, en esta ocasión, no era el de nadie sino el mío, y ello me hacía temblar y considerar como un puñal el tiempo, a la vez que, y por primera vez, perdido. Fue una sensación desagradable en extremo, mucho. Me ha costado salir de éste sentimiento, el cual, en el fondo, tal vez no consista más que en una inmensa frustración respecto de los propósitos que concebimos los días de cerezas, cuando no hace más que despertar el verano y uno no percibe – quizás porque le resulte simplemente imposible, tal es la ilusión cegadora del enamoramiento – las nieblas que vendrán y los granizos profundos que tal vez rompan todo y acaben por arrasarlo. Lo digo así por no ser demasiado prosaica, y porque necesito darme un poquito de cerveza y canto emocional, algo que me suba a la cabeza y me eleve el tono vital a través – como decía Blas de Otero – de lo que ahora me queda únicamente: la palabra. Y no mucha.
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Sin duda, ponerme a prueba, reinterpretar las situaciones y el ánimo, me parece correcto, aunque duro. Y es que necesito, necesito del enfrentamiento con las hilachas del pasado, ir asentando los materiales, mis vértebras por llamarlos de alguna manera. Necesito sacar a la luz mis corrientes internas, mis oscuros y peores ríos de ser y mujer.
No ocurre así en el colegio. El padre Jeremías, Jefe de Estudios, me tira los tejos con descaro. Qué barbaridad. Le ha dado por salir corriendo de sus clases de religión y, en lugar de dedicarse a revisar los servicios que son de su incumbencia, lo que hace es buscarme como un loco en la sala de profesores o donde me encuentre y proponerme cuestiones disparatadas, tanto en el interior del colegio como fuera. Le he cogido miedo y aprensión. Ha perdido el pudor natural – si es que alguna vez realmente lo tuvo – y su propio vértigo lo está arrollando. En realidad, si no fuera por la situación tan débil y extrema en que me encuentro… Estoy segura de que el granuja me ve sola e indefensa, y claro… Isolina me anima a que le prepare una encerrona y lo ponga contra las cuerdas, o en evidencia ante alguien para que me deje en paz, pero, aunque no es mi estilo, estoy segura de que se lo merece por garrapatas y lascivo, y también porque se da cuenta de que puede influir para que mi situación laboral varíe y pueda reencontrar la normalidad que tuvo. Mejor no les cuento ni refiero dicho alguno, pero el hecho es que, con descuido o sin él, el otro día, y al pasar junto a una mesa, el muy… me rozó lo que quiso el culo, el muy cerdón. Se habrá dicho ¡ esta pobre, divorciada de la vida y necesitada sin remedio… qué mejor que el celo de su  Jefe de Estudios y el secreto y lealtad del capellán… ! ¡ El muy canalla, el muy…!Después de todo, este ataque obsesivo me ha llevado a preguntarme íntimamente si el hombre y cura Jeremías, no habrá descubierto con audacia algún ribete nuevo en mí, algo de lo que durante estas semanas he venido ocultando celosamente. Una de las vertientes delicadas que consideró mi psiquiatra en su día fue, precisamente, el comportamiento sexual que podría tener en el futuro. Y, aunque parece ser que a la mayoría de las afectadas por depresiones este aspecto les decae o se les inhibe de forma natural durante un tiempo, me alertó, no obstante, para que me observara una vez hubiese superado los primeros tramos del tratamiento y pudiera reaccionar con sobriedad. De este modo, reconozco que, en una de las ocasiones  en las que me retiraba de la terraza, después de tomar el sol y ver al cuore en la suya, me quedé espiándolo con excesivo interés desde un lateral de la cortina. En ese momento me di cuenta de que, a medida que lo miraba, la libido me iba provocando un ligero sofoco de entusiasmo, y de que luego, al irme, y mientras me dirigía a la ducha, ese sofoco me inclinaba a hilvanar un pensamiento agradable que me lanzaba a hacia un estado intenso de deseo, por no decir exuberante y fantástico.  Intenté echarle la culpa  al sol, al calorcito de la bata, a ese sopor en que uno se sume con facilidad después de comer… Pero no, pues recuerdo muy bien que me sobresalté, y porque, ya, dentro de la ducha, con el agua plácida y tibia cayéndome encima y resbalándome, recogía sin duda el impulso del bienestar, es cierto, pero también mantenía el deseo nítido, debo confesar que con vehemencia, con ansiedad y hasta con exacerbación, e incluso, y acaso, con disponibilidad. Aquello, efectivamente, puso en evidencia que, en mi caso, la depresión no me había inhibido en absoluto la sexualidad, ni me la había dañado, antes bien, me la había dotado de una intensidad nada acorde a mi degradado estado mental y afectivo.Fue entonces cuando, procurando seguir aquellas primeras indicaciones médicas, decidí observarme mejor y hacerme un chequeo riguroso a mí misma, consistente en provocarme situaciones de análisis y dándoles continuidad, para enseguida, inmediatamente, tomar decisiones. Y es aquí donde encaja mi preocupación en cuanto a si Jeremías ha llegado o no a notarme algún matiz o desliz inconsciente en este sentido. Y ya ven, si en cuanto mujer no me importa demasiado, sí me interesa en cambio, y mucho, a efectos de mi propio conocimiento. La primera impresión apunta a que mi sexualidad es más sensible y expeditiva que lo que imaginaba. Aunque también pueda ser debido a este largo período in albis y todo esté tendiendo a incentivar el apetito, a desorbitármelo para que yo, al fin, restablezca sus funciones y le proporcione un cauce adecuado, aunque todavía no sepa con ocasión de qué ni de qué manera.Adentrarme en mí sin inhibiciones me produce pautas contradictorias. Si atiendo estrictamente a razones de ética y estética, a vanidad personal o a egocentrismo, podría decir que no me gusta y habría dicho una verdad concluyente. Pero a continuación me reprocho diciéndome que, en realidad, lo que tengo es miedo, miedo porque jamás ni nunca en mi vida me vi a mí misma, y que no me vi porque me ignoré y, por tanto, sin poder reflexionar que detrás de mi ser aparente, el de carne y hueso, habitaba la Regina mujer con las mismas posibilidades que cualquier otra. Confieso que al escribirlo me da resque, que tiemblo y siento escalofríos, y que para continuar debo medirlo y sopesarlo con distancia y frialdad, tragar saliva incluso y, con determinación afirmarme en quien soy y como soy. Mejor hago un alto y llamo por teléfono a mi hija. Me tomaré un yogourt y, luego, si es que, volveré a escribir. Sí, será mejor, un alto me hará bien…

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Yo sabía, porque lo había vivido, que el tipo y las maneras de trato y relación en aquel ambiente eran muy directos y abiertos, un ambiente donde la confianza consistía en algo que debía presuponerse desde luego y ser admitido per se. Sin duda, un modo avanzado que venía a romper tabúes y complejos ñoños, que actualizaba y ponía al día las movidas sociales últimas, progresismo incluido. De cualquier forma, yo conocía bastante bien a Rufino y a Sofía y no me importaba, pero tampoco parecía oportuno negarme a conocer a nueva gente. Ángel, el numismático, además de ser un hombre normal, era buena persona. Pertenecía a un pequeño banco donde era Jefe de Sección, y, de vez en cuando, se ponía el chandall y se iba a hacer footing a la Casa de Campo. Tenían tres chicos más jóvenes que los nuestros. Manoli Valle era guapilla, eso sí, pero con dos tetas fundamentales y un tipo fino que, por añadidura, venía a resaltárselas. Me había dado cuenta, naturalmente, en reuniones convencionales y distendidas anteriores, pero la observación en cuanto mujer había sido positiva. Donde todo comenzó a variar fue después de haber pasado con ellos las horas lúdicas de dos o tres fines de semana. Durante un tiempo, Ángel y yo habíamos superado la barrera de las cortesías y, entre los seis, parecía fluir al fin un río de amistad que, por otro lado, conllevaba, como suele ocurrir, el germen de lo nuevo pero, también, de lo especulativo. Íbamos al cine o al teatro, salíamos de paseo o jugábamos a las cartas en casa y Andrés parecía tender a beber menos, a fumar menos… No conseguí saber si esnifaba menos o no.Pues bien, un día empecé a darme cuenta de que Manoli Valle – en función de la confianza, decía ella, sin duda excusándose – había empezado a adoptar posturas típicas de seducción pero siempre delatoras, tales como subirse las faldas sobre los muslos, a dejar que se le vieran con relativa facilidad las bragas o desabrocharse los botones superiores de la blusa por donde Andrés, mucho más que Rufino, entraba a muerte con todos sus instintos y bagajes.
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Me veía de nuevo en la biblioteca, con el abrigo puesto y con las manos apretándolo al cuello, más bien contra la garganta, debido al frío, y castañeándome los dientes..- ¡ Reginita, hija mía… ! – se dirigía a mí solícita mi abuela Alba -. Mira, mira este hombre, deja, no hace frío – y señaló con la mano en el aire el abrigo, con ademán de quitármel de encima de los hombros..- o¡ Nooo… ! – grité yo asustada y retrocediendo..- Regina, hija, mira… – insistió ella volviendo a señalar a Jeremías, quien ahora se había transformado en El Cuore vestido de sacerdote y se me acercaba dispuesto a todo..- ¡ Isolina, Isolina…! – pedí ayuda aterrada dirigiéndome a una puerta, pero tuve conciencia de que Isolina no se encontraba tras ella, pues la puerta se abrió y quedó transformada en la terraza de El Cuore  a la vez acompañado por mi abuela, y ambos de acuerdo, felices y sonrientes..- ¡ Abuela… ! – exclamé para reprenderla. Pero enseguida me arrepentí, sonreí también y de golpe me despojé del abrigo, dejándolo caer el suelo. Entonces me di cuenta de que estaba desnuda. Mi abuela Alba y El Cuore empezaron a caminar y venían decididos a mi encuentro.¡ Hola, hola… !  – oí decir a alguien de repente. Sobresaltada, abrí los ojos y me removí. Eran Isolina y su madre. Habían vuelto.
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. . . . . .Del fondo de Madrid sale un vapor lento que va hacia arriba, y tras desdibujar los tejados, continúa ascendiendo hasta difuminarse como hizo el humo. Todo, todo desaparece, pienso y me digo pestañeando despacio, buscando para apropiarme de un pequeño cariño, de una exigua razón, de una cercanía ajena. Llevo la mano al corazón y, al dejarla, me acuerdo de mi hija y luego de Javier y de Andrés… Pero paso con precipitación un trapo por la memoria y consigo que aparezcan no obstante y a pesar de lo que ocurre con caras sonrientes, sin duda con los gestos más hermosos con que los llegué a ver jamás. Sigo hablándome con el roce de los párpados, haciendo lugar para el momento dulce, sereno y cálido que necesito. En realidad quiero quedarme en él un instante, sólo un poco para no entregarme a una lágrima y deambular por el salón y las habitaciones con las manos sobre la cabeza como si fuera un acordeón desvencijado y sin freno.Con los ojos mojados me he sentado, he cogido el cuaderno con muecas en los labios y he estirado las piernas observándome los dedos desnudos, descubriendo su sencillez de movimientos y el silencio, su enorme silencio ¡ No, ya no soy la misma…! He reflexionado mentalmente fatigada. Y en el vertiginoso alumbramiento de recuerdos, sin orden ni concierto todo reaparece, se mezcla e inflama,  grita mil veces y vuelve a responder contra sí mismo ¡ No, no… ¡ digo airada, y me corto en seco este río de excitación. Necesito a toda costa un poco de sosiego, entrar en la paz. Entonces, he levantado la cabeza y he dejado de pensar y escribir, de pensar, de pensar, sobre todo de pensar… ¡ Ah, si pudiera seguir así, sin acordarme ni de Jeremías ni de nada – me he dicho – sin malos tragos ni malos sueños, si pudiera descansar un poco, si pudiera…, cuánta, qué satisfacción sería… ¡Termino suspirando, dándole para arriba a la nariz, apretándome las sienes y con la cara baja, oculta entre las rodillas. Así me quedo un rato.Pero hace calor, de nuevo hace calor, qué calor Dios mío, qué calor… Me he levantado a rebajar la calefacción y he dicho en alto que ya, que ya está bien… ¿ A qué me habré referido, Dios mío, a qué ? En este momento no logro saberlo, imposible, de ningún modo. Quizá lo he dicho porque necesito oírmelo decir, o por necesidad de darme una brizna de razón, o simplemente saber que estoy en algo cierto y agarrarme a ello con firmeza, como a un clavo ardiendo.  En tanto, me entran deseos irresistibles de andar, de ir de un lado a otro de la casa y  gritar sin parar, de apartarme de encima zumbidos de avispas, de cerrar los puños y de golpear fuerte, terriblemente fuerte y sin descanso contra la pared. Estoy notando que la comisura de los labios me tira, y que escribo y siento dificultad para saber qué hago. Me detengo, reflexiono y lucho para mantener la consciencia, pero, en realidad parece como si escribiera, como si estuviera escribiendo sin saber por qué. No sé, casi no sé dónde estoy. Noto que poco a poco se me aproxima un vahído. Sigo, pero voy a caer, lo sé, y no sé si…
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Y, entonces, fue cuando el timbre de la puerta sonó. Y aunque apenas lo oí desde tan lejos, me di prisa a enfundarme el albornoz y fui a abrir. Y aunque la llamada había sido inesperada, tiré de la puerta sin pensar. Y, oh Dios, allí estaba El Cuore, desmedido, tremendo, con los pantalones a medio bajar y con el miembro erecto e imponente. Decidido, y sin darme tiempo a nada, avanzó, cerró de un empujón la puerta y yo me quedé allí, completamente estática y estupefacta, desarbolada, sin posibilidad de reacción alguna.¿ Pude acaso y a ultranza reavivar la consciencia… ? ¿ pude huir, pude gritar… ? ¿ qué pude hacer, y cómo, y de qué manera… ? ¿ pero, y quería hacerlo… ? La cuestión es que inmediatamente me atrajo hacia sí, me abrió el albornoz, me lo quitó y sin miramiento lo tiró al suelo; a continuación, y  sin saber cómo aún, me desprendió la parte inferior del bikini para acto seguido, sin mediar palabra y sin pedir disculpa de ninguna clase, me derribó sobre la moqueta y empezó a besarme y morderme con desesperación por todas partes. Yo, si bien es verdad que me dejé llevar tácitamente al principio, luego, si embargo, empecé a reaccionar también y a seguirle dando vueltas violentas y desasosegadas por el suelo, y él, incansable, a rozarme y acariciarme con el miembro los mulos, el vientre, de abajo a arriba y de arriba abajo, y a ribetearme los pechos. Creí morir.Yo no podía saber cómo debía desarrollarse aquello y, sin duda en el delirio, me abandoné por completo. Pero es que, además, tampoco había hecho nunca el amor sobre una moqueta ni de aquella manera, ya que todo me daba vueltas y un deseo ansioso y desmedido me enturbiaba los ayes de placer y también, y por entero, sé que me privaba de toda posibilidad de todo discernimiento. Cuando al fin y definitivamente me penetró y apretó y apretó sin descanso como si el mundo fuera a fundirse en mis entrañas, fue cuando entré en éxtasis total, cuando perdí todo atisbo de control, y cuando, inconscientemente, sólo deseaba y deseaba que nunca terminaran los orgasmos infinitos,  pues únicamente yo era y yacía sobre el mar del ser, sobre la felicidad única y  perfecta.Sí recuerdo que después, y poco a poco, empezaron a decrecer y a abandonarme los jadeos, a relajárseme los muslos y los brazos, momento en el que entorné los ojos y sentí un inmenso agradecimiento hacía aquél desconocido al que mecánicamente acariciaba. Me toqué la frente y sudaba, sudaba copiosamente.  No sé cuánto tiempo estaría tumbada en el suelo. Lo más probable es que no mucho, lo más probable es que el frío me hiciera mella y me ayudara a tomar conciencia de lo acaecido, de dónde me encontraba y de la nueva situación que se acababa de crear. Eso sí, como en un relámpago pensé en la probabilidad del embarazo. Pero me respaldó la memoria al señalarme que aún faltaban dos días para el período fecundo. Entonces, con alivio, respiré…. e ineludiblemente, a partir de ese instante y día nada ha sido igual.
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No sabía en absoluto a qué o a quién me tendría que enfrentar, qué hacer o qué decir ¿  Matarnos… ? Se me representó como algo heterogéneo pero de repente real. ¿ Estaría El Cuore loco por sí o habría enloquecido… ? ¿ No serían celos después de… ? Sí, esto sería ¡ qué podría ser si no ¡ Aunque, de ser así, el problema existiría entre ellos y nada más. Le diría en ese caso que… El ascensor se detuvo y me interrumpió. Con sigilo y precaución empujé la puerta y salí asomando la cabeza. De inmediato oí voces. Eran de hombres airados que al mismo tiempo daban golpes secos y se proferían  entre sí amenazas. De repente se abrió la puerta más próxima de la planta y quedé frente a frente al cuore, al tal Joe. Lo miré fijamente mientras me cambiaba el bolso de mano. Detrás descubrí una situación muy alterada, pero él, cuadrándose delante de mí, dijo en alto:.- Hombre, aquí está la gran zorra, la viciosilla de la profe. Pasa, ven aquí profe. Así no tendré que salir a rajarte y cortarte las tetas y asarlas – y con una pistola en la mano se acercó al umbral, me cogió por la muñeca y  tiró de mí hacia dentro como si fuera cualquier cosa.En el hall vi paralizado a Abdal, a dos mujeres y tres hombres más. Recuerdo que había desorden y que se percibía un olor acre y denso, difícil de identificar..- Bueno, pues aquí la tenéis a la profe, a la guarrona de este joío negro de mierda – continuó – Pero eso sí, está muy buena ¿ a que sí, Gitano… ? Mejor que éstas – dijo señalando a las mujeres y dirigiéndose con dureza y tono cínico a los hombres –. Y qué ¿ es que a ésta no  la vais a follar, no vais a follar a la profe chochona… ? ¿ eh, eh… ? ¡ desde cuándo no… !Y tras un silencio tenso, y al ritmo de movimientos apremiantes de pistola, autoritario prosiguió exigiendo a los desconocidos con desdén:E inmediatamente, como si fueran fieras, o trenes que uno tras otro fueran descarrilando, los tres hombres me violaron. Lo hicieron como auténticos salvajes, se tiraron sobre mí como verdaderas bestias y sin el menor miramiento. Oh Dios. Yo no era un ser humano, yo no era nada, yo sólo…Déjenme, déjenme llorar aunque sea a escondidas un poco, antes de que pueda seguir.
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¡ Hijo de un violador…! Me repetía una y otra vez huyendo de los tres bárbaros e imaginando a Abdal, mirando ensimismada a través de unas pupilas inmóviles. Entonces deseaba con todas mis fuerzas cogerme el sexo, arrancármelo y separármelo para siempre. Sólo el latir del corazón me empujaba a vivir, pues me hacía recordar que yo estaba en él y eso me daba un atisbo de fe.  Pero de pronto volvía y me decía que aquel hijo de violador sería un mal hijo, sería otra bestia, otro perro… Maldito, maldito ¿ quién sería… ? Dios bendito, yo no lo quería ni podría quererlo nunca. Posiblemente tuviera cuarenta y siete años ya y, por añadidura, podría matarme en el nacimiento, o hacer que quedara lela, o mal de los nervios, o idiota para el resto de mi vida si es que llegaba a resucitar y salir de allí. Qué mala suerte, qué desgracia, qué desgracia, me lamenté hasta la saciedad y sumirme en la desesperación. Pero se levantaba el silencio más aterrador. Si alguna vez debí necesitar dulzura, estoy segura de que fue entonces. Porque sólo, sólo el hecho de desearla, hubiera sido acogedor, sólo.
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Toledo está cerca. Cojo a mi hijo en mi vientre y, con calma, nos vamos en tren, mirando por la ventanilla cómo corren los surcos, cómo pasan los árboles y coches, y sintiendo cómo hilan e hilan los husos inexactos de las horas. Entretanto, saco el viejo cuaderno, en el que tomo mis notas, y garabateo mil veces intentando construir un poema, pues alguna cosa, alguna señal íntima y querida, y poética a la vez, quisiera dejar a este hijo como resquicio de que he vivido, algo donde pueda depositar las voces más vivas y puras que haya sabido oír a través del corazón.Después de tanta digresión interna y tanto avatar de vida, una o uno se detiene y, entonces, surgen, aparecen momentos en los que semeja tener asiento un cierto fluir, un fluir que contuviera como cierta necesidad de avisar, de atestiguar, la imperiosidad de comunicar a alguien que se acerca cuanto ha visto acontecer, su cómo y, si es posible, y para que lo comprenda, su porqué. Es una disposición que, como en un relámpago, parece concitar un tiemblo de lucidez y apoyo con que honrar siquiera un día, un rato de existencia, la ocasión de poner a salvo la sustitución de un viejo grito por un silencio digno y acendrado sobre el papel.Cuando estoy con Javier, ahora parapléjico, y le cojo las manos y le miro a los ojos, es como si conmigo estuvieran las madres del mundo, sobre todo cuando logro bajar a los abismos de su alma e intento sacarlo y traerlo a tierra firme. Tiene, oh Señor, veintitrés años. Era alto, fuerte y hermoso como fue su padre, y por delante se le abría un porvenir brillante y, de repente, apenas tiene fuerzas para sostenerse en una silla de ruedas y mirarme, no acaba de admitir lo que me ha sucedido como desgracia, por lo que sigue rechazando mi embarazo. Y lucho, y hago esfuerzos porque quiero entrar en él y comprenderlo. Le aprieto las manos y bajo la cabeza para que entienda mi dolor como yo el suyo, este trance común, en el que abruptamente y, en definitiva, nos ha colocado la vida tanto a uno como a otro.No le he dicho nada de su padre…
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