SIGLO XXI-POESÍA: Orión de Panthoseas ®

19/02/09

De la saga de los Enedinos

Archivado en: relatos — oriondepanthoseas @ 10:09 am

Treinta y siete años tenía Enedino el Lento en 1947, poco antes de que, junto a un catedrático masón y otros dos adivinos, fuera asesinado por las fuerzas oscuras de la Dictadura del país. Vivía con su padre Juan el Manco – venido a Gerome de las tierras del cáñamo y albañil, labrador y un poco de todo – y su hermana Juanita, soltera, un poco mayor que él y sastra por herencia familiar y línea de madre: Teodora la Sastra. Quedó huérfano apenas salido del útero materno, pues el parto tuvo lugar de forma tan extraordinariamente lenta, que a Teodora le había resultado humanamente imposible resistir los veintisiete días del severo advenimiento de éste su segundo de los hijos.

Había empezado a alborear Enedino cuando iban a dar las doce de la noche del veintiocho de diciembre, día de inocentes, justo cuando Teodora iba a romper aguas y en aquel momento todo el mundo se alegró, suspiró aliviado y dijo “por fin”. Pero, lo que se esperaba que fuera un alumbramiento sereno y rápido, al igual que había sido el de Juanita, éste comenzó sin embargo a tener conatos como de no ser, como de señalarse pero enseguida a detenerse, como si viniera fuerte y de un tirón pero que al fin y en definitiva no viniera. El médico y la comadrona dijeron a todos que parecía que el niño se lo tomaba con calma, pero que bueno, que tampoco había que meterles prisa ni al hijo ni a la madre, que así daría tiempo a preparar mejor la cuna, el agua caliente y las toallas. Para hecho tan importante, comenzaron a llegar a llegar a casa de Juan el Manco primero las mujeres directamente emparentadas, las cuales allí estuvieron, echando cuentas y comentando una y otra vez los tanteos del parto, el cual pondría fin de todas formas a nueve meses de embarazo con sus veintiún días justos de retraso. Todas auspiciaron hasta ese momento que, por tan maduro, sería un parto bueno, por lo que nadie se atrevió a recomendar que la abrieran para efectuar una cesárea, ya que, a pesar de todo, la normalidad del proceso y la salud exultante de la parturienta eran a todas luces patentes y estaban a la vista. “Si a Juanita la echó en cuarto de hora, tú verás, ahora, con lo fuerte que es Teodora y lo fuera de cuentas que está, pues en nada, a estas alturas, en un momentín y ya está”, habían repetido en estribillo unánime las comadres durante toda la noche y primeras horas del amanecer. Así pues, hicieron su turno de asistencia y compromiso charlando y departiendo a diestro y siniestro con quien estaba y llegaba por la casa, invocaban el recuerdo del alumbramiento de la hermana, y ya, de paso, de todos los parientes uno a uno con sus correspondientes reparos y anécdotas insólitas, pero eso sí, dando por hecho aún que este parto, aunque de todas formas venía un tanto retardado, tendría lugar de un momento a otro y luego amén, santas pascuas y todos tan contentos.

Pero no obstante, y a pesar de todo, entre lamentaciones por la tardanza y medio muertas de sueño, una tras otra tuvieron que regresar a sus casas a primeras horas de la mañana. Posteriormente, y poco a poco, fueron llegando los maridos y a continuación los hermanos y los padres, pues Teodora tardaba, y todos ellos iban desfilando, dándole ánimos y parabienes a Juan el Manco – se los daban ya con gravedad, se le acercaban de frente y se lo decían compungidos, con cierto reparo y al oído, ya que la tardanza lo requería – y en general a los parientes más cercanos, a quienes siguieron aconsejando que había que tener paciencia, que a veces las cosas de las mujeres iban pa´rato, que lo principal era que viniera bien y que los dos tuvieran salud a la postre y pudieran celebrarlo. Al día siguiente, a las cinco de la tarde, ya se habían relevado el médico y la comadrona, pues habían decidido hacer turnos de cuatro horas para asistir y velar a Teodora, dado que tanto uno como el otro no sólo tenían que visitar a enfermos de dos o tres pueblos y poner inyecciones y quitar y poner vendas, sino que debían comer y dormir, lavarse y, de vez en cuando, ponerse a respirar.

Durante tres días estuvieron con los turnos. Sin embargo, la necesidad hizo que los fueran alargando hasta hacer turnos de ocho y nueve horas sin despegarse de la cama puesto que el parto tendría que ser inminente, al niño parecía vérsele avanzar, pero nada. A pesar de la resistencia, el dolor comenzó a causar estragos en Teodora. Los gritos, primero menudos pero después intensos y estremecedores, empezaron a inundar el cuarto y los aposentos de la casa, el corral, las huertas y los corrales propios y vecinos. Un poco alarmado, y por precaución, don Emiliano el médico llamó a su colega más cercano y juntos examinaron concienzudamente la situación a un rescoldo de luz a la puesta del sol, pero después también a la luz de candiles y velas, hasta que éstos se gastaron y con urgencia tuvieron que reponerlos para, todavía, decidir qué hacer.

Una y otra vez veían cómo el feto – el cual pugnaba por salir, y que estaba allí indudablemente, y vivo – avanzaba tan despacio que temieron se volviera para atrás y se quedara definitivamente dentro. Intentaron usar los fórceps, pero la dilatación no se producía como se esperaba y tuvieron que desistir Después de todo, dijeron que si el dolor se le llegaba a calmar, el hecho, en sí, tampoco parecía para tanto.

Para contrarrestar el contratiempo y ayudarla, le inyectaron a Teodora sueros, le administraron calmantes y le rociaron con un paño húmedo la frente mientras le cogían las muñecas, le decían “ya viene, ya viene” y le controlaban permanentemente el pulso. A los cuarenta y dos días de iniciarse el parto, Enedino, que de todos modos accedía al mundo con postura normal para el alumbramiento, tenía ya fuera del claustro materno la mayor parte del cuerpo. Pero a pesar de que se le apreciaba vivo y con buen color, seguía moviéndose con la lentitud acostumbrada, las contracciones de la madre apenas si existían ya, y la utilización de fórceps tampoco parecía resultar una medida aconsejable ni expeditiva.

Mientras, por la portalada y el corral de Juan el Manco había ido desfilado el pueblo entero. Después de tanto tiempo habían ido llegando de varios pueblos a la redonda para ser testigos excepcionales de aquel acontecimiento extraordinario, el cual extendieron rápidamente de boca en boca y acerca del cual los animadores y socarrones ya habían compuesto chistes, coplillas con acertijo, audacias y sornas verdes y chispeantes con chanza despiadada y disparate incluidos, si bien, tampoco faltaron premoniciones de todo tipo y condición: rumores acerca de un presunto monstruo o encarnación inmunda y maléfica, puesto que con tanto dolor debía ser parido; o por contra, un ser angélico porque habría comenzado a nacer en día tan señalado como era el de inocentes. Pero no se sabía, porque Enedino el Lento aún no se había abierto a la vida con el primer llanto ni el primer aliento.

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1 comentario »

  1. hola

    estás invitado a participar en el nuevo foro de poesía luz negra

    http://luznegra.forumactif.com

    envío saludos cordiales de hipotenusaguay

    ciao!

    comentario por admin — 02/04/09 @ 6:31 am | Responder


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