“… que vida a vida y golpe a golpe transformemos en luz y cumbres inmortales
las cárcavas infaustas de la muerte”;
que dicho sea y quede dicho,
porque toda la historia, toda mitología, belleza y ceniza han vuelto,
viven
y están aquí;
estremece verlas ser, o asomarse y temblar para erguir aquel piélago de calamidades
con que tú, oh Hamlet, enunciaras la duda existencial que te abrasó y que nos abrasa:
¡ ah los páramos del mundo, el bravo labrantío, lo acerbo, la dura agracidad del corazón aún, aún !
¿… es que alguien renunciará a dormir y aun soñar? ¿ y a morir, lo hará alguien…?
y por qué no optar por vivir muriendo, por qué, por qué no,
si el espíritu hierve enhiesto en cada lumbre o muerte viva sin acritud, sin templo y sin interrupción final;
… nadie con el sueño ha dado fin al pesar del corazón, nadie,
pues que la muerte no es sueño que indolente e inconsciente ejerza tras dejar atrás el torbellino de la vida;
… por tanto, y desde tu propio dilema, desde su mismo centro, he allí el mudo dolor, la pasiva amargura,
y he aquí, Hamlet, más acá, de este lado y cual don de hoy, el adalid señero de la íntima y preciosa guerra;
… es nuestra herramienta a tiempo con su fe y razón, su luz e intrepidez;
oh, Hamlet, oh, Hamlet, aún la oímos, es tu voz que nos habla.
… gracias por la visita; un abrazo; Orin
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Comentario por oriondepanthoseas — 01/08/12 @ 2:59 pm |
Qué saludable resulta, de vez en cuando, acudir al apremio de la pregunta, la duda, la existencia sobre la que reflexionas al evocar la figura de Hamlet. Y qué bien sabes hacerlo, amigo Antonio, con la gravedad y la sabiduría de los clásicos. Estupenda lectura. Con un abrazo.
Salud.
Comentario por Julio González Alonso — 02/08/12 @ 11:18 am |